Por tu culpa, por tu culpa


Fue el 8M. Exactamente, el 8M. Ni el metro. Ni los partidos de fútbol. Ni el mitin de Vox. Ni las discotecas. Ni los aviones. Ni las fiestas patronales. Ni siquiera las misas. Fue exactamente el 8M. Esa «bomba epidemiológica» sin cuyo concurso el covid no habría devastado España. Lo saben muy bien estos días varias personas de apariencia normal que a estas horas deben de estar redactando el papel que revolucionará el conocimiento científico sobre la Pandemia: el coronavirus sabía perfectamente que el 8M iba a ser su puerta de entrada a España, su gran garita de transmisión, el lugar desde el cual desplegar su estrategia letal.

Son estos días muy apropiados para que un marciano aterrice en A Laracha y desde allí intente entender algunas cositas sin el contexto que a los terrícolas nos permite normalizar los delirios. Al fin y al cabo, a todo te acostumbras. Si ese marciano no supiera qué significa 8M, qué se hace el 8M, qué se reivindica el 8M y quién va al 8M, supondría que algún tipo de evidencia científica manejan todas esas personas de apariencia normal que estos días —denuncias, jueces, forenses y guardias civiles mediante— relacionan el 8M con la peor crisis sanitaria de los últimos cien años y observan en el Gobierno una pulsión genocida destinada a exterminar a cientos de miles de mujeres, para más señas mujeres con tentaciones feministas y ganas de manifestarlo.

MARCHA DE MUJERES

Cuando la conspiración del 8M arrancó, muchas fallamos de olfato y despreciamos el recorrido de tan extravagante teoría. Depositar justo en las marchas de las mujeres la responsabilidad de la transmisión del virus mientras la vida transcurría con la pulsión y las aglomeraciones de siempre era una memez destinada a perderse en la primera esquina. Pero un brote de anosmia nos permitió despreciar la capacidad que algunos tienen de inyectar despropósitos en el sistema y que el sistema se los trague, porque también el cuerpo social tiene muchas veces problemas con su reacción inmunitaria. Y así estamos hoy, todavía en estado de alarma, con la economía escarallada, cientos de miles de dramas, el miedo en el cuerpo y el futuro nuboso, escuchando cómo personas de apariencia normal defienden que el Gobierno envió a las mujeres a las trincheras del virus y puso en riesgo a la humanidad entera.

Chicas, añadid a la interminable lista de asuntos que son culpa vuestra, la de haber cobijado en vuestro seno el virus de este desastre, esa semilla del diablo que ha puesto en jaque a la humanidad, esa manzana de la tentación que nos ha expulsado del paraíso. Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa.

Aquí, una ourensana

Un viejo respingo reapareció con aquel titular hace unos días: «Policía, venga a mirar si hay aquí unos ourensanos». Una crónica de María Hermida certificaba esa mirada aviesa con la que al parecer algunos nos miran durante la fase 2 por atrevernos a cruzar fronteras hacia el Atlántico. Confinados en las tierras lejanas del interior, esas que fueron excluidas del paraíso oceánico por castigo o descuido divinos, un ourensano es una buena pieza a cobrar por los policías del covid, ciudadanos de apariencia normal que viven camuflados bajo mascarillas y convencidos de que el virus, pillo él, conoce muy bien los límites de una provincia. Podrían estar en Poio preocupados por la llegada de oriundos de Agolada, Vila de Cruces o Forcarei, castigados como los de Ourense a vivir en un municipio sin más mar que el de los sueños, pero los vigilantes tienen una mirada entrenada y un instinto impecable para detectar que un tipo es de Melón y no de A Cañiza, aunque la distancia de sus vidas habituales sea de centímetros entre dos concellos solo separados por un cartabón administrativo.

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