«Íbamos a ir a Australia de luna de miel, y acabamos en Aguilar de Campoo»

Una boda de altura. María e Ibon tuvieron que cancelar su boda porque coincidió durante el confinamiento, pero gracias a sus vecinos ese día salieron al balcón convertidos en marido y mujer


Los planes de María e Ibon se hicieron trizas cuando se encontraban ya en la recta final. La declaración del estado de alarma los pilló en la prueba del menú, y cuando vieron que una chica salía llorando por la cancelación de su inminente enlace, ya intuyeron que la cosa no pintaba bien. En vez de venirse abajo y lamentarse, apostaron por ser previsores y buscar una buena fecha antes de que lo hiciera el resto. En apenas unos días ya tenían plan B, que guarda algunas diferencias con el original. Se iban a casar el pasado 2 de mayo en una ceremonia de día, y finalmente lo hicieron el 24 de julio, de tarde. Se iban a ir de viaje de novios a Australia, y acabaron de furgo y cámping por España. Pero no se crean que todo ha sido un drama: gracias al covid han podido hacer una boda más de su estilo porque, confiesa, se les estaba yendo de las manos. «Creo que es la mejor boda que me podía haber esperado, después de todo. Nosotros queríamos una boda más sencilla, y nos estábamos metiendo en un berenjenal con todas las cosas típicas de boda más grande... Con todas las restricciones fuimos quitando detalles, y pudimos hacer una boda más nuestra, más como a nosotros nos hubiera gustado», cuenta María desde Ibiza.

Desde el principio manejaron una filosofía, «si no puedes con el enemigo, únete a él», así que fueron resolviendo todos los inconvenientes de la mejor manera y siempre con una sonrisa. Inicialmente la temática de la boda iba a girar sobre un festival de música -Ibon es integrante de una banda- y se acordaron de la típica pulsera que te ponen a la entrada de estos eventos, así que decidieron incorporarla con un código de color para que los invitados pudiesen elegir el que quisieran y sentirse más cómodos. Además de llevarse un curioso recuerdo porque va a ser de las pocas cintas que cuelguen de las muñecas este atípico verano. Nada más entrar al enlace había que decantarse por un estado, y no civil. «Casi todo el mundo cogió las amarillas, (¡choca con el codo!), aunque hubo quien también se puso la roja (prefiero mantener la distancia)», explica María, dejando caer que las pulseras verdes (un abrazo me va bien) apenas salieron del cesto.

Unas pantallas luminosas recordaban que se trataba de un evento seguro, y la cartelería con infografías indicaba cómo darse abrazos tomando las precauciones necesarias, pero por lo demás el enlace siguió el curso habitual de este tipo de celebraciones. Salvo algún pequeño detalle. «No podíamos tener pista de baile -explica- así que tuvimos que adaptar la sala del comedor. Pero como nosotros teníamos música bastante cañera, que incluso al principio el dj nos la había tirado para atrás porque nos decía que la gente quiere bailar, pues como al final no podían bailar, pusieron la música que nosotros queríamos». No pudieron poner el photocall, en el que pensaban colocar instrumentos y pelucas para que la gente se disfrazara, y el candybar no fue al por mayor, sino más individualizado, pero el novio acompañado de su banda sí que pudo ofrecer su primer concierto de recién casado. «Son un poco ruidosos, así que algunos, los mayores, prefirieron quedarse en el jardín, y los más jóvenes dentro. Cada uno encontró su lugar. La gente disfrutó muchísimo», señala.

Cuando en el mes de marzo sus planes saltaron por los aires y no les quedó más remedio que aplazar el enlace, nunca se imaginaron que llegaríamos al mes de julio todavía en estas circunstancias. Sin embargo, aun con todas las restricciones que sobrevuelan nuestro día a día, cancelar la boda nunca fue una opción. «Dije: ‘Esto me está quitando mucho tiempo de mi vida, si hay que retrasarlo para el año que viene, como ya teníamos la fecha del juzgado, nos casamos y comemos con la familia y se acabó'. Ya haremos la fiesta cuando se pueda», explica María, que confiesa que, aunque intentaron llevarlo lo mejor posible, pasaron por varias fases. «Cuando tuvimos que cancelar el viaje de novios, que nos íbamos a Australia, fue bastante bajón», apunta.

Furgo y cámping

No pudieron recorrer los más de 15.000 kilómetros que separan Bilbao de Oceanía como tenían previsto, pero tampoco se quedaron en casa. Cogieron la furgo y carretera y manta. No tiene nada que ver con aterrizar en Melbourne, pero Aguilar de Campoo (Palencia) también tiene su encanto. De la localidad donde se encuentra la fábrica de galletas más famosa de España se desplazaron a Huelva, de ahí a Talavera de la Reina (Toledo), porque tenían una boda, y después de unos días en Denia cogieron un ferri y cruzaron hasta a Ibiza. «Muy variado. No es Australia, pero hace sol, estamos dedicándonos a comer bien, no podemos quejarnos», dice la novia.

El covid les frustraría los planes, pero tienen mucho que agradecerle. Si no llega a haber confinamiento, no podrían contar que un dj los casó en el balcón de su casa con los vecinos del barrio como únicos testigos. Claro que luego la historia corrió como la pólvora y acabaron saliendo por televisión. «Tenemos un vecino que es dj y después de los aplausos de las ocho de la tarde, todos los días salía a poner música. La gente le mandaba recomendaciones, él ponía el cumpleaños feliz cuando se lo pedían... animaba y daba ánimo», reconoce María.

En una de esas, los amigos de Ibon le organizaron una ciberdespedida de soltero, y una de las pruebas consistía en subir al piso del dj para convencerlo de que pusiera una canción y se tomara un chupito. A partir de ahí comenzaron a hablar más con él, sobre todo por redes sociales, hasta tal punto que les propuso declararlos marido y mujer el día de la boda original. «Nosotros nos imaginábamos que igual que deseaba feliz cumpleaños, diría: ‘¡Que viva los novios!, hoy se hubieran casado María e Ibon'. Y ya está». Pero no. Tramaba algo más grande, aunque ellos no tenían ni idea. Durante toda la semana en la sesión musical se encargó de advertir lo que estaba por llegar. «¡Y el sábadoooo.....». Y los vecinos le replicaban al grito de «¡boda, boda!». María e Ibon comenzaron a imaginarse la que podía estar liando, pero no fue hasta el propio día cuando fueron realmente conscientes. «Nos bajó unos altavoces, unos micrófonos, un guion con los momentos en los que teníamos que intervenir nosotros... Habló con casi todos los vecinos para que decorasen los balcones, que por cierto aparecieron vestidos de gala, con tocados, una chica se hizo hasta un photocall, otro nos tiró unos pasteles por la ventana. Una cosa muy loca. Incluso avisó a la tele y salimos en el telediario. Los vecinos tenían muchas ganas de cosas así, que te levanten un poco el ánimo, porque era gente que no conocíamos de nada», señala. Tanto fue el cariño recibido el día que se tenían que haber casado que María e Ibon respondieron dejándoles unas notas de agradecimiento en los portales donde les daban las gracias por hacer que ese día hubiera sido inolvidable. «La verdad es que nos hemos echado muchas risas, y hemos calculado que en total nos hemos casado cinco veces», dice entre risas.

Los días siguientes los vecinos les seguían gritando por las ventanas, y así es como María e Ibon se han convertido, sin quererlo, en los novios más famosos de Bilbao. Ah, el esnórquel no faltó como estaba previsto en el plan original. Cambiaron la Gran Barrera de Coral por los pececillos de las Islas Baleares.

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