«Perdí una niña a los 6 meses, tuve cáncer, pasé quimio y radio, pero por fin fui madre»

La vida no se lo ha puesto fácil para ser madre, pero ella ha luchado contra viento y marea para conseguirlo. Incluso anteponiendo su propia vida. Mari nos cuenta cómo se enfrentó al peor de los pronósticos.


La conversación con Mari avanza entre suspiros. Cuando crees que ya ha pasado lo peor, el relato obliga a coger aire de nuevo. Lo que le ha pasado es duro, muy duro, pero lo cuenta con entereza, con la valentía de quien antepuso querer ser madre a su propia vida.

A los 25 años, Mari se encontró un bultito en un pecho. Los médicos no le dieron importancia ni cuando ella les advirtió que estaba tratando de quedarse embarazada. Tuvo un embarazo de alto riesgo, con pérdidas, y a las 25 semanas se cumplió el peor de los pronósticos. Lo perdió. La perdió. Después del aborto se dio cuenta de que aquel bultito «sin importancia» se había convertido «en una pelota de golf». «‘Ay, como lo dejaste crecer tanto’, me llegaron a decir. Me miraron y era malo», explica. «Es muy duro, porque yo me acababa de casar, y lo que más me preocupaba era volver a quedarme embarazada con el tratamiento, porque la quimio te puede dejar estéril», dice Mari. Buscó con la mirada a su marido y le dijo al médico: «¿Cuáles son los pasos a seguir? Yo iba a hacer todo lo que me dijeran porque quería salir adelante».

La operaron, le dieron quimio y radio, y le pautaron una pastilla durante cinco años, un tratamiento que echaba por tierra su sueño de ser madre. Un jarro de agua fría para una joven de 26 años, a la que solo le quedó agarrarse a su juventud para no perder una esperanza. Llevaba tres años tomando la pastilla cuando le preguntó al oncólogo sobre sus opciones para ser madre. Este le recomendó esperar a que finalizara el tratamiento, pero después de escuchar a otros especialistas decidió paralizarlo. «En todo momento me advirtieron —explica— que era como una bomba de relojería para mi cuerpo, si conseguía quedarme embarazada las hormonas se alterarían y podía reaparecer el cáncer. Puede salir bien o mal». Consciente de las consecuencias, paró de tomarlas. Nunca se planteó esperar los cinco años. «Había pasado el otro aborto, y quería saber si me podía quedar embarazada o no. Tenía todas las papeletas para que no fuera así, porque yo leía que me podía quedar estéril. No lo tenía claro, y ellos tampoco me daban el cien por cien ni de una cosa ni de la otra. Además de que decían que era una bomba en todas las condiciones, pero yo lo quería intentar y asumir el riesgo», confiesa Mari, que no oculta el miedo que por otra parte también le producía afrontar ese sueño. «Se vive con mucho miedo, me aferraba al día a día, intentaba trabajar para olvidarme de esas cosas, pero a veces pensaba: ‘¿Y si lo tengo y después me muero?’. Mi familia me ha ayudado muchísimo, mi madre me daba muchísimos ánimos».

RIESGO DE OTRO ABORTO

Después de un año intentándolo sin éxito, la situación les empezó a pasar factura y decidieron acudir a un centro de reproducción asistida. Les realizaron todas las pruebas y fijaron la inseminación para la vuelta de un viaje que ya tenían programado, sin saber que no sería necesaria. «Regresé dispuesta a hacerlo, pero veo que no me viene la regla y empiezo a sospechar, aunque no las tengo todas conmigo porque tenía algunas pérdidas», comenta. Una visita a Urgencias en fin de semana les puso de nuevo un nudo en la garganta. «Más que un embarazo parece un aborto, ven el lunes que te mire la ginecóloga por si fuera necesario hacer un legrado», le dijeron. Preparados para lo peor, nunca creyeron que el lunes escucharían la mejor de las noticias. «¡Estás embarazada! Todo está bien, pero, dados los antecedentes, reposo absoluto». Eso le dijeron y eso hizo. Todo marchaba con normalidad, con alguna que otra pérdida controlada, hasta que a las 25 semanas regresaron los fantasmas del primer embarazo. «Cada semana tenía que ir a una revisión, y en una de ellas me dicen: ‘Hay un problema, se te está rompiendo el útero y si viene para abajo puedes sufrir un aborto’», explica Mari. La solución pasaba por un cerclaje con el riesgo que este implicaba, ya que debido al avanzado estado de gestación, cualquier pinchazo podía romper la bolsa. No hubo opción. Afortunadamente todo salió bien. Del hospital a la cama, ya que la recomendación era clara: no podía moverse. «Me dijeron: ‘Si no vas a ser capaz te dejo ingresada’, pero yo no quería quedarme allí, porque yo no sabía si iba a salir adelante, y ya del primer aborto fue algo que llevé muy mal, que no sé si ahora lo hacen en el Clínico, pero yo estaba ingresada en la misma habitación que una madre que había tenido a su bebé», explica Mari. A las 28 semanas, nuevas pérdidas hicieron saltar de nuevo las alarmas. Ya en Urgencias se entera de que se ha roto la bolsa, y solo queda aguantar tanto como permita el líquido amniótico. «Era una angustia tremenda, ya que cuando por fin me quedo embarazada, después de toda la enfermedad, que me pase esto… Las enfermeras me animaban mucho y me decían que con 28 semanas era viable, pero era imposible estar tranquila». Aguantó tres semanas y pico. Estaba prevista una cesárea, pero a las 31 semanas se puso de parto y el equipo médico decidió intentarlo. Así, en marzo del 2011 nació Borja con 1.380 gramos. «En el último empujón el niño se me quedó, no daba salido, no tenía fuerza, y me tuvieron que hacer una episiotomía». Y escuchó ese primer llanto, el más tranquilizador de su vida.

Hoy Borja tiene 9 años y es un niño fuerte y feliz. La felicidad duró, pero poco. Hace tres años la sombra del cáncer volvió a planear sobre esta familia. Mari se encontró un nuevo bulto en el mismo pecho mientras se duchaba. Las pruebas confirmaron lo peor. Y los médicos le pusieron delante una de las decisiones más difíciles de su vida: tenía que decidir si quería someterse a una doble mastectomía. «Casi me da algo, —recuerda—. Pero enseguida les dije: ‘Tengo a mi hijo, si queréis quitadme todo’, no lo pensé dos veces». Fue una operación larga, porque en la misma cirugía le colocaron implantes, y aunque esto hizo más difícil la recuperación, evitó esa sensación de rechazo a su propio cuerpo. A los 20 días el oncólogo le comunicó que debido a los antecedentes había que poner quimio igualmente. Otra vez. Pero ahora había un pequeño en casa y Mari quería evitar a toda costa que la viera pasar por los efectos secundarios. «El niño se lo tomó bien, me decía que estaba guapísima y que no parecía su madre. Me animaba un montón», dice Mari toda orgullosa.

Con la primera sesión, las heridas de la operación se empezaron a resentir, pero a la segunda se empezó a abrir la cicatriz, así que lo que quisieron evitar en un primer momento se volvió inevitable. Tuvo que pasar por quirófano para quitar los implantes porque la quimio no permitía la cicatrización. «Cuando me vi sin los pechos se me vino el mundo encima, —confiesa Mari— fue el peor momento de todo lo que había vivido». En un año pasó cuatro cirugías, ya que también le recomendaron quitarse los ovarios para prevenir que el cáncer se reprodujera, y posteriormente le pusieron de nuevo los implantes. «Después de todo lo que habíamos pasado no queríamos tener más hijos, de hecho mis amigas le llaman milagrito a Borja», dice. Su historia también lo es. «Nunca se me pasó por la cabeza renunciar. Siempre quise intentarlo y mi marido me apoyó en todo, incluso me decía: ‘No te preocupes, que adoptamos’. Pero yo no quería, quería seguir luchando hasta que los médicos me dijeran que no había opción. Conozco otra chica que estaba en la misma situación y se murió, y piensas: ‘Si me pasa a mí...’, pero hay que ir para delante con él, porque no se puede ir para atrás». Todo un ejemplo de superación.

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«Perdí una niña a los 6 meses, tuve cáncer, pasé quimio y radio, pero por fin fui madre»