«Después de 12 años, disfruté de mi jardín»

No hay mal que por bien no venga, y dejando a un lado el covid, de este confinamiento también hemos sacado cosas buenas. Que se lo digan a Raquel, que está radiante con todo lo que le ha dejado la cuarentena. Si por ella fuera, seguiría confinada


Hasta el pasado 14 de marzo, la vida de Raquel iba a 300 kilómetros por hora. Ella y su marido, Nacho, tienen el mismo horario y conciliar esta situación con el cuidado de Iria, su pequeña de cuatro años, no era tarea fácil, sobre todo cuando su trabajo y su familia, las personas que les echan una mano en el día a día están en A Coruña, y ellos viven a 20 kilómetros. El ajetreo de andar de aquí para allí con el coche, con la niña, el colegio, los horarios, las prisas... hacían que de lunes a viernes los días pasaran sin pena ni gloria. Aunque el fin de semana era algo más placentero, la intensidad tampoco remitía: que si limpiar, recoger, ordenar, hacer la compra, clase de natación «y cuando acabas siempre hay alguien que te llama para quedar o para ir al parque», explica Raquel, que dejando a un lado el covid, sale renovada de este parón.

Cuenta que ha podido disfrutar como nunca de su familia, no solo de su hija, también de su marido. «Excepto sábados y domingos, no estaba con la niña apenas, porque por la mañana la dejaba en el cole, y luego mi madre o mi suegra la recogían y la cuidaban hasta que salíamos nosotros. La cogíamos ya bañada y cenada, porque en el coche de camino se duerme. Pasé de eso, a despertarla, desayunar con calma, hacer con ella las tareas del cole, a tener tiempo para jugar...», dice Raquel, que al igual que su marido trabaja en servicios esenciales, así que aunque nunca dejaron de trabajar, se organizaron para hacerlo en semanas alternas y que uno siempre pudiera estar al cargo de la niña. Sin embargo, aun trabajando, en vez de salir a las ocho de la tarde lo hacían a las dos, «y teníamos toda la tarde para estar los tres», algo que solo ocurre en vacaciones, y ni eso. «Al final, o estás fuera o procuras quedar con alguien y hacer cosas, pero no disfrutas de tu casa en familia. De hecho, en verano si tengo una tarde libre no me quedo en casa haciendo manualidades, y en estas semanas hemos aprovechado, he hecho muchas cosas por primera vez con mi hija», explica.

Pero disfrutar de su familia no ha sido lo único bueno de este confinamiento. No tener horarios, o sí, pero más flexibles al no haber colegio, no tener compromisos o tanta vida social, «sin que se entienda como asocial, sino saber que nadie te va a llamar» ha sido como una liberación para Raquel. Y todavía hay algo más: «después de 12 años en esta casa he podido disfrutar del jardín». Dispone de un terreno bastante grande, más de mil metros, suficientes para montar una piscina y una cama elástica, pero también para reunir «sin miedo» a sus padres y a sus abuelos o para que la pequeña, a falta de parques, invite a sus amiguitos a jugar. Confiesa que hace tiempo se le había pasado por la cabeza venderla y trasladarse a A Coruña para eliminar el trajín del coche a diario, pero «creo que no la voy a vender, -dice-, sino que creo que merece la pena el esfuerzo del coche porque ahora me di cuenta de lo que tengo». Y añade: «Lo que he disfrutado fuera solo lo sé yo».

Estos tres meses también han servido para estrechar lazos con los vecinos, las personas que más cerca tienen a diario y que, sin embargo, apenas tenía trato. «Vivimos en un camino sin salida, y para ir a tirar la basura, tengo que pasar por delante de todas las casas, todo el mundo salía a saludar a la niña, que si nos daban huevos, patatas... Yo no estaba en casa nunca, iba a dormir. A mí la vida me cambió mil por mil», explica Raquel, que a pesar de que durante la cuarentena se le duplicó el trabajo al estar por turnos, «iba feliz».

LIMPIEZA EXTERIOR E INTERIOR

A principios de esta semana la normalidad ha vuelto a cambiar, porque tanto ella como su marido han tenido que retomar sus trabajos con el horario habitual. De momento, su cuñada, que ahora mismo está con un ERTE y tiene una hija de 12 años, se ha trasladado con ellos para que las niñas pueden seguir disfrutando del aire libre. «Mi vida vuelve a ser la misma de antes, es mejor porque ahora tengo la ventaja de que al salir voy para casa y la niña ya está, pero a mí estos meses me han valido de mucho, descansé, puse mi casa en orden, desde ordenar armarios a pintar. Hicimos cosas que llevaban 12 años pendientes, me dio tiempo para todo, hice limpieza exterior e interior», dice Raquel, que se lleva varios aprendizajes de esta cuarentena, entre ellos a frenar. «Aprendí a vivir el presente -confiesa-, a saber lo que es ser ama de casa, a tener a mi hija en casa y no, que al llegar me diga mi madre: ‘Hoy merendó bien, o mal, o se durmió a tal hora‘. Yo llegué un día y me dijo: ‘La niña anda‘, todo lo que te pierdes, y todo por culpa de los horarios, aunque también tenemos la desventaja de que tenemos el mismo horario».

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