«Outro confinamento que me pille con vistas ao mar e ao campo»

«Aquí estou na gloria!» La viveirense Pilar Real de Asúa, que vive en un apartamento (y son tres en el piso), tiene claro cómo quiere cada verano pero este más, por si hubiera que confinarse de nuevo: en una finca con casita y huerto. Allí su felicidad es mayor


En gastronomía denominamos a la fusión en un mismo plato de productos cárnicos y del sector de la pesca como un «mar y tierra». Mar y tierra, campo y playa. Tanto monta, monta tanto si a paisajes que nos regalan relax instantáneo nos referimos. Son escenarios que los confinados agradecieron infinitamente haber elegido como entorno de su residencia porque llegó el coronavirus y nos dijo literalmente: «Pasa p’a casa». No todos tenían una vivienda unifamiliar con jardín y finca donde poder esparcirse a gusto o correr hasta una maratón casera. La misma experiencia pero desde un piso de 60 metros cuadrados donde viven tres es bien distinta. Como la de Pilar Real de Asúa López, nacida en Algorta (Vizcaya) y vecina de Viveiro desde hace 24 años. Aunque su origen es vasco y ha vivido en Bilbao y en Francia, se autodefine así: «Eu son moi gallega. Tiña acento vasco pero foise. Estou moi orgullosa de estar aquí. Teño os fillos e os netos aquí. Somos todos unha piña e iso é moi bo, moi bo. E casei cun Carlos». El confinamiento la pilló en su apartamento a ella, a su marido y a su hermano, que trajo de Venezuela. Dos habitaciones, una cocina-sala de estar-comedor y una terraza pero interior, con vistas a un patio. Este verano ojalá que el covid-19 prefiera darse autovacaciones pero si toca confinarse de nuevo, que sea al menos en una casita rodeada de verde con huerto, donde ver vida comestible en crecimiento y disfrutar de una panorámica sin igual.

Eso pensó esta bilbaína, con cinco nietos y tres hijos, que en cuanto se pudo ir a atender los huertos en el cambio de fase, se lanzó de cabeza, pies y manos a su finca en Celeiro, donde al fin tuvo la oportunidad de cuidar como procedía a sus gallinas. Aunque ese ya es su refugio durante todo el verano, este año le ha dado más valor. Mucho más allá del catastral. «Aquí estou na gloria!», exclama en varias ocasiones de la charla que ella hace más amena. Por el entusiasmo que se percibe cuando menciona sus flores, sus plantas, sus judías y sus amigas avícolas se deduce que ahí es plenamente feliz y que esa felicidad que nos llega de las cosas más simples no se la robará otro confinamiento. ¡No señor!

SESENTA METROS CUADRADOS

Pilar ha dedicado su vida, cuenta, al cuidado de los demás: «De moitos nenos (ata cinco xuntos, tamén das vecinas) e de velliños», dice. Vuelve a hablar en un tono cariñoso. Y así recuerda el confinamiento en su apartamento, en el centro urbano viveirense: «O piso de Viveiro dános a un patio, muller. Ten unha terraza grande pero é un piso pequeno, de 60 metros cadrados, con 2 habitacións, sala-comedor e cociña todo xunto e un cuarto de baño. O meu home estábaseme volvendo tarumba alí. Pensei... que fago con este home? Un día falei co policía e en canto nos dixo que se podía xa ir ás hortos, viñemos para aquí». El «aquí» es la finca de Celeiro, sin necesidad de salir del municipio viveirense: «Temos un huertito, unhas flores e un campo ao lado. E temos as galiñas... [vuelve a mencionarlas] e unha vivenda (pintada de amarillo) de planta baixa que aínda é máis pequena que o piso pero aquí abrimos de portalón e estamos na rúa». «É distinto, completamente distinto», reconoce.

Ese es ya su paraíso veraniego habitualmente, confiesa: «Dende hai tres ou catro anos pasamos os veráns aquí, ata que veña o frío. Dende maio e xuño ata setembro ou outubro a veces, depende de como veña o tempo porque tamén temos o froito para recoller: xudías, fabas, tomates, pementos.... De todo!». «Mi madriña!!! Non quero nin pensalo. Cando chegamos, isto era unha selva. Tiven que chamar a un home para vir desbrozar. Agora xa o temos controlado». «Ai! -sigue con su característica expresividad-, aquí somos moi felices. Isto é calidade de vida sobre todo para nós, que somos maiores. Vou facer 78 anos en xullo, o meu home ten 88 e meu irmao fixo agora 70». «Eu aturo todo... o que me boten!», añade sin poder evitar emocionarse. ¿Y si nos confinamos de nuevo?: «Hai que volver para acó. Da primeira vez pillounos desprevenidos. Como levamos a roupa para o piso para gardala e lavala, isto queda baleiro de roupa e faltaba limpar e non nos deu tempo de nada. Agora si, aínda que no inverno é distinto. Oxalá non teñamos que volver confinarnos. Cambiounos a vida ben».

Hasta en la convivencia matrimonial ha notado los efectos de piso con terraza a patio versus finca con casita y vistas: «A min veume moito mellor estar aquí. Aquí non rifo co meu home nunca!». Sin olvidar el cuadro natural que tiene ante sus ojos. En este día además radiante y soleado: «Temos unhas vistas! Vemos Covas enteiro, a praia, a ría de Viveiro... Que ben estamos! Ata puxemos unha cociña de leña que tivemos que encendela cando veu aquel frío tan grande, cando empezaron a saír os nenos». Aunque van a dar paseos «con coidado» y dice que «a praia non a vou pisar», «na finca non paramos, que si para diante, que si para atrás, que se quitas aquelas herbas... Non paramos!». Reconoce que «non fan falta luxos» para vivir feliz pero me interrumpe con una pregunta emotiva: «¿Sabes o que estou botando de menos? Abrazar aos meus netos. Viñeron comer aquí estando separados na mesa, pero abrazalos non... Xa me tarda que nos digan que podemos abrazalos: a eles, a miña filla, o meu xenro, o fillo...». El de los abrazos también es uno de los hogares a los que pronto queremos volver. Todos. Nuestra casa más querida. El hogar más dulce.

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«Outro confinamento que me pille con vistas ao mar e ao campo»