Boris Izaguirre: «Llevo 28 años con Rubén, ha hecho de mí un hombre mejor»

Triunfa en TVE con «Lazos de sangre» y repasa su trayectoria: su etapa de Santiago, sus visitas a Vigo y su relación con su marido. «La vida con un gallego es fantástica», confiesa


Todo lo bueno se hace esperar. Y en el caso de Boris Izaguirre (Caracas, 1965), no podía ser menos. Perdería su esencia si atendiera la llamada a la hora en punto en la que habíamos quedado. Pero su retraso es todo un halago. Forma parte de la personalidad que me había imaginado de él. Los ensayos de Lazos de sangre le habían obligado a ello y, aunque la justificación es lo de menos, cuando soltó eso de: «Ya soy todo tuyo», supe que estaba ante el auténtico Boris. El inigualable chico de Crónicas de hace 20 años. Ese que cada noche se desnudaba ante la audiencia y que, ahora, lo iba a hacer ante mí. Sencillamente divino.

-Estás triunfando con «Lazos de sangre», se te ve muy bien...

-Sí, la verdad es que sí. Quizás pueda parecer que he esperado mucho tiempo para encontrar un programa que me entienda a mí y que, al mismo tiempo, yo también lo pueda saber comunicar. Pero me siento adulto, concentrado, disfrutando cada momento de la hechura del programa, de las cosas que se dicen en el debate, de la repercusión que luego tiene el documental, de la vida y la familia de la persona que hemos decidido analizar... Todo eso me llena muchísimo y sí, no soy una persona que esté muy acostumbrada a decirlo, pero soy muy feliz.

-Además tienes al personaje del momento... Rocío Carrasco.

-Es maravilloso. La palabra Rociito llegó incluso a formar parte del diccionario de la RAE para referirse a un fenómeno como es Rocío Carrasco. Y ella ha vivido otros 20 años superando a Rociito para convertirse en Rocío Carrasco. Y eso es lo que yo siento cada vez que estoy con ella en el plató. Siento que es una persona que sabe muchísimo del medio porque es lo único que ha conocido.

-En la mayoría de los casos tiene relación con los personajes...

-Claro, a mí me encantó la semana pasada en el programa de Ángel Nieto que ella de repente dijera: ‘No, es que mi papá odiaba la violencia y era boxeador, y Ángel detestaba la velocidad y era un campeón mundial’. Ese tipo de visiones solo las puede tener ella y es una gran contribución. Y por lo demás, no sé, a mí cuando en Crónicas comentábamos su divorcio, me acuerdo que yo hacía auténticos números de total dramatismo e histrionismo con respecto a cosas que para ellos eran muy dolorosas.

 «A Rocío Carrasco y a Fidel los veo como unos Bonnie and Clyde actuales. Todo va contra ellos y siguen juntos»

-¿Alguna vez te lo ha echado en cara?

-Sí claro, totalmente. Y desde entonces somos muy amigos. Estamos encantados de colaborar juntos. Además considero muy interesante que ella y Fidel hayan sobrevivido juntos todos estos años. Llevan luchando contra una opinión que siempre es muy contraria a ellos y siguen ahí. Eso también me fascina. Los veo como unos Bonnie and Clyde actuales. Todo va contra ellos y siguen juntos.

-Bien podrías ser tú uno de los protagonistas de tu programa.

-[Se ríe] ¿Tú crees? Yo pienso que he tenido una vida sentimental y familiar muy estable y muy coherente. Me di cuenta de que había nacido en un lugar muy especial, con mis padres en Caracas, y me dediqué toda mi vida a conocerlos más y a conseguir entenderlos, asumirlos, disfrutarlos... Eran irrepetibles. Y yo quería aprender a ser irrepetible también. Y luego cuando conocí a Rubén me di cuenta de que era una persona que podía cambiar mi vida. No veo que yo tenga esa cualidad como de montaña rusa de los biografiados de Lazos de sangre. Pero sí que es verdad que es un programa en el que me puedo lucir. Me conozco muchísimo mejor la vida de la Casa de Alba que cualquiera de las batallas de la Independencia de Venezuela. Eso me parece un tostón.

-¿Y cómo es la vida con un gallego?

-[Se ríe a carcajadas] Es fantástica. Totalmente inesperada. Sobre todo porque Rubén, como buen gallego, cree que todo el mundo tiene poderes telepáticos. Y que, sin necesidad de hablar, uno sabe perfectamente todo lo que está pensando y organizando. Y la verdad es que no. En 28 años juntos yo no he desarrollado todavía el poder de leer su mente. Y de repente él, que ya ha pensado una serie de cosas y cree que están dichas, no las ha dicho. Pero claro, si a mí no me dicen nada, ¡qué puedo yo hacer!

-Das una imagen de liberal, pero llevas 28 años con tu pareja...

-Totalmente. Nunca hemos sido una pareja abierta. Imposible. Rubén es muy territorialista, como buen gallego. Es más celoso que yo. A mí, en realidad, nunca me ha dado razones para que yo esté celoso. Y es muy exigente. Pero también es cierto que ha hecho de mí un hombre muchísimo mejor.

 «Mis años de Santiago también fueron muy bellos. Fueron mis últimos años de juventud y mis primeros años con Rubén»

-¿Por qué elegiste Santiago como tu primer destino en España?

-Porque me contrataron. Querían hacer una adaptación de una novela costumbrista gallega y la querían convertir en una teleserie. Yo era guionista de telenovelas y tenía una carrera bastante conseguida. Estaba en Buenos Aires y vine por esa oferta. Pensé: ‘Bueno, y ¿por qué no?’ Y de repente me pareció fabuloso que fuera Santiago. Porque es una ciudad que yo había estudiado en el colegio y tenía una visión interesante de la ciudad. Luego ya cuando estaba allí confundía las torres de Fenosa con castillos históricos. Y decía: ‘¡Ay, pero si estoy rodeado de historia!’ Y alguien me decía: ‘Pero si es la torre de Fenosa, ¿qué estas diciendo?’. [Se ríe]. Mis años de Santiago también fueron muy bellos. Fueron mis últimos años de juventud y mis primeros años con Rubén. Le tengo mucho cariño a Santiago, muchísimo.

-¿Vienes mucho por Galicia?

-Sí, de hecho estuvimos en Vigo el 10 de marzo, para ver a la mamá de Rubén. Y allí fue cuando empezó esa semana tremenda que en cuatro días estábamos todos confinados. Vamos con mucha frecuencia. Y hay grandes leyendas urbanas de que soy dueño de una discoteca y un restaurante en una playa cerca de Vigo. Que tenemos una casa enorme en el otro lado de la ría. Pero nada de eso es cierto. Es divertidísimo. Porque a veces me siento en algún sitio y alguien me dice: ‘Ayer estuve en tu discoteca... muy divertida, muy glamurosa...’, y Rubén y yo nos reímos. Me siento muy gallego, por Rubén, desde luego. Pero también encuentro que Galicia tiene una serie de cosas que a mí también me fascinan.

-¿Cómo por ejemplo?

-Un poco la inclemencia. Eso es importante. Vivir en un sitio cómodo no te permite tener algo contra lo que luchar. Entonces yo creo que la geografía gallega está muy metida dentro, como que uno tiene que estar todo el tiempo luchando contra el clima y, al mismo tiempo, aprender. Y estoy totalmente convencido de que eso te fortalece más.

 «Me gustaba mucho cuando vivía mi mamá y venían acá y pasaban una temporada con Conchi y con Manuel, los padres de Rubén. Me parecía increíble»

-¿Qué tal te llevas con tu suegra?

-Muy bien y con mi suegro que, lamentablemente, ya no está con nosotros. Era un señor adorable. Los padres de Rubén son fantásticos. A mí me gustaba mucho cuando vivía mi mamá y venían acá y pasaban una temporada con Conchi y con Manuel, los padres de Rubén. Me parecía increíble. Me parecía como ¡guau!, qué felicidad me daba, pero también qué increíble ejemplo de tolerancia y de amor. Yo creo que ellos lo hacían para demostrarnos que nosotros también éramos una parte muy importante de su amor.

-A pesar de tener dislexia has logrado ser un escritor de éxito, ¿cómo se consigue?

-Es verdad, pero también es terrible porque todo el mundo me dice que no pongo acentos. Y es cierto, es un horror. O de repente veo una palabra mal escrita y no me doy cuenta. En Tiempo de tormentas, en mi última novela, cuento lo difícil que para mí era leer. Yo me moría por leer porque veía a mis padres leyendo todo el tiempo. Y conseguí hacerlo a los 8 años. Tardé muchísimo.

 «Mi pluma es producto de la dislexia y me ha llevado lejísimos»

-¿Qué te marcó más durante tu infancia: tu dislexia o tu condición sexual en la Venezuela de los años 70?

-No tenía nada a favor, pero tenía que hacer que las cosas fueran a favor. Y bueno, yo creo que lo he conseguido siempre. Pero la dislexia me dio una cosa buenísima, que me hizo muy amanerado. En realidad soy amanerado porque así enfatizaba mis problemas. Movía las manos para decir: ‘Dime dónde es la derecha, dime dónde es la izquierda’. De repente me quedaba inmóvil y no sabía adónde tenía que ir. Y por eso desarrollé un amaneramiento que a todo el mundo le parecía gracioso. Yo me di cuenta: ‘Uy, esto es lo mío’. Así que mi pluma es producto de la dislexia y me ha llevado lejísimos.

-¿Sientes vergüenza cuando ves ahora esos vídeos en los que te desnudabas en «Crónicas»?

-No, la verdad es que pienso que tenía una piel tan bonita... De repente tenía una espalda muy interesante y pienso que no aprovechamos lo suficiente esa espalda. Eso es lo que veo. Y que Crónicas era un gran espectáculo. Y es lo que me gustaría seguir haciendo. Estar siempre involucrado en grandes espectáculos. Como por ejemplo MasterChef, ahora Lazos de sangre, programas que tienen un sentido, buena convocatoria, pero también un peso. Que cuando tú los ves, notas perfectamente el universo que representan. El espectáculo que son.

-¿Qué queda de aquel Boris alocado?

-[Se ríe]. Soy el mismo. La misma locura, aunque han pasado 20 años. Es verdad que en mi caso todo ha ido a mejor. Estoy más delgado, más musculado, tengo mejor cara que cuando me desnudaba. Siempre pensé que con Crónicas todo se terminaba, pero acabó en el 2005 y yo he seguido.

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