Nina, de OT: «A los 16 me dijeron que no sabía cantar y que me dedicara a otra cosa»

Es exigente y perfeccionista, y no pasa ni una a los chicos de «OT». «Me gusta el trabajo bien hecho, pero no la crítica destructiva», dice Nina en su regreso a la Academia: «En la vida y en el trabajo todo debe hacerse con rigor y desde el corazón»


Anna María Agustí, más conocida como Nina (Barcelona, 1966), asegura que es «poco nostálgica» y que usa poco el retrovisor. «Lo pasado, vivido está», dice. Hoy, la que fue azafata del Un, dos tres logró un sexto puesto en Eurovisión con Nacida para amar e interpretó a Donna en el musical Mamma Mia! durante nueve temporadas, ha regresado a la Academia de Operación Triunfo pisando fuerte: «A los chicos les transmito que a lo largo de su carrera tendrán aciertos, pero también fracasos, y deben estar preparados para tirar adelante». Actriz, cantante y maestra, confiesa: «Durante un tiempo mi frustración fue no tener estudios, pues para ayudar en casa, estuve dos años vendiendo zapatos. Decidí que nunca es tarde y, tras graduarme en logopedia casi a los cuarenta, abrí mi propia escuela de la voz, mi gran sueño hecho realidad». Nina es mucha Nina.

-¿Cómo ha sido la vuelta a la Academia de «Operación Triunfo»?

-¡Increíble! Amo OT. Me siento muy ligada a este programa, por el equipo tan extraordinario con el que cuenta y porque viví momentos muy potentes allí como directora. Volver ha sido un regalo fantástico. Estoy muy contenta.

-Ahora formas parte del jurado. ¿Qué tal este cambio de rol?

-Bueno, ser jurado resulta mucho más complicado y difícil, porque cuando realizas un juicio o una valoración siempre hay algo subjetivo y, aunque siempre nos atenemos a argumentos técnicos, es complejo. La labor del profesor de alentar, animar y enseñar a los chicos es más agradable, aunque reconozco que esto de ser jurado me está resultando también un reto interesante. En este sentido, estoy aprendiendo mucho. Soy exigente y perfeccionista, me gusta el trabajo bien hecho, pero no me gusta el juicio destructivo, siempre es preferible un comentario desde el que se pueda corregir para progresar que una crítica despiadada. Eso no ayuda.

-¿Has echado de menos la Academia?

-El retrovisor lo uso lo justo, la verdad. No soy muy nostálgica. Mamma Mía, el Un, dos, tres o incluso OT, me han marcado mucho a nivel profesional y personal, porque se creó un vínculo afectivo importante con estos proyectos por todo lo que me aportaron; pero eso es pasado. Lo viví, lo disfruté y pasé a otra etapa. Ahora estoy en el aquí y en el ahora con OT. Tampoco soy de mirar mucho al futuro. Planifico a corto plazo, si no nunca disfrutas del presente.

-¿Qué sensaciones te han dado los chicos estas primeras semanas?

-Muy buenas. Todos los chicos son estupendos. Nos lo van a poner difícil al jurado, tienen talento, pero hay que ir puliéndolo, para sacar lo mejor de cada uno de ellos. Deben mejorar también por el lado humano y más personal, esa otra faceta hay que cuidarla y trabajarla para que no se vengan abajo ante las críticas y dificultades, que seguro que se las encuentran a lo largo de su carrera artística.

-Como jurado, ¿qué valores quieres transmitirles a los chicos? ¿Con qué quieres que se queden de la Academia?

-Sobre todo, amor por el oficio y respeto. Creo que no podemos perder la dignidad profesional. Fíjate, te diría que tanto en la vida como en el trabajo, hay que hacer las cosas con rigor y desde el corazón.

-Seguro que en más de un momento, escuchando sus ilusiones y temores te has sentido identificada con ellos.

-¡Claro! Me están haciendo viajar en el tiempo y recordar las ilusiones de mi adolescencia. Yo, como ellos, también soñaba desde cría con dedicarme a la música. Y a los dieciséis años me dijeron que no sabía cantar y que me buscara otra profesión. Fue un momento complicado. Menos mal que yo creí en mí. Por eso, a los chicos les transmito en cada gala que la vida y la carrera no se terminan en OT.

-En tu carrera, ¿has tenido que superar muchos tropiezos y obstáculos?

-Sí, unos cuantos. A finales de los noventa, yo quería cantar funky y soul en inglés, y las discográficas no me apoyaron, me rechazaron. La respuesta siempre era la misma. Yo no era negra y no podía cantar música negra. Para mí aquello fue un fracaso. Eso hoy no sucedería, porque Internet nos ha dado acceso a todo tipo de música y canales. Un caso actual es Rosalía, y ahí está triunfando.

-De los errores se aprende…

-Sí, y los aciertos alimentan la vanidad. Fíjate, de aquel fracaso saqué mi propia lección. Aprendí a decir no y a elegir cuidadosamente a las personas con las que quiero trabajar. Tras aquella experiencia, descubrí que tengo alma de intérprete, de actriz, y la vida me ha llevado a recorrer otros caminos increíblemente enriquecedores y satisfactorios.

-Estos chicos confían en vuestros consejos en la Academia. ¿A quién le estarás tú eternamente agradecida por su apoyo y sus enseñanzas cuando comenzaste?

-De la persona que me escuchó cantar por primera vez y me animó a perseverar y a tirar adelante y, por supuesto, de mis padres. Tampoco me puedo olvidar de Toni Cruz y Josep María Mainat, porque ellos confiaron en mí para estar al frente de la Academia de OT y fue una oportunidad y un reto maravilloso.

-Cuando decidiste dedicarte a esto, ¿te apoyaron en casa?

-¡Claro! Por supuesto. Mi madre fue mi primer público. Me alentó mucho para que no me rindiera y siempre me transmitió que todo lo que hiciera lo hiciera con responsabilidad y de corazón. Estoy muy agradecida de haber contado siempre con el apoyo incondicional de mis padres. Eso siempre me ha dado mucha seguridad y confianza.

-También fuiste azafata del «Un, dos tres», nos representaste en Eurovisión e interpretaste a Donna en el musical «Mamma Mia!». ¿Qué balance haces de tu trayectoria profesional?

-Muy dulce y satisfactorio, la verdad. Esos proyectos forman parte de mi carrera y aprendí muchísimo en cada uno de ellos. Pero ahora, estoy inmersa en otro momento profesional y estoy muy ilusionada. La actividad pedagógica que llevo a cabo en mi escuela con mis alumnos me entusiasma, también el máster que estoy realizando, y en breve comienzo la lectura de una nueva obra musical junto con Angels Gonyalons. Estoy feliz.

-¿Crear tu propia escuela de voz y comunicación es un sueño cumplido?

-Sí. Mi escuela es mi gran pasión, es el centro que me hubiese gustado tener para ir a aprender yo. La enseñanza era mi asignatura pendiente, porque yo empecé a estudiar a los treinta y siete años. Vengo de una familia humilde y para ayudar en casa estuve dos años vendiendo zapatos. Durante un tiempo, mi frustración fue no tener estudios y decidí que nunca es tarde. Me gradué en Logopedia, me he especializado en la voz y en comunicación corporal y abrí mi escuela.

-¿Qué queda hoy, tras todo tu bagaje profesional, de la Nina de los inicios?

-Mucho. La ilusión, las ganas de seguir aprendiendo, de compartir todos mis conocimientos con mis alumnos, de involucrarme en nuevos retos y aventuras, pero con la tranquilidad y la confianza que dan los años y la experiencia.

-¿Algo de lo que arrepentirse?

-No. Las cosas que serían susceptibles de cambiarse son las que me han hecho aprender. De las cosas positivas también he aprendido, pero sobre todo de las negativas. No cambiaría nada y no me arrepiento de nada.

-¿Y cuál es la cara b de tu oficio?

-Los momentos que te pierdes de tu vida y de tu familia, eso no te lo puede pagar nadie en el mundo. Y aunque te los pagasen, daría igual, porque esos momentos ya no los vas a recuperar.

-¿No crees que en el cine y la televisión prefieren a actrices jóvenes y guapas, mientras que el teatro sigue recompensando la presencia que dan los años?

-Sí, en general hay más papeles para los hombres sin tener en cuenta la edad, ellos lo tienen más fácil. Y en cambio las mujeres, a medida que cumplimos años, vamos entrando en terreno de nadie, y es injusto. Menos mal que en el teatro podemos disfrutar de la interpretación de actrices mayores espléndidas y en plena forma.

-Mujer de retos y sueños cumplidos, ¿cuál es tu objetivo para este año?

-¡Ja, ja, ja! Pues sí. Dedicar más horas a mi bienestar. Me gustaría realizar travesías nadando a mar abierto de entre dos y tres kilómetros. Tengo ya cincuenta y tres años. La vida pasa rápido y quiero disfrutar de mis días con aquello que me hace feliz.

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