¿Cuánto deben durar las clases?

¿50 minutos, más o menos?  El tiempo es a la hora de aprender un valor más importante que la velocidad. A partir de los 15 minutos hay que esforzarse por no perder la atención. Cuatro expertos dan las claves para que el aprendizaje sea óptimo


El tiempo es un valor sujeto a horarios, necesario para entrenar ese «músculo que no se ve, que no se quita la camisa para lucir pecho pero requiere ejercicio regular para no perder el tono: el cerebro», ilustra José Manuel Suárez Sandomingo, presidente de la Asociación de Pedagogos de Galicia (Apega). Hay varios mitos, y visiones diferentes, en torno al tiempo óptimo para aprender y lo que debería durar una clase. Los estudios apuntan que a partir de los 15 o 20 minutos la atención se relaja y cae, pero hay maneras de evitarlo, recursos para retener la curiosidad del oyente, consideran los expertos consultados por YES. «La concentración lleva al aprendizaje y la concentración se consigue por la atención», sostiene el pedagogo, que advierte que el aprendizaje, más que del reloj, «depende sobre todo del asunto o tema que se comunica, del comunicador y del interés del oyente». Todos hemos estado a punto de dormirnos con materias a priori divertidas o apasionantes debido a la apatía del profesor, y al revés, seguro que recuerdas cómo alguien consiguió grabarte a fuego, contra todo pronóstico, el romance del rey don Sancho, o involucrarte en problemas de Física sobre movimientos uniformemente acelerados, tú... que nunca sabías llegar al misterioso punto en que iba a cruzarse un tren con otro tren.

La concentración es algo individual, subraya Suárez Sandomingo. «Solemos recordar lo primero y lo último de un argumento -apunta el pedagogo-. Y el tiempo adecuado para una clase está, tanto para niños de primaria como para adultos de Universidad, en unos 50 minutos», para darse tiempo a atrapar el interés y poco margen para perderlo. «El tiempo depende del ciclo en el que nos movamos. No es lo mismo hablar de un niño de infantil que de otro que tenga 7 u 8 años -plantea María Soto, fundadora de Educa Bonito-. La atención depende de la edad. Cuanto más pequeños, más movimiento y a la vez más pausa necesitan los niños, para poder concentrarse y tener tiempo a asimilar, un gran reto en este momento de hiperestimulación digital». Para la experta en disciplina positiva, madre de tres niños que pide a los padres más naturaleza a la hora de educar, «se aprende más desde la duda y la creatividad. El cerebro quiere preguntas, problemas. Para buscar soluciones. Desde la duda, la atención se mantiene más, y el tiempo del aprendizaje es más efectivo. Quizá media hora es una buena medida en niños menores de 7 años». Profe Manolo, que nos puso Deberes de vida, se pronuncia en el mismo sentido: «Cuanto más pequeño es el niño, menos tiempo es capaz de mantener la atención. En infantil, las sesiones deberían ser de unos 15 o 20 minutos, y el resto de la clase, tiempo de juego, para que el aprendizaje sea productivo».

TRES TIPOS DE MEMORIA

¿Somos capaces de mantener la atención 50 minutos? ¿O 45-50 minutos de clase se hacen insuficientes? Más que la duración ideal de una clase, hay que analizar cuál es el planteamiento de la clase. ¿Qué objetivo se persigue? «Entiendo que el aprendizaje, ¿no? Cuando alguien imparte una ponencia, sea en una clase de infantil o en la Universidad, el tiempo de atención fluctúa, tiende a bajar pasado un tiempo, que varía en función de qué esté explicando el ponente y de la manera en que lo explica», plantea Katia Hueso, confundadora de la primera escuela infantil al aire libre de España. A partir de los 15 minutos, «el profesor tiene que hacer un esfuerzo mayor si quiere retener el interés. Si queremos profundizar y que el aprendizaje sea significativo, hay que diseñar una clase viva, participativa, que consista en hacer, además de escuchar y ver. Porque haciendo se aprende más», señala la autora de Somos naturaleza, que apunta a una pirámide de aprendizaje, según la cual aprendemos un 5 % al escuchar, un 10 % al leer, un 30 % al ver y escuchar, un 50 % al decir y discutir, un 75 % al hacer, y un 90 % al hacer y contarlo a otros. Aprender para no olvidar requiere tiempo, subraya Katia Hueso.

¿Una hora como mínimo? «O más. Soy partidaria de sesiones fluidas, como cuando trabajas por proyectos que permiten tocar distintas materias, ir fluyendo de un aspecto a otro del mismo tema. Imagínate que tienes como tema los egipcios. Pues puedes hacer una maqueta de una pirámide, luego una momia, trabajar conceptos de biología y matemáticas... Si te pones, puede llevarte todo el día. Siempre se aprende más de lo tangible que de una fila de fracciones», señala la educadora.

«Si hay que fijar un tiempo, lo establecería en módulos de 45 minutos, con una parte expositiva y otra participativa, de hacer individualmente o en equipo, pero no hay una respuesta matemática de tiempo ideal para una clase, porque depende también de cómo la plantees», señala Profe Manolo, partidario de que los deberes se hagan, sobre todo, en el horario escolar.

Hay tres tipos de memoria, según el presidente de los pedagogos gallegos. «Una memoria de pez, que recuerda solo lo inmediato; otra de camarero, a corto plazo, que recuerda el pedido pero lo olvida en cuanto el cliente se va, y luego la MLP, la memoria a largo plazo, que es la que hace que te quedes con las cosas más allá del momento. Esta es la que hay que trabajar más», concluye Suárez Sandomingo.

Una profe de élite para aprender a competir

nieves d. amil

Quedarse fuera de los Juegos Olímpicos de Río abrió a Lúa Piñeiro la puerta de la enseñanza. Más de un centenar de alumnos aprenden los valores del taekuondo con ella en el club Número Phi

«A mí el taekuondo me ha dado los mejores momentos de mi vida, pero también otros muy duros». Lúa Piñeiro no entiende su vida sin el taekuondo, ni este deporte se entiende sin ella. No encuentra un sitio para ser más feliz que encima de un tapiz, pero reconoce que rozar el cielo deportivo tiene un coste que ella lo ha pagado derramando demasiadas lágrimas. La exigencia de no caerse de la selección nacional, de no demostrar debilidad, o el dolor por quedarse a las puertas de los Juegos Olímpicos después de cuatro años de sacrificio le han obligado a echar el freno. «Después de eso, rompí. Decidía apartarme a nivel nacional, aunque en Galicia seguían llamándome porque las medallas dan resultados y subvenciones, lloré mucho, lo hacía al llegar a casa», comenta. Nunca hubiese imaginado que tocar fondo le abriría una puerta que nunca pensó que la pudiese hacer tan feliz.

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