«Salí rumbo a España por amor y acabé en un campo de refugiados en Austria»

LYHAN es un cubano de 26 años que se enamoró de un español en cuatro días y no dudó en dejar todo atrás, coger sus pocos ahorros y hacer la maleta para seguir a su amor al otro lado del mundo. Sin embargo, su destino se torció en el camino

S.F.

Los últimos doce meses de la vida de Lyhan parecen una ficción distópica mal contada. El cubano de 26 años narra ahora esta historia a casi 9.000 kilómetros de su tierra y en un espacio vital de tres metros cuadrados. La Habana, Moscú, Minsk, Viena, Salzburgo; aparentes puntos inconexos se articulan en un periplo que incluía a España como destino final.

El 14 de junio del 2019, Lyhan se marchó de su casa sin despedirse y con la certeza de que no vería a su familia en mucho tiempo. En su maleta no quedaba espacio para las nostalgias. Un enamoramiento rotundo, las ganas de pintar y conocer ciudades, de ser feliz junto a un hombre «ideal» fueron combustible suficiente para no mirar atrás y lanzarse en busca de su amor en España. Después de varios intentos, su última alternativa de viajar, tras la denegación de su visado, pasaba por coger un billete rumbo a Moscú. Rusia está incluido en los países de libre visado para los cubanos y en el mapa mental de Lyhan era el punto preciso para iniciar el circuito europeo. El plan era simple: estirar lo más que pudiera los casi 3.000 euros reunidos por unos amigos españoles que conoció cuando estos veraneaban en la isla. «Por suerte yo soy sociable, le caigo bien a la gente de gratis», apunta Lyhan.

«Yo me enamoré de un español en cuatro días. No te voy a decir el nombre, porque después se hace famoso y él ahora no se lo merece. Lo conocí en Trinidad, mientras yo trabajaba en un bar y fue un flechazo», señala.

Trinidad está situada en el centro-sur del archipiélago y es uno de los principales atractivos turísticos de la zona. Allí, Lyhan asistía a clases en la Academia de Artes Plásticas a la vez que hacía bocetos para vender a los turistas, porque su pasión es la pintura.

«Enseguida empezamos el papeleo para solicitar un visado de estudios, que es lo que últimamente hacen muchos jóvenes para irse del país. Contraté a un abogado para llevar todo en orden a la cita, pero en un determinado momento, olvidé que en Cuba todo es una lotería. Ya tenía el billete comprado para el día siguiente. Me despedí de todos, regalé muchísima ropa a mis amigos, pero me tocó regresar. Me denegaron la visa. Por eso, aposté todo al viaje a Rusia unos meses después».

UN VUELO A MOSCÚ

El vuelo a Moscú duró doce horas. La incertidumbre no lo dejó dormir ni reclinar el asiento. Era la primera vez que Lyhan subía a un avión, la primera vez que su país se volvía lucecitas desde el aire. Iba estático. Lo único que no paraba era su cabeza. Los miles de kilómetros lo dejaron mareado y procesar tanta información le costó su tiempo: un taxi directo al hotel, dormir 18 horas seguidas, salir a la calle por primera vez y sentir que el pecho se le escarchaba por el frío. Pero todo valía la pena por estar al lado de su amor.

«En Rusia iba a estar poco tiempo, así que no cargué con tanta ropa. Me veía en España enseguida. Soñaba con eso día y noche -relata Lyhan-, pero al final fueron dos meses en Moscú». El frío no congeló, sin embargo, su destino. Para él, todo sacrificio multiplicaba los deseos de reencontrarse con su chico. Movió algunos contactos y pronto supo de un «señor» dedicado a trasladar grupos de inmigrantes hasta España. En el 2019 la Organización Internacional para las Migraciones de Naciones Unidas reveló que más de un millón y medio de cubanos residen en otras latitudes (13,57 % de la población). De modo que Lyhan pensó, en su enamoramiento, que encontrar a alguien que hubiese hecho el recorrido y le diera coordenadas sería fácil. De esa forma se ahorraría el dinero de pagarle al «señor». Contactó con un chico que ya estaba en España y le explicó la ruta para lanzarse solo a esta aventura.

El trayecto incluía viajar en tren de Moscú a Minsk, la capital de Bielorrusia. De ahí tomaría un vuelo a Serbia. Quince minutos de escala en el aeropuerto de Viena debían ser suficientes para bajar del avión y solicitar asilo político a las autoridades austríacas. Tenía perfectamente estudiados sus derechos mediante el Convenio de Dublín de Protección Internacional. Así ya estaría en la Unión Europea, y España ¡al doblar de la esquina!

TODO SE TORCIÓ

Todo estaba listo. Tenía el pasaje de un supuesto regreso a Cuba, la invitación de un amigo a una exposición en Serbia, el dinero suficiente para costearse su estancia allí. Todo salía según lo previsto. Menos un detalle, quizás el más importante.

Había pasado el tiempo y de pronto las prioridades de Lyhan no eran las mismas que la del chico del que se enamoró. «El español me dejó en pleno viaje y de pronto se derrumbó el castillo de arena que me armé. Ya estaba cerca de mi objetivo y en esas circunstancias, perdido, decidí seguir mi camino». Ya en Minsk, la chica que revisaba la documentación sacó a Lyhan de la fila de embarque rumbo a Viena. Le preguntó su nombre y su número de identificación. Había un problema: no se parecía a la foto del pasaporte porque le había crecido pelo por todos lados. Sin embargo, minutos después consiguió subir al segundo avión. «Coño, lo logré», se dijo, y aunque durmió todo el viaje, nada tenía mucho sentido.

Cuando los altavoces anunciaron la escala en Viena, la mente activó el protocolo automático. «Causas políticas y preferencia sexual diversa», le espetó al funcionario del aeropuerto que procesó su solicitud de asilo. A partir de ahí, Lyhan se vio en una vorágine. Pruebas médicas, psicológicas, reasignación de documentos y lo más dramático: el traslado como un detenido a Tamsweg, un pueblo de casi 6.000 habitantes a casi cuatro horas de Viena a un campo de refugiados. «Pasé por lo que ellos llaman un proceso de integración hasta tener mi estatus en el campo. Empecé a dar clases de alemán y a recibir cada lunes 45 euros para comprar comida», cuenta. «Llegué a Viena con poco más de 800 euros y los guardé en una media roja debajo del colchón. Pero la primera semana me robaron, y no dije nada por miedo. Con ese dinero planeaba seguir mi trayecto a España». «Iluso de mí, quería despedirme de él», suspira.

En el campamento coincidió con una mayoría musulmana. «Esa gente no entiende a los homosexuales. Una noche me despertó un ruido fuerte al otro lado de la puerta. Cuando abrí, un tipo de casi dos metros cantaba y rezaba por todo el pasillo. Me dijo que yo tenía el diablo en el cuerpo. Se me aflojaron las piernas. Me encerré en la habitación y empezó a forcejear hasta que otro de los suyos se lo llevó», relata.

En febrero a Lyhan le fue denegada la solicitud de asilo y apeló con ayuda de una organización por los derechos de la Comunidad LGTBIQ en Viena. Fue trasladado a otro campo de refugiados en Salzburgo en el que espera respuesta. Ha pasado un año desde que salió de La Habana, pero tiene un plan B por si la decisión es negativa, aunque prefiere no contarlo y dejar fluir el destino. De lo que está seguro es de que no regresa a Cuba. Mientras, pinta todo lo que recuerda de la isla: colores, gente sudada, banderas. Lo que más extraña es que su abuela le lleve la toalla al baño, pero dice estar feliz. Sus ojos gritan lo contrario.

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