Manuel Fernández Blanco: «Hay estudiantes que viven un auténtico infierno con la selectividad»

Fernández Blanco explica que la «autoexigencia atroz» impide el rendimiento del alumno y puede derivar en lo que se conoce como el fracaso del buen estudiante. En esos casos, hay que acudir a un especialista. Y anima a los que suspenden: «La historia está llena de profesionales muy competentes que no triunfaron a la primera»


Muchos estudiantes se sentirán identificados con las palabras del psicoanalista Manuel Fernández Blanco. Estrés, angustia, autoexigencia, nerviosismo, falta de rendimiento.... eso es lo que han vivido este año antes de examinarse en la ABAU, lo que antes era selectividad. ¿El resultado? Muchas veces depende de cómo ellos han sabido controlar esta situación.

—¿Todos los alumnos tienen que pasar por un nivel de estrés tan elevado?

—El estrés no conoce edad. La ansiedad y la angustia nos acompaña desde la infancia. El término de la selectividad es más evocador desde el punto de vista clínico que la ABAU porque indica ya que se va a seleccionar. Que no es para todos. Esta angustia es mucho mayor para los que tienen una vocación muy establecida o para los que la elección profesional responde una identificación fundamental en su vida. Si no se consigue es como la ruptura de un proyecto existencial. Y es mayor en los chicos y chicas autoexigentes, con un estilo perfeccionista, porque la demanda interna es siempre mucho más exigente que cualquier demanda externa. Es decir, se van a exigir lo que nadie les pediría y es una clínica muy particular de este tipo de momentos, como el de la selectividad, donde muchas veces estudiantes brillantes llegan al colapso, precisamente por esa necesidad imperiosa de éxito.

—¿Son entonces los estudiantes más exigentes los que más sufren de angustia?

—Hay personalidades más metafóricas y personalidades más metonímicas. Las metafóricas necesitan un sentido muy fuerte al que identificarse en su vida. Mientras que las metonímicas están más abiertas al cambio, a la variación, a la posibilidad de opciones diferentes. Si alguien necesita asentar su vida en un proyecto profesional muy definido, el no lograrlo tiene consecuencias mucho más graves que para otra persona donde esta identificación no es tan fundamental. Entonces, si además es una persona autoexigente, perfeccionista... la demanda interna es insaciable. Si tengo 9,7 es un fracaso porque no ha sido el 10. Y cuanto más se le da a esa demanda interna, más pide. Entonces, por la necesidad imperiosa del éxito se puede llegar al colapso y al fracaso. De hecho hay una clínica del fracaso de los buenos estudiantes, derivada un poco de esta dinámica.

—¿Deben los alumnos con mejores notas, elegir una carrera acorde a esa calificación?

—Muchos alumnos con una nota muy buena sienten presión para que elijan una carrera con alta nota de corte porque si no se entiende que está desperdiciando su nota. Esto es algo que hay que corregir porque la elección mejor es la elección que nace del deseo de la persona. Si ese deseo se traiciona aparecerá el fracaso posterior en los estudios, el malestar o la insatisfacción. Esto también ocurre cuando la elección responde, por ejemplo, a una demanda familiar más que a un deseo del estudiante. Cuando hay como una cierta sumisión a lo que se espera de mí en términos profesionales o a seguir una saga familiar. O, incluso, se le debe una determinada profesión a los padres, la que ellos no hicieron. Es como una deuda simbólica.

—¿Segundo bachillerato es el curso más estresante para los alumnos?

—Sí, podía decirse que es el curso peor de todos. Incluso peor que los de la carrera, aunque esta sea exigente.

—¿Y no se debería reflexionar sobre este hecho y replantearse el sistema?

—Sí, pero eso está en la lógica de la civilización actual, de la competencia, del individualismo, y entonces se entiende que a veces se piensa más en dar instrumentos para gestionar el estrés que en evitar sus causas. El modelo antiguo, cuando no había selectividad, permitía que la auténtica selectividad fueran los estudios mismos y se frustraban muchas menos vocaciones porque no había una barrera de entrada. Probablemente, era un sistema más humano, pero los nuevos gestores pensarían que era muy poco eficiente.

—Ahora te exigen unas calificaciones que luego en el currículo y a la hora optar a un trabajo muchas veces no se tienen en cuenta...

—Muchas veces es así, pero el criterio que se utiliza de evaluación es seleccionar a los mejores, entendiendo que los mejores serán los mejores. No siempre los expedientes más brillantes son los mejores profesionales, eso es algo que se sabe. Pero digamos que esto es ir contracorriente de la cultura, de la evaluación generalizada, aunque esté mal entendida. Es una especie de darwinismo que hace entender que los más capaces serán siempre los más capaces, los pongas donde los pongas. Es evidentemente que no es así. Y en profesiones donde el contacto con otras personas es fundamental mucho menos.

—¿Qué consejo se le puede dar a un estudiante que acaba de suspender la selectividad o no ha alcanzado la nota que necesita?

—El primer consejo es que no renuncie a su deseo. La historia está llena de profesionales muy competentes que no triunfaron en el primer intento. También que hagan un poco de introspección, en el sentido de si ese es el camino que desea porque también hay fracasos sintomáticos. Hay ocasiones en que no encuentran otra vía para oponerse a una demanda que no es realmente la que coincide con su deseo. Y un fracaso sintomático es la peor de las salidas porque es una vía autopunitiva. Es decir, en lugar de decir no, lo que realmente se busca es un fracaso para evitar esa situación. A veces hay que tomarlo como una señal de que igual tienes que cuestionarte el camino. No hay que empecinarse en que solo hay una posibilidad. Así que lo más importante es aclarar el deseo propio. Y, por supuesto, que sea realista. Si mi dificultad mayor son las matemáticas, mejor no pensar en una ingeniería.

—¿Y para los que inician el próximo curso segundo de Bachillerato?

—A veces la angustia es inevitable y hay que atravesarla. Pero hay que entender que el enemigo principal muchas veces es uno mismo. Bajo la forma de esta autoexigencia atroz, de la entrada de una especie de rivalidad competitiva y cuando nuestro éxito o fracaso depende solo de lo académico. Todo esto son enemigos. Hacer de eso una cuestión de prestigio y no de deseo.

—¿Deberían bajar su nivel de exigencia?

—No se trata tanto de eso, sino de saber que el límite es salud. Y que la exigencia excesiva es lo menos pragmático y operativo que existe porque impide un buen rendimiento y lleva a la obsesión por el estudio. Y hace entrar muchas veces en bucle e impide el rendimiento. Pero si alguien se ve capturado por esto, lo que debe hacer es solicitar ayuda profesional porque no basta con el consejo. Hay estudiantes que viven un auténtico infierno.

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