Joaquín Prat: «Me resisto a destetarme de Ana Rosa. No puedo vivir sin ella»

Joaquín Prat, que se estrenó la semana pasada en «Cuatro al día», lleva con total naturalidad su exposición pública. Le encanta que lo paren por la calle como si lo conocieran desde siempre. Un respeto por el público que ha aprendido del más grande, su padre


Joaquín Prat lanza un aviso a navegantes nada más descolgar el teléfono: «Me enrollo como las persianas». Pues, por nosotros que no sea. Hablamos con él porque la semana pasada se ha estrenado por las tardes en el programa Cuatro al día, sustituyendo a Carmen Chaparro, pero todavía le resulta muy difícil, prácticamente imposible, desprenderse de sus grandes referentes. El primero, por supuesto, su padre. Al que ha nombrado más de media docena de veces durante esta entrevista. Y el segundo, su amiga, Ana Rosa Quintana, a la que también ha mentado otras tantas. Si a esto le añades una gran dosis de naturalidad, mucho respeto por los espectadores y una gran pasión por el trabajo bien hecho, el resultado es él. Joaquín Prat Sandberg (Madrid, 1975). Un tipo muy majo.

-Pasas de las mañanas de Telecinco a las tardes de Cuatro, ¿qué tal el cambio? ¿Qué sensaciones tienes?

-Sí, me cambian un poco la rutina porque ahora, en vez de recoger a mi hijo pequeño en el colegio, lo llevo, y luego me voy como los ricos que no trabajan y que se van a tomar el cafecito al gimnasio y luego hacen un poco de ejercicio... Pues voy a ser una señora rica que va a ir al gimnasio por la mañana y no después del trabajo, que es como iba siempre. Y luego ya me voy a El programa de Ana Rosa, que estaré ahí sobre las once para empezar con la sección del reality, que es la única que no dejo. Sigo unido a ese cordón umbilical. Me resisto a destetarme de Ana Rosa. Es que no puedo vivir sin ella, qué quieres que te diga. Ni yo puedo vivir sin ella, ni ella parece que puede vivir sin mí. [Se ríe].

-Ahora vas a trabajar más...

-Pero para mí el trabajo siempre ha sido una bendición y enfocándolo así, nunca me ha faltado, gracias a Dios, y para el que no es creyente, gracias al esfuerzo o a la confianza que los jefes han depositado en mí. Para mí el trabajo es maravilla pura.

-¿Te da vértigo este nuevo reto?

-Pues el vértigo de estar a la altura de las expectativas, de hacerme a un equipo nuevo y que el equipo se haga a mí, de intentar subir las audiencias... pero no estoy nervioso.

-¿Tienes en mente hacer muchos cambios?

-Cambia el presentador. No quiero entrar como un elefante en una cacharrería con un equipo que lleva desde febrero intentando asentar un programa. Quiero ver cómo me adapto a ellos y ellos se adaptan a mi forma de trabajar. No quiero estresarlos con cambios. Lo que quiero es que la gente brille. Mi ego profesional ya lo tengo muy satisfecho. Quiero que sea un programa coral, que estemos en contacto con la calle a través de los reporteros, y los cámaras, que hacen una labor fundamental, y que sean los reporteros los que defiendan el directo y que no tengan miedo a equivocarse, que las cagadas cuando uno sabe transmitirle al espectador que se ha equivocado, lo único que hacen es hacerte más humano y acercarte a la audiencia.

-¿Y en el plató?

-Quiero que la gente que venga a plató brille, quiero ver más a Mónica López y aprovechar mucho más el plató, aunque no digo que no lo hagan ya. Tenemos un plató magnífico, y quiero que haya más movimiento en él, incorporarlo como un elemento más de la información. Este tipo de cosas, pero todo volcado en el equipo. Ana Rosa siempre dice: 'Si tú tienes un equipo que brilla, tú puedes aprovechar siempre algún destello de ese brillo'. Y la verdad es que los programas corales son los que verdaderamente enganchan al espectador.

-Diez años al lado de Ana Rosa, ¿qué balance haces?

-A mí me ha enseñado a ser mucho mejor persona, a tener una visión mucho más global de la realidad, a entender mucho mejor los problemas de las personas, a ser más cauto y menos impulsivo, a pesar de que lo soy y bastante. A valorar al espectador como una persona tremendamente inteligente que sabe perfectamente lo que quiere. En la televisión y en la labor del comunicador, lo principal es la naturalidad y ese es un don que o lo tienes o no lo tienes, la cercanía, sin el miedo a reconocer tus fallos. Es maravilloso ponerte delante de una cámara sabiendo que si primero no te ríes de ti mismo va a ser muy difícil que tengas la capacidad necesaria para sacar adelante un programa que se hace en directo. Y yo me río de mí mismo todas las mañanas.

-¿Y qué es lo que más vas a echar de menos?

-En realidad, los chascarrillos que tenía en las publicidades con Ana Rosa, con ella y con el resto de compañeros. Una cosa que he aprendido es que uno tiene que valorar y respetar el trabajo de todos los compañeros, independientemente de la función que desempeñen. Eso es algo que me enseñó mi padre, porque no sé por qué razón acabamos siempre teniendo mucha gente buena alrededor y de esa gente buena siempre puedes aprender, si no una lección profesional, sí una lección de vida. Que para mí es lo más importante.

-Ana Rosa ha sido tu jefa y a pesar de ello se te ve una gran complicidad con ella...

-Es que Ana no es jefa, Ana es compañera. Esa es la clave. Ana tiene una confianza ciega en todos nosotros y como tú quieres estar a la altura de esa confianza que deposita en ti, eso hace que saques lo mejor de ti. Ana es amiga. Y todo eso sale con mucha naturalidad.

-¿Qué le dirías a esos hombres a los que todavía les cuesta ponerse a las órdenes de una mujer?

-Que tienen un problema. Es una cuestión de valorar a la persona, independientemente de que sea hombre o mujer. Y te tienes que quedar con las cosas buenas de las personas. Si hay personas que no te aportan nada, déjalas vivir. Llega un momento en tu vida en las que dices, casi me apetece empezar a desconocer, soltar lastre y dejar sitio para otra gente a la que acabas de conocer. Mi padre siempre decía esta frase: ‘Para que la gente te quiera, primero tienes que querer tú a la gente’. A mí me encanta el feedback que te da la gente en la calle, para mí es una bendición de este trabajo. Es algo maravilloso. La familiaridad que creas con auténticos desconocidos que te paran por la calle como si te conociesen de toda la vida. Claro, te cuelas en sus casas, entonces tú lo que tienes que hacer es corresponderles. Siempre. Aunque tengas un mal día. No te lo puedes permitir. Es una cosa buena, pero también es un hándicap de esta profesión. Siempre tienes que ponerle buena cara a la gente que se acerca a ti con cariño. Siempre.

-¿Y cómo eres fuera del plató?

-Soy muy hogareño, me gusta mucho la tranquilidad, encuentro la paz y la vía de escape en el deporte, que es lo que me coloca la cabeza, y mi familia es la que me pone los pies en la tierra. ¿Sabes lo que pasa? Que yo lo he mamado, entonces lo tengo más fácil, entre comillas, que otra gente que llega a este mundo de repente y pierde la conexión con la realidad. Tengo la suerte de haber visto cómo mi padre trataba a la gente, cómo llevaba el hecho de tener una profesión pública o la popularidad, porque lo de famoso es un palabra que está tan devaluada que ya ni lo utilizo. Me gusta más popular, que es del pueblo, de la gente, es que si la gente no nos viese, no seríamos nada.

-De casta le viene al galgo...

-Yo estaré eternamente agradecido a mi padre por la herencia genética. Dicho sea de paso que mi padre era muchísimo mejor de lo que soy yo. Pero es que a mí me gusta mi trabajo. Siento pasión por mi trabajo.

-¿Qué recuerdos tienes de él?

-Que era muy buen tío. Que adoraba a mi madre, que tenía pasión absoluta por ella, y que le encantaba su profesión. Para él era un festival ir a trabajar todos los días. Y le pasaba lo mismo que a mí, que no sabía decir que no.

-¿Alguna vez te ha traído problemas tu apellido?

-En las redes siempre hay algún tonto que te dice: 'Mira el enchufado, mira el hijo de...'. Pero si yo soy hijo de y encantado de ello. Ya he dicho que mi padre era mejor que yo. Y lo único que quiero es disfrutar cada día de mi trabajo. Pero ¿sabes cómo se combate eso? Trabajando duro.

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