César Bonilla: «Lo del Óscar disparó la venta on line»

Más o menos cada quince días, sale un contenedor del puerto de Marín con destino a la lejana Corea del Sur con patatas Bonilla. Cuando un barco está partiendo, en la factoría del polígono de Sabón ya empiezan a freír la siguiente remesa


Aunque está acostumbrado al interés mediático, reconoce que «esto fue un bum tremendo. Llegué a la fábrica y estaban los de Telecinco. A mí me entrevistan y hablo. «Digo lo que me sale porque es lo que llevo haciendo toda la vida», confiesa con su estilo directo de siempre. El pasado 7 de diciembre cumplió 87 años. «Nací el día que mi madre cumplía 20 años», apunta este veterano al que no se le escapa ningún detalle. En cada respuesta incluye una anécdota.

La película que triunfaría seguro sería una sobre la vida de César Bonilla. Se llevaría más Oscars que Titanic. El barquito que forma parte de la imagen de Bonilla a la vista superaría al mítico trasatlántico. «La verdad es que todavía no fui al cine a ver la película surcoreana. Me contó el jefe de ventas que era un poco larga, dos horas y pico. Tengo que animarme, aunque la verdad es que voy poco al cine», reconoce. La presencia de sus latas de patatas en el filme Parásitos no solo tuvo repercusión en los medios. «Se contabilizaron miles de entradas en redes sociales. Lo del Oscar disparó la venta on line, de 8 a 80, una barbaridad. En Barcelona se agotaron las latas y me llamó una persona para que le guardásemos una a una amiga que venía de China... Una locura», destaca el empresario.

Negociar con coreanos

Y todo este revuelo y ni siquiera se sabe si la película de Bong Joon-ho va a conseguir alguna estatuilla. «Me dijeron que está nominada en cinco categorías, alguna le caerá», comenta César Bonilla sonriente mientras muestra el Oscar (de los de mentira) que le entregamos. Efectivamente, Parásitos opta a los galardones de mejor película, director, película de habla no inglesa, guion original y mejor director de arte. Lo único seguro es que en la categoría de mejores patatas fritas ya es la triunfadora. «Los coreanos vinieron varias veces a ver la fábrica. Probaron varias en distintos sitios y dijeron que la nuestra es la que les gustaba. Una de las veces que vinieron los llevé a comer unas ostras a O Freixo, al restaurante Pepe do Coxo. Recuerdo que al terminar me dijeron que era un buen negociador. En realidad solo les dije la verdad de lo que tengo», asegura.

Nuevas latas para España

Desde entonces, más o menos cada quince días, sale un contenedor del puerto de Marín con destino a la lejana Corea del Sur. Cuando un barco está partiendo, en la factoría del polígono de Sabón ya empiezan a freír la siguiente remesa. «Llevan latas como las que se pueden comprar aquí, de medio kilo, pero también otras de 275 gramos, más pequeñas. Es un formato que también funciona muy bien y que pronto distribuiremos también para el mercado español», avanza Bonilla. En Corea, cada unidad sale a unos 25 euros, más del doble que en cualquier supermercado o tienda de Galicia o España. «Es increíble, en cuanto se enteran que llegan hacen cola. Solo les venden dos por persona para no agotarlas enseguida», destaca César Bonilla, un gallego de película con un Óscar al entusiasmo.

Por qué las patatas Bonilla son un objeto de culto en Corea

Laura G. del Valle

Casi el 10 % de la producción de patatas que esta empresa elabora en Arteixo acaba en Corea. En Seúl es habitual ver a consumidores tomándolas con palillos y aderezadas con extravagantes salsas

Es poner #BonillaalaVista en Instagram y entrar, inmediatamente, en una dimensión inesperada. Como queda patente en la gran triufandora de los Oscar Parásitos, las patatas fritas gallegas son todo un emblema en Corea del Sur. Tal es la sensación que, de todas las fotos que uno puede encontrarse bajo el paraguas de este hasthtag, la mayoría corresponden a coreanos que posan mezclando su aperitivo favorito con curiosas salsas o chocolate. Y algunos de ellos incluso siguen la prudente práctica de llevárselas a la boca con palillos: siempre de la famosa lata (ni rastro de las pequeñas bolsas que matan más de un antojo en la esquina noroeste peninsular; no las exportan).

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