El pulpeiro más cachas de Galicia

En el paseo marítimo de Panxón son tan atractivos los tentáculos como los músculos de Marco Longobucco los fines de semana


Impresionan. Tanto los músculos como los tentáculos. Ver a un o a una pulpeira en acción sigue siendo algo especial. A los de fuera es de las escenas que más les llaman la atención. Y a los de aquí, por muy acostumbrados que estemos a la estampa, no es difícil no desviar la mirada hacia donde cuecen y cortan el pulpo. Pero en el paseo marítimo de Panxón son tan atractivos los tentáculos como los músculos del hombre que los fines de semana se instala delante de la cafetería San Juan. «Qué cachas está el pulpeiro», comentan los que pasean por esta transitada esquina de Nigrán. «Desde pequeñito hice mucho deporte. Practiqué todo tipo de artes marciales y boxeo», me cuenta Marco Longobucco Silva, hijo de italiano y ourensana. Es natural de Arcos, O Carballiño, la capital interior del pulpo. Marco se crio entre cefalópodos y cuadriláteros y el resultado es el hercúleo pulpeiro de la imagen. «El secreto es tomar cuatro raciones diarias con una bolla de pan de Cea», apunta sonriente mientras corta para un señor que espera con el táper abierto. Lo sirven tanto para los clientes de la citada cafetería como de las otras cercanas y también para llevar. Con un palillo me da a probar un trocito. Está buenísimo. Me habla de la pizzería familiar Venecia, de O Carballiño. De su abuela Carmen, a la que llamaban La morena, de la pulpería Nautilus de la calle de la Estrella de A Coruña, donde de vez en cuando lleva pulpo, y de su vida cuando no corta tentáculos ni pan de Cea. «Soy monitor de fitness, nutricionista y masajista», afirma Marco, que sería capaz de derrotar a un pulpo gigante con sus poderosos brazos.

NOCHE EN GONDOMAR

Es una suerte tener amigos como Diego y Bárbara. No los veo mucho, pero un rato con ellos es un tesoro. Viven cerca de Gondomar, una localidad que clama para que instalen la fibra óptica y puedan tener un acceso a Internet acorde con el siglo que vivimos. Quedé con ellos en la terraza de la jamonería Catro Camiños. Coincidió que en la plaza donde se ubica había un recital de un artista que me contaron que se llama Javier Pacheco. Me parece heroico ofrecer un concierto digno al aire libre con la ayuda de una guitarra y un altavoz. Se despidió con clásicos como La chica de ayer o Soldadito marinero en una noche Bárbara.

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