Pérez-Reverte hereda una gabardina


La hija recuerda la frase de su padre: «Si algún día me pasa algo esa gabardina se la das a Pérez-Reverte». Manuel Souto Candal, de 89 años, vio cumplido su sueño en vida. Aprovechó que el escritor visitó A Coruña hace unos días para regalarle la prenda. «Estuvimos esperando la cola en la librería Arenas donde estaba firmando ejemplares. Cuando por fin accedimos a él, mi padre le dio la gabardina. Nos quedamos todos sin palabras. Fue un momento cargado de sentimiento. Pérez-Reverte lo agradeció y se abrazó a mi padre. 'Esta es la que yo buscaba', le comentó», relata María, la hija. «Estuvo muy amable, pero yo no estoy acostumbrado a estas cosas y me emocioné un poco. Se la di con mucho aprecio», afirma el progenitor.

Hace poco más de un año el escritor explicó en un artículo en el suplemento XL Semanal sus dificultades para encontrar una gabardina de las de antes. Busco una de verdad, le dije al vendedor. Que me cubra hasta abajo; para cuando llueva, no mojarme. Ya no se llevan, me dijo el tío, mirándome como si yo acabara de salir del Pleistoceno. Ahora son cortas. Le respondí que una gabardina corta, amén de poco práctica, era una gilipollez. Casi un oxímoron. Y cuando intuí que el fulano estaba deseando que me largara para buscar la palabra oxímoron en Google, me fui con el rabo entre las piernas. Así que durante mucho tiempo estuve usando una vieja y estupenda gabardina que fue de mi padre, larga de verdad. Esto decía en el inicio del citado escrito. Con el tiempo, el escritor logró adquirir una similar a la que buscaba, pero no el modelo exacto que tanto anhelaba. Manuel, como cada semana, leyó con admiración el artículo de Arturo. «Me gusta su forma de ser, su sinceridad y los tacos que mete de vez en cuando. Lo quiero un montón sin conocerlo en persona», comenta este hombre que bien le daría a Pérez-Reverte para otro artículo. Manuel fue tonelero y se pasó media vida haciendo barricas de vino artesanales en el barrio de Os Mallos de A Coruña.

EN PERSONA, NO POR REDES

Al leer la reflexión sobre la gabardina se acordó de una que reunía las condiciones que exigía el escritor. Cuspidiña. La que su mujer le compró en 1990 y que apenas utilizó. «No me acuerdo lo que costó, pero no fue barata. Mi señora, que en paz descanse, y el dependiente me liaron diciendo que me quedaba muy bien, que estaba muy de moda... Pero nunca me resultó cómoda para andar porque se me metía entre las piernas», recuerda. Por eso llamó a su hija y le dijo «busca en los armarios la gabardina Burberry que se la vamos a regalar a Pérez-Reverte». «Creo que se la puso una o dos veces en toda su vida», apunta María. La encontraron. Allí estaba, como el primer día. Como hace 30 años cuando liaron a Manuel en el centro comercial. Pero nadie de la familia fue capaz de encontrar en todo este tiempo la fórmula de dar con el escritor para hacerle saber que en Galicia se escondía la prenda que añoraba. Los nietos, más a la última, intentaron el contacto vía redes sociales, pero nada. Llamaron a editoriales, intentaron acceder vía correo electrónico, pero nada.

«Estuvo ahí colgada hasta que nos enteramos de que venía a Galicia a la inauguración de la nueva librería Arenas y que iba a firmar ejemplares en el negocio del Cantón. De hecho pasamos por allí unos días antes para asegurarnos y confirmar el horario en el que iba a atender al público», aseguran. A sus 89 años, con dos vértebras fastidiadas y algún achaque más, este hombre hizo el esfuerzo de acercarse a la librería y cumplir con su deseo, regalarle a su autor favorito la gabardina que tanto deseaba. Un empleado del establecimiento le prestó una silla mientras esperaba su turno. No podía más. Las piernas le flaqueaban, pero la ilusión por hacer efectiva la herencia le dio las fuerzas necesarias para aguantar aquellos minutos. Manuel se convirtió en Sidi, el héroe de la última novela del escritor. Ahora Pérez-Reverte luce la gabardina y Souto Candal y su familia son felices contando la historia.

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