Juan Luis Arsuaga, paleoantropólogo: «El ser humano no va a desaparecer, lo siento por los apocalípticos»

El codirector de la Fundación Atapuerca pone perspectiva y rigor científico ante la crisis del coronavirus: «Lo que necesitamos es una vacuna, no homillías». «En esto ha habido mucho cuñadismo»


Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954) codirige la Fundación Atapuerca, es director científico del Museo de la Evolución Humana en Burgos, catedrático de Paleontología en la Universidad Complutense y ha sido galardonado con numerosos premios por su prolífica carrera investigadora, entre ellos el Príncipe de Asturias por sus excepcionales hallazgos de hace un millón de años que cambiaron las teorías sobre los primeros pobladores de Europa. Arsuaga conoce bien al ser humano y, en estas circunstancias que estamos viviendo por la pandemia del coronavirus, pone perspectiva y rigor científico para «entender antes que nada lo que está pasando». «También en esto ha habido mucho cuñadismo», bromea. «A mí ahora hay colegas que me dicen: ‘¿A que esto ya te lo dijo yo, Juan Luis?’». «Pero lo que necesitamos es una vacuna, no homilías».

-¿Cómo está viviendo esta pandemia?

-Pues bien, me gustaría salir un poco a tomar aire, dar una vuelta. Pero fuera de eso, no estoy mal, tengo libros, escribo, sigo dando clases… No me altera mucho, solo por la movilidad. Ahora, cuando salga a las excavaciones a partir de junio será otra historia. No hay teleexcavación, todavía… Ja, ja.

-Dicen los psicólogos que el humor nos hará salvarnos de todo esto.

-A mí me faltan horas, me falta tiempo con todo lo que hago. Una parte de mi investigación está metida en el ordenador, ya los fósiles no los manejamos porque utilizamos imágenes, es mucho mejor la imagen virtual que el propio fósil porque puedes darle cortes, ver las estructuras internas. Así que mi ordenador está lleno de fósiles y sigo haciendo ciencia.

-No hay teleexcavación pero sí tiene telefósil.

-Ja, ja, sí, gracias a los avances tecnológicos. Ahora puedes tener el material de estudio, puedes ver unas estructuras asirias, por ejemplo, cualquier cosa que tú estudies, y lo puedes analizar en tu ordenador. Un zoólogo o un paleontólogo pueden capturar la imagen y estudiarla. Así que los ordenadores han cambiado mucho nuestro trabajo, pasamos más horas delante de una pantalla que en el laboratorio.

-Hay mucha gente que reniega de la tecnología…

-Debe ser gente que no viaja, que no tiene televisión, que no tiene luz eléctrica. Tendrá la tecnología del siglo XIX. No quieren que sus hijos tengan contacto con las tabletas, ya, ya. También había en mi época niños que se pasaban todo el día leyendo, que era la tableta de entonces, y se les decía que salieran un poco, que jugaran. Como todo en la vida, es como tener un martillo: sirve para hacer un armario o para pegarte en la cabeza. Todo es cómo lo uses.

-A raíz de esta pandemia estamos viendo tantos «enteraos», tantos «a posterior» que nos explican el mundo. ¿Todo esto usted lo vio venir?

-Hombre, no voy a ser el único que no lo haya visto venir, ja, ja. Todos los profetas lo son a posteriori en la historia de la humanidad, desde siempre. Es muy «cuñao» todo esto. Yo he visto a algunos que encima buscan mi confirmación. Me dicen: «Esto ya te lo dije yo, ¿te acuerdas?». Y además tengo que decir que sí. Pues, mira, no. Son colegas que me insisten: «Esto ya lo había dicho yo, ¿a que sí, Juan Luis?». Y yo les respondo: «Claro, claro». Para qué vamos a discutir. Si la gente es feliz…

-Si va a pasar algo más, por favor, dígalo ahora.

-Cada generación tiene sus cosas. Esto ya me lo explicaban a mí en la universidad mis profesores cuando estudiaba Biológicas. Es como todos los problemas de la vida, tenemos una serie de problemas de salud pública en determinadas áreas y una de ellas son las epidemias. Hay una disciplina que se llama epidemiología, no es casual. Antes de que lo hubieran dicho todos, ¡eh!; hay cátedras, departamentos, centros de investigación, especialistas, equipos de la OMS… La epidemiología parece que la ha descubierto ahora el cuñao, no sé. Quiero decir que es una disciplina científica como la cardiología. Siempre ha habido infartos y siempre ha habido epidemias y las habrá.

-Los profetas se equivocaron entonces. ¿El coronavirus no es algo nuevo?

-Me temo que no. Porque hay una epidemia y dicen: «Vamos a hablar con el epidemiólogo», pues si vas a hablar con el epidemiólogo es que no era tan nuevo. Si no, no habría epidemiólogos. Epidemias ha habido toda la vida, esta es vírica, las hay bacterianas… Y estas epidemias víricas tienen mucho que ver con nuestra relación con los animales, con la superpoblación y el hacinamiento y la convivencia con los animales domésticos. Como los virus no son selectivos, mutan, así que un virus que afecta a una especie animal de pronto cambia y nos afecta y enfermamos.

-Pero llevamos mucho tiempo conviviendo con animales.

-Sí, y cada vez somos más. Fíjate, en España hay más cerdos que personas, si no me equivoco. Es solo un ejemplo para que veas que tenemos al lado muchos animales. En este caso parece ser que el virus es debido a animales salvajes, pero podrían ser domésticos, eso da igual. ¿Conclusión de todo esto? Que vamos a tener que estar más protegidos, más atentos y necesitamos más organismos internacionales.

-¿Qué tenemos que hacer?

-Los científicos tenemos este lado práctico, a mí me gusta la poesía y Mozart, pero cuando tenemos un problema seguimos el método tradicional: ¿Qué hace falta? Pus potenciar organismos internacionales, que exista comunicación y transparencia de los Gobiernos, hace falta que un país como España tenga una capacidad estratégica de producción sanitaria. Y cuando digo España digo Europa, y que de la misma manera que no dependes en el terreno militar para producir armamento, que haya un mínimo de producción sanitaria. Lo que estoy es proponiendo respuestas racionales a un virus, no hago filosofía ni saco conclusiones morales.

 -A la gente que vaticina que un virus va a acabar con la especie, ¿qué le diría?

-Bueno, yo de momento voy a intentar que no acabe conmigo. Y que acabe con el menor número de personas. Lo que necesitamos es una vacuna. Este tipo de homilías, ¿a cuánta gente han salvado? Necesitamos personas inteligentes, organismos que hagan un gran trabajo, pero lo que necesitamos es una solución. Esto es como cuando te quedas tirado en la carretera y necesitas una rueda y llamas a alguien y te echa una homilía. Oye, ¡que yo lo que necesito es una rueda! Aquí pasa lo mismo. ¿Qué necesitamos? Más ucis, más respiradores, test… Ponerle solución.

-¿Le sorprende que nosotros no hubiésemos aprendido de China y que ahora desde otros puntos del planeta tampoco hayan visto lo de Italia y España?

-Claro, a la vista de los resultados ojalá hubiéramos hecho algo antes. Ojalá nos hubiéramos aprovisionado.

 -¿Por qué no somos capaces de asumir que nos puede pasar a nosotros?

-¿Te refieres a que nadie escarmienta en cabeza ajena?

-Sí.

-Tú sabes que los refranes son siempre contradictorios, ¿no? Hay uno que dice: «Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar». Y otro dice: «Nadie escarmienta en cabeza ajena». Pues eso: deberíamos habernos espabilado antes y supongo que los que vengan después espabilarán más. Hay mucho que analizar para la investigación: factores sociales, demográficos, de distribución del territorio de la población. Eso es lo que necesitamos: aprender de todo esto.

 -¿Y aprenderemos?

-Pues claro, un montón. Pero la gente lo dice en términos morales que a mí no me agradan porque me suena a las predicaciones religiosas. Solamente les falta que nos digan: «Arrepentíos, pecadores». Que pasará en cualquier momento: «Pedid perdón». Lo que tenemos que aprender es de la ciencia. Hemos aprendido la secuencia del genoma del virus, que eso es mucho aprender, se ha tardado muy poco. Eso permite que nos hagan un test y no es una tontería. Eso vale mucho más que una homilía. Para aprender hay primero que entender lo que ha pasado. Hay un espacio para la reflexión política, que no entro porque no me dedico a eso y me falta información. Pero también para la científica: ¿por qué en Italia afectó a Lombardía? ¿Por qué afectó más en unas zonas y otras no? ¿Cómo era la distribución de la población? Esto nos está planteando retos al conocimiento, qué medicamentos van a funcionar… No se podrá abordar este problema si no se investiga, pero no solo en el laboratorio.

-Mucha gente habla del futuro como si no pudiéramos cambiarlo y formar parte de él. Hablan con determinismo: «Va a pasar esto».

-Todo el día estamos cambiando, es que lo del cambio es inherente a la condición humana. Yo siempre digo que el programa Erasmus es lo que más ha cambiado Europa, nuestros hijos tienen amigos suecos, griegos, van aquí y allá… En fin, algo puramente académico seguro que ha cambiado la sociedad europea. No vamos a decir que nada cambia, porque cambia todo el rato. Pero a lo que yo me opongo, porque no es científico, es a decir que todo estaba estable hasta que llegó el coronavirus. No: todo estaba en cambio permanente. No hace tanto tuvimos en Madrid un atentado brutal y no se acabó el mundo, ¿no? Pues ahora tampoco vamos a desaparecer. Todo el tiempo estamos cambiando. El coronavirus ha matado a mucha gente, que es una tragedia, pero es un factor más en la evolución de la humanidad.

-Sí, pero hay esa visión apocalíptica.

-Sí, sí, pero luego la gente está preguntando que cuándo podemos salir. ¿Pero no era el apocalipsis? Oye, que muchos están pensando en ir a la casa de la playa.

-Es un apocalipsis guay.

-Sí, un apocalipsis light. Porque yo los que conozco que me hablan del apocalipsis están pensando en adónde van a ir de vacaciones.

-Nos quedan 3.000 millones de años, eso seguro, ¿no?

-¿Para qué? Para que explote el sol, sí, ahí sí que no veo solución. Ese problema lo tenemos complicado. Pero también te digo: 3.000 millones de años cunden. Claro que como también nos dicen que vamos a ser inmortales empiezo a preocuparme.

 -Ya sabe de dónde venimos, ¿pero adónde vamos?

-Pues yo espero, como has dicho, a un mundo más justo, solidario, tolerante, más igualitario, más respetuoso con el medio ambiente y mejor.

 -Vamos al mismo futuro, entonces.

-Oye, te diré una cosa: hace nada en Galicia la gente se moría de hambre, y hace nada no te quiero contar cómo estaban las mujeres. Yo creo que el mundo se puede cambiar, se puede mejorar. Claro que si tu padre se muere es una desgracia, y si te mueres tú también es una tragedia.

 -O usted, eh.

-Ja, ja. Claro, para mí sí. Quiero decir que mirando a más largo plazo nuestro objetivo, nuestro bello objetivo, es conseguir un mundo mejor, y no me refiero solo a los seres humanos. Que seamos más felices y sobre todo más tolerantes y más justos. Este es un planeta estupendo. Vi una foto por ahí, creo que era en un escaparate en una tienda de París de productos ecológicos, que decía: «Es difícil encontrar un planeta así de bueno».

-¿Cree que hay otro por ahí?

-Es difícil, es difícil encontrar un planeta como este. No sé si los hay, pero no va a ser fácil encontrarlo. Y, ojo, que Galicia es una tierra estupenda, tampoco es fácil encontrar algo mejor. Está verde, hay percebes, tenéis un mar maravilloso...

-¿El ser humano es bueno por naturaleza? ¿Es más bueno que malo?

-El ser humano es muy agradable, ja, ja. Es muy buena gente, aunque tiene un pequeñito problema, es muy pacífico, pero es débil frente a la manipulación. Es relativamente fácil conseguir enfrentar a unas culturas con otras. Ese fanatismo. Por eso tipos sin escrúpulos pueden llegar a convencer a una población. En general, la gente en su estado natural no es intolerante frente a otras culturas. Pero históricamente hemos visto que es fácil enfrentar a los seres humanos en grupo. Gente muy pacífica, luego puede ser muy violenta en un conflicto grupal. Dentro de los grupos somos realmente muy pacíficos, y entre grupos también, pero ahí es más fácil enfrentarnos. La guerra es eso, y es ahí en donde tenemos el problema. Pero se puede combatir por medio de la educación.

 -He leído que si desaparecemos como especie, vendrán otros a sustituirnos. ¿Eso está claro?

-Bueno, no lo sé, porque yo a Mozart lo veo único (risas). O sea que no veo yo a un canguro Mozart, pero no nos fustiguemos tanto que tenemos a Mozart, la Alhambra y la catedral de Santiago.

-¿Entonces no vendrán otros chimpancés a sustituirnos?

-Pues yo creo que no va a ocurrir, pero si desapareciéramos nosotros, sería una posibilidad que alguna otra especie social desarrollase la inteligencia social. No es seguro, no es necesario, pero como vemos que hay varias líneas evolutivas que van desde los delfines a los elefantes y las hormigas que han tenido mucho éxito desarrollando una estructura social compleja, pues no es descartable que alguna línea próxima, de mamíferos, pudiesen desarrollar alguna forma de inteligencia social que les hiciera llegar a una sociedad tecnológica. Creo que las probabilidades son bajas, pero sobre todo no hay tiempo, porque 3.000 millones de años es poco. Nos ha llevado 4.000 millones de años conocer a Mozart, o sea, hay que darle tiempo, pero hay una posibilidad.

-Decía en una entrevista que la vida no puede ser trabajar de lunes a viernes e ir el sábado al supermercado. ¿En eso nos hemos convertido los seres humanos?

-Me parece que es como la peli de Charlot, Tiempos modernos, el hombre máquina, el hombre en cadena, no podemos convertirnos en eso. No podemos hacer todos lo mismo. Tenemos que vivir en sociedades complejas, pero sin renunciar a nuestra individualidad. Además, tenemos que tener sueños. No se puede vivir sin sueños y en Carrefour no hay un sueño ilusionante; necesitamos soñar. Por eso vamos al cine, al teatro, o salimos en un barquito a la ría, o queremos abrazar a los nietos. Hay que tener ilusiones y desarrollar las ilusiones. Eso es lo bonito de la vida.

-Nos quedan 3.000 millones de años para tenerlos.

-Sí, nos queda una temporadita.

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