No me libro de ponerme el uniforme del colegio ni durante la cuarentena

Las vacaciones tendrán que esperar. El sueño de todo niño de que se suspendan las clases no ha sido tan bonito como imaginaban. En pleno confinamiento, toca seguir hincando los codos. Eso sí, desde casa y con imaginación


No hay un niño que en algún momento de su vida no haya pensado lo ideal que sería un mundo sin colegio. No tener que madrugar. Ni que estudiar. Ni que aguantar al profe ese que le tiene manía. O las bromas del compañero pesado. Con el COVID-19, ese sueño se ha convertido en realidad. Pero esta no se parece en nada a lo imaginado. En tiempos de virus, toca seguir estudiando. Y, como en muchos casos no estábamos preparados para tamaño confinamiento, ha habido que ir agudizando la imaginación para poder soportar las normas sin perder la paciencia.

Y aquí ya no hay distinciones entre colegios públicos, privados, concertados, institutos, universidades, centros de formación profesional... Casi todos estamos en igualdad de condiciones. Y dependemos más del ingenio y/o implicación del profesor de turno que, en muchos casos, de la voluntad y directriz del centro. Eso sí, estos días, ni alumnos ni padres nos libramos de largas jornadas lectivas. ¿Quién dijo vacaciones?

Son las nueve de la mañana y, como si no hubiera parón, toca empezar la clase. Ainhoa y Dani Rodríguez ya están preparados con el uniforme puesto, tal y como les obliga el colegio. Bueno, puesto a medias, porque la cámara solo enfoca la cara y ambos siguen el método que hace años hizo famoso Matías Prats: corbata en cuello y sport en piernas.

«Nos llega con tener que usarlo todo el año. Ya ponerlo en casa... Así que, como solo nos ven la parte de arriba, nosotros nos quedamos el pantalón del pijama», comenta risueña esta joven coruñesa de tercero de secundaria. En el cuarto de al lado, su hermano, Dani, de 4.º de primaria, sigue el mismo método.

Horario inquebrantable

En breve comenzarán las clases online, a las que se conectan tanto profesores como alumnos en directo. Todos están obligados a mostrar su imagen, con un horario, además, inquebrantable. Como el resto del año.

En esta tesitura se encuentra también Pablo González, alumno de 1.º de ESO. En este caso, con el alivio de librarse del uniforme. «Tenemos clase de nueve a cinco, con un descanso por la mañana y otro para comer. Se respeta hasta la hora de estudio. En nuestro colegio, a la una hay clase de conservatorio como materia optativa. Y esos 50 minutos son de estudio para el resto. Estos días también se hace así. Los que tienen conservatorio se conectan a otra videoconferencia y los que no, permanecemos con un profesor que nos vigila», relata el joven de 12 años.

Un ordenador para tres

El recorrido continúa y llegamos a casa de Ana Rodríguez, una profesora de inglés con dos hijas que cursan 6.º de primaria y 2.º de secundaria. Cada una tiene un método diferente, pero las tres coinciden en un problema: «Tenemos que llegar a acuerdos para utilizar el ordenador. En nuestra casa solo hay un equipo, que tenemos que compartir, así que no nos queda otro remedio más que negociar», explica la madre.

«Creo que nuestro caso no es excepcional. Hay hogares en los que, por circunstancias, no hay Internet, equipos para los niños o incluso impresora para imprimir fichas... Realmente, no estamos, en general, preparados para la docencia a distancia», reflexiona la madre y profesora, que admite que «a ellas las ayudo como cualquier padre, ni más ni menos. No ejerzo de maestra, que ya tienen las suyas».

Policía con deberes

De esas dificultades se dieron cuenta en Cambados, en donde en un centro educativo han tenido que tirar de recursos e imaginación para hacer llegar a los alumnos el material necesario. Ya sea por vivir en zonas de mala conexión o por carecer de medios tecnológicos, el caso es que su director, Manuel Felpeto, se las ha ingeniado para que ningún niño se quede sin tareas: «Se trata de hacerles llegar a sus domicilios los ejercicios. Para eso, pedimos la colaboración de la Policía local para que acerque a los niños los ejercicios», explica el docente.

Himno galego por wasap

En tanto por Cambados circula un vehículo de la policía local con deberes, en Ferrol, Daniela Alonso entra en el aula virtual de su centro educativo para consultar las tareas que los profesores dejaron allí el día anterior, al tiempo que sube a Internet el himno galego que interpretó por videollamada junto a sus compañeros de clase para un trabajo de Lingua. Una demostración más de que con ingenio no hay barreras. «Eso y que el propio director del centro, Manolo Pardo, descuelgue el teléfono para llamar una a una a todas las familias para interesarse por la situación de los niños y sus posibilidades de seguir las tareas online», aclara su madre, agradecida.

Tareas en grupo y notas

Finalizamos el recorrido por los hogares gallegos. Y nos adentramos en el de Laura Rodríguez, una joven coruñesa que, a falta de niños en casa —es hija única—, comparte las horas de estudio con sus compañeras de cole para ayudarse mientras hacen los deberes. «Es una forma de que parezca como que estamos en clase», explica la pequeña.

Con ese espíritu de que parezca que todo sigue igual, trabajan estos días docentes y alumnos. Tanto que incluso hay tiempo para las clases de educación física a distancia. Y notas. Porque ayer, viernes, fue día de notas. De momento, casi todos sobresaliente en confinamiento.

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