¿Ha llegado el fin de las discotecas?

Tony Manero vagaría hoy sin destino por Galicia. Su territorio natural, las discotecas, prácticamente han desaparecido. Pero hay alternativas para que las bolas sigan destellando


Fueron poco menos que símbolo de un tiempo. Y de cómo exprimirlo. En los años 70, 80 e incluso en parte de los 90 las discotecas y las salas de fiestas eran el epicentro de muchas cosas. Del ocio, por supuesto. Del baile y de la música. Y en lo personal, de todo tipo de devaneos escarceos y relaciones. Porque queda muy bien decir aquello de la socialización pero, no nos engañemos, a las discotecas básicamente se iba a ligar.

La geografía gallega se articulaba en torno a las discotecas y a los itinerarios de las líneas de sus autobuses. Cada cabecera de comarca, cada villa o cada ciudad tenía una o dos salas de referencia y a su alrededor se establecían una serie de corrientes y movimientos que había que entender y en los que había que brujulear para no quedar fuera de lugar.

Incluso arquitectónicamente las discotecas, sobre todo las no urbanas, nos dejaron un legado cargado de singularidades. Megaconstrucciones de neón y colorinchos. Y un aparcamiento. Un gran aparcamiento que a la vez jugaba varios roles. Los maltrechos, y ahora grises esqueletos de algunas de estas macrodiscotecas aún se divisan a orillas de algunas de nuestras carreteras comarcales a modo de testimonio arqueológico de aquellos años febriles. Pero la mayoría sucumbieron a la piqueta o se reconvirtieron en tiendas de muebles o en supermercados.

NUEVOS HÁBITOS

La llegada de nuevos hábitos de ocio, de las tecnologías y de determinadas legislaciones derivó en que poco a poco la gente fuese dejando de acudir a las discotecas. Pero… ¿en qué momento estamos ahora? El gerente de la coruñesa sala Pelícano, Luis Diz, considera que «tras el obligatorio ajuste del modelo de negocio, vuelve a haber cierto interés por las discotecas». En este sentido apunta que «el éxito de Pelícano ha supuesto un soplo de aire fresco y esperanza para el sector». Tanto es así que en los últimos meses han abierto nuevas discotecas en Carballo y Vimianzo. Aunque otras, como Zoo de Sanxenxo, ya cerrada, esté a punto de ceder su solar a un edificio de apartamentos.

Poco o nada tienen que ver las actuales salas con las de los años dorados de las discos. Lo sabe bien Manuel Besada, propietario de la sala de fiestas —insiste en que se le llame así— Chanteclaire, en Valga. Llegaban a acoger a más de 4.000 personas en cada sesión y por su escenario pasaban los artistas que lideraban las listas de la música comercial. Hoy solo abre en sábados por la noche alternos y si contratan a alguien es a un DJ. Le inquiero, a él que ha sido testigo directo del proceso, acerca de las razones que provocaron el cambio. «Porque cambió la manera de divertirse», dice. «La juventud antes venía a las discotecas, luego se fueron a los pubs, después al botellón y ahora, sinceramente, nadie sabe dónde se meten».

En esa misma línea incide Luis Diz, si bien añade dos razones más relacionadas con cambios legislativos. «Hubo un bajón grande a raíz de la ley del tabaco pero lo que más afectó fue que se fijase la edad mínima de acceso a los 18 años en lugar de los 16». Para el gerente de Pelícano, que en su día tuvo también discotecas en O Carballiño o Tui, «la puntilla fueron los controles de alcoholemia en los accesos. Con eso estrangularon completamente el negocio».

Luis Diz no es ajeno a la autocrítica: «Los empresarios de la noche siempre fuimos muy cómodos. Hubo demasiados que no se pusieron las pilas ni cambiaron el chip. Estaban acostumbrados a que era abrir la persiana y llenar. Y no supieron ver el cambio ni adaptarse».

Tendencias como la «tinderización», que despojó a las discotecas de una de sus funciones, la de establecer relaciones. O los hábitos de vida saludable. «Antes salías un domingo a las 8 de la mañana y te encontrabas a la gente que iba al after. Ahora lo que ves es gente corriendo», comentaba el propietario del Náutico de San Vicente, Miguel de la Cierva. O los nuevos horarios de ocio, que han trasladado el consumo a otros momentos del día: el vermú y el tardeo.

Para Diz la clave para abrir o mantener hoy una discoteca es «invertir y reinventarse». «En Pelícano proponemos contenidos diversos que lleguen a distintos tipos de públicos. Porque no puedes exprimir al mismo todos los fines de semana. Además de que con un solo tipo no te da para vivir».

Entre esas propuestas alternativas está la realización de conciertos. De hecho en Galicia hay ya varias discotecas que se han reconvertido en salas de conciertos. Para el lucense Alberto Grandío, presidente de la Asociación Estatal de Salas de Conciertos, hay un evidente agravio comparativo. «Nos parece fantástico que las discotecas hagan conciertos. Pero entonces que tengan las mismas condiciones y el mismo horario que nosotros. O nosotros que ellos», comenta.

Reconvertidas, deconstruídas o reestructuradas, Luis Diz está seguro que en Galicia seguirá habiendo discotecas. Aunque también tiene claro que la situación «no va a revertir» y que nunca se a volver a la situación que se vivió en los años dorados de Tony Manero. Pero aun así, se manifiesta optimista. «La prueba es que hoy en Galicia hay más discotecas que hace diez años. Si eres profesional, inviertes y estás encima del negocio, yo le veo futuro. Pero hay que salir, viajar y ver cosas para luego ponerlas en práctica aquí».

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