El relojero de la Puerta del Sol: «Llevo 23 años sin comerme las uvas»

Jesús López, junto a sus compañeros Pedro y Santi, de la relojería Losada, son los auténticos protagonistas de las campanadas. Hablamos con el relojero de la Puerta del Sol. «Esa noche, adiós cena y adiós todo. Estamos a lo que tenemos que estar», asegura. Sin él, la bola no cae y el año no empieza


A unque está en la sombra, realmente todos los focos se centran en él. Pero Jesús López (Toledo, 1945) asegura que jamás aceptaría el reto de ponerse la capa y coger el micrófono. «Nosotros tenemos que estar arriba porque, primero, si no estuviésemos, la bola no caería. Y desde el punto de vista técnico, llevamos el control», indica el relojero de la Puerta del Sol. El sonido de la última campanada y la explosión de alegría de la plaza compensan con creces el inconveniente de no poder brindar en familia. «Para mí es el mejor momento de la noche», afirma Jesús, que a pesar de su precisión cronométrica, olvida medir el tiempo cuando se trata de revisar las tripas del reloj más famoso de España. «Voy una vez a la semana durante todo el año. Lo desarmé en el taller, lo volví a montar y llevo con él desde el 96. Este reloj es como mi casa», apunta.

—Pasarás muchas horas ahí dentro en estos últimos días.

—Ya lo creo, más que el reloj parece mi casa, ja, ja.

—¿Cómo se mantiene el reloj más famoso de España?

—En realidad el mantenimiento es exactamente igual ahora que en agosto o en febrero. Porque todas las semanas del año, todas, vamos o yo o mis compañeros Santiago y Pedro. Primero porque si no se pararía, porque las pesas llegarían a la parte más baja. Entonces vas, remontas las pesas, miras, limpias, engrasas, si ves alguna cosa la corriges... Eso lo hacemos todo el año. Lo que pasa es que cuando llegan estas fechas hay que poner en funcionamiento el mecanismo de la bola, que es manual y no funciona más que ahora, a final de año. Hay que limpiarlo, engrasarlo, probarlo y todas estas cosas. Aparte hay que ponerles también micrófonos y altavoces a las campanas para que se escuchen, porque si no, con tantas personas en la plaza es imposible. Y eso es lo que hacemos.

—¿Cuánto hace que no tomas las uvas?

—Pues mira, nosotros llevamos allí desde el año 96, con lo cual va para 23 años.

—¿Asumís ya que ese día no hay cena ni brindis con la familia? 

—Estás ya acostumbrado. Hay una cosa que está clara. Sabemos que tenemos que estar el día 30 y el día 31 allí. Y sí, lo que tú has dicho, adiós cena, adiós uvas y adiós todo. Pero por otro lado, cuando da la última campanada y ves la explosión de alegría de la plaza y que todo ha salido bien, te sientes compensado.

—¿Te esperan en casa?

—Bueno... Es que no tiene nada que ver la Nochebuena con la Nochevieja. Porque mi mujer y mis hijos se juntan y demás, y luego en vez de a las 12 a las 12.30 o a la 1 ya estoy allí. Y en Nochevieja la noche es larga y se puede disfrutar. No hay ningún problema.

—¿Habrá hora extra este año para dar las campanadas en Canarias?

—Que yo sepa en este año no, porque nadie me ha dicho nada. El año pasado nos preguntaron y nos pusimos a ello, pero esta vez nadie nos lo comentó.

—¿Cuál es el momento más delicado de la noche para vosotros?

—Hay una cosa que está clara. Si tú estás con un reloj todo el año y sabes que está funcionando bien, no sueles tener dudas. Lógicamente tienes que estar muy pendiente, porque una máquina puede fallar en cualquier momento. Estás más atento a que faltan tantos segundos, a que hay que dejar caer la bola... Pero estamos seguros de que va a funcionar. Nunca tuvimos un susto.

—La bola marca el inicio de las confusiones en casa con las uvas.

—Si es muy sencillo, lo que pasa es que el que está en familia y demás no está pendiente de los segundos ni de nada, ja, ja. Cuando faltan 28 segundos para las 12, se deja caer la bola por su propio peso. Cuando han pasado 7 segundos se para, y cuando faltan 20 segundos para las 12, empiezan a sonar los cuartos. Son cuatro cuartos y cada cuarto es de dos campanadas, por eso cuando dan los cuatro cuartos son ocho campanadas. A las 12 en punto, cuando estamos pendientes por las señales horarias, la sexta señal horaria, que es la hora exacta, da la primera campanada de las doce. Y después, da las restantes cada tres segundos. Son once campanadas más, es decir, 33 segundos. Pero claro, ¿qué ocurre? Que como los cuartos son cuatro campanadas, hay muchas personas que cuando llevan cuatro o cinco se confunden y empiezan a comer uvas, pero no tiene importancia, ja, ja.

—Os podían poner la capa a vosotros y daros el micrófono. Sois los auténticos protagonistas de la noche.

—Ya, pero te digo una cosa: nosotros tenemos que estar arriba, porque si no estuviésemos, la bola no caería. Y desde el punto de vista técnico, llevamos el control. Sabemos cuándo va a empezar a caer la bola desde abajo, cuándo van a empezar los segundos... Cuando estás arriba, tú estás a lo que estás. Estás pendiente del segundero, de esto, de lo otro... Y si alguna vez me lo proponen, yo diré: ‘Te lo agradezco mucho, pero no’.

—Vamos, que de traje no vais tampoco.

—De momento no, ja, ja, ja. Lo que de verdad pretendemos y conseguimos es que tanto para las personas que están en la plaza como para todas las familias que están en su casa reunidas para ver esto, todo salga bien. ¿Y el mejor momento para nosotros? La última campanada. Primero, cuando empieza a caer la bola, se queda todo en silencio. Pero con la última, es tal explosión de júbilo... Y eso se agradece, es muy bonito.

—¿Cuántos sois esa noche?

—Somos tres, Pedro, Santi y yo. También está el técnico de sonido, los de mantenimiento, y luego lógicamente están las personas de seguridad y de la Guardia Civil, si hay fuegos artificiales, los bomberos... No es una cosa que se hace y ya está, hay muchas personas pendientes de que salga bien.

—Y cada uno de vosotros tres se encarga de una parte del reloj.

—Sí, aunque es igual. Es que cada uno de nosotros, yo mismo, podría hacer lo de Santiago, Santiago lo de Pedro... La máquina, como se dice técnicamente, se compone de tres trenes, el tren del movimiento, de la sonería de cuartos y de la sonería de hora. Y cada uno está pendiente de un tren en concreto.

—¿Cómo son esas tripas?

—Es una buena máquina. Es un reloj del siglo XIX. En esa época había relojes regulares, buenos, muy buenos... Y este es un reloj muy bueno y está francamente bien construido. Se fabricó en Inglaterra, porque el relojero que lo hizo era español, pero tuvo que marcharse porque era liberal y a Fernando VII parece ser que no le hacía mucha gracia. Se marchó, llegó a Inglaterra y allí montó un negocio de fabricación de relojes en Londres. Cuando vuelve, concibe la idea porque parece ser que el que había en la Puerta del Sol en aquel momento no funcionaba muy bien. Este reloj se inaugura el 19 de noviembre de 1866, día del 23 aniversario de la proclamación de Isabel II, y desde entonces está funcionando.

—¿Y la campanada cómo se programa?

—Eso es automático. El mazo que golpea va conectado a cada campana o a cada palanca del reloj, y cuando empieza a funcionar, el reloj hace funcionar las palancas. A continuación, ya suena el mazo de la campana. Lo que hay que hacer es programarlo bien.

—¿Cuánto tiempo os pasáis revisándolo cada vez que vais?

—Vamos sin tiempo. Tú tienes que hacer un trabajo, y vas a lo que vas. Pero bueno, no es fácil estar menos de una hora ahí arriba. Porque entre que llegas, subes las pesas, compruebas si está todo en condiciones, limpias las pletinas, miras todos los engrasadores, engrasas las transmisiones... Eso lleva su tiempo.

—¿Y las vistas? Ahí subís pocos.

—Es que no es un sitio para que esté subiendo y bajando gente, porque la máquina es grande y todo eso, pero lógicamente todo el mundo quiere hacerse una fotografía. Y lo entiendo y lo comprendo perfectamente, eh. Pero lo normal es que quieras poner la mano aquí y allí, y claro, ¿que levantas una palanca? Se dispara la sonería. O sea... Que no puede ser. Pero sí que tienes unas vistas muy grandes de Madrid, de toda la zona del Palacio Real y de Ópera.

—¿Cómo celebráis el año al acabar?

—Lo que hacemos es tomar siempre una copita de champán nosotros tres, el técnico de sonido, el personal de seguridad y demás, que es lo lógico, y una vez que se ha terminado eso, se recoge todo bien... y a casa.

—¿Un día cualquiera que pasas por Sol, ya solo por el oído sabes si el reloj va bien o no?

—Mira, yo paso por allí y miro el reloj. Vamos a suponer que falta un minuto para que sean las diez. A partir de ese momento me freno, miro mi cronómetro, miro el segundero, y tiene que empezar a sonar cuando son las diez menos veinte segundos. Y si no hace eso, es que hay una variación o hay algo. Pero es lógico. Nosotros conocemos perfectamente el reloj desde arriba y desde abajo, podemos comprobar el sonido y la cadencia.

—Podrías ponerlo a funcionar con los ojos cerrados.

—Ya me contarás, fíjate tú... Lo hemos tenido en el taller desmontado, desarmado, para restaurarlo. Luego lo montamos y llevamos 23 años con él. Pues ya me contarás si conocemos el reloj, ¡ja, ja!

—¿Cuántas campanadas te quedarán al frente?

—Cuando afortunadamente tienes años y te encuentras bien, no te lo planteas. Yo que sé lo que va a ocurrir el año que viene o dentro de diez. Además, ocurre una cosa, nosotros desarrollamos los tres un oficio que nos gusta. Yo no soy relojero porque se dio la casualidad de no se qué. No. Mi bisabuelo era relojero, mi abuelo era relojero, mi hermano es relojero, mi tío... Es una cosa que me ha gustado siempre y, lógicamente, mañana podría decir: ‘Mira, ya se acabó, no quiero más’. Pero es que lo hago con todo el gusto, de verdad. ¿Por cuánto tiempo? Pues no lo sé. Un año, dos, diez... Lo que aguante el cuerpo. Ni me lo he planteado siquiera, fíjate. Ya sabes el refrán, que sarna con gusto no pica.

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