Esa pareja que se mira


Observé a una pareja que rondaba los sesenta en un bar. Observar a las parejas en los bares y adivinar qué las une o qué las separa es como trazar un mapa de las relaciones humanas.

Decidido está que no hay nada más desolador que dos que se desprecian y que apenas siguen juntos porque son demasiado cobardes para estar solos. Incapaces de cruzar una palabra, ese silencio estruendoso que los vincula es como una radiografía de su apatía emocional y un anuncio de que pueden parpadear pero la muerte los ronda.

Decidido está también que esa pareja que sigue mirándose de esa manera tanto tiempo después destila una paz marítima ante la que es imposible no conmoverse. Da igual en qué momento ande tu vida; quieres que esa armonía bestial te alcance. La química del amor es tan impredecible como la aparición de un arcoiris; cuando destila justo eso entre esos dos que no pueden dejar de mirarse es conmovedora y contagiosa.

Esta pareja del bar a la que observé estaba en un primer encuentro. Se notaba en la forma tímida pero firme de aproximarse y en un coqueteo adolescente que infectaba al espectador porque te recordaba justo qué pasa cuando la serotonina chuta a tope por el estómago. Había un despliegue muy tierno de pertrechos vitales con la prudencia de los años que tenían pero con la misma ansiedad alocada de cuando la vida empieza. Esas primeras horas, instalados todavía en el tiempo del descubrimiento, pase lo que pase con el futuro, sea quien sea quien tienes enfrente, es una de las grandes energías del universo, a veces provechosa y buena, otras veces letal pero inevitable.

En ocasiones, en esa tarea de contemplación casi científica que delata, claro, a una voyeur de cafetería, se olfatea algo que todavía no existe, una energía emergente pero imparable que revolotea la atmósfera. Puede cruzar mesas entre grupos de desconocidos o vincular justo a quien menos conviene; muchas infidelidades, para quien la infidelidad exista, están ya sugeridas en esos amigos que quedan para compartir novedades sin saber que algo está a punto de saltar por los aires.

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