Enfermera Saturada: «Lo mejor del turno de noche es que no está la supervisora»

¿Lo oyes? Bip bip bip... es «El silencio de los goteros». El Clark Kent gallego de la Sanidad está en gira. Este humor sutura las heridas de la realidad. «Una vez empecé el turno como enfermero y lo acabé como paciente», confiesa Héctor Castiñeira, que descubre el «procés» particular que divide a la profesión


Enfermera Saturada atiende en redes las 24 horas. Divulga, escribe, cura y aprende, afirma. La siguen miles de personas que se dedican a la enfemería, y miles que no. Héctor Castiñeira (Lugo, 1982) ha abierto de par en par las puertas del día a día en un hospital, desde el humor, para humanizar el oficio y romper las distancias y muchos tópicos. La Enfermera Saturada ha vuelto con El silencio de los goteros.

—¿Cómo va la dura realidad de Satu, tras seis libros de aventuras por los pasillos del hospital?

—Bien, aplicando el humor a la realidad de la vida en el hospital. La inestabilidad laboral ahí sigue, los recortes también, y a eso se une la dureza de la profesión. Trabajas con personas, en el mejor y en el peor momento de su vida, y como no te rías vas mal.

—¿La precariedad sigue siendo la misma que hace años o ha ido a peor?

—El cambio a peor lo viví cuando empezaron los recortes, cuando comenzó la crisis, en torno al 2010. Hasta entonces, los contratos en sanidad nunca habían sido gran cosa, pero yo, por lo que veía por compañeros que tenían más puntos que en la bolsa de empleo, los contratos eran mejores. Aprovechando la excusa de la crisis, metieron la tijera de manera brutal para recortar personal, recortes en cuanto a bajas que no se cubren y en cuanto el tipo de contratos. Y ahí nos hemos quedado.

—Como diría Satu, hay heridas que no se suturan...

—Sí, la sanidad es casi un suero a punto de acabarse. Como no lo reponen, parece que en realidad no hubiera interés en cuidar la sanidad pública.

—¿Cuántos contratos encadenas ya?

—Pues creo que anda por unos 530 folios de vida laboral. Y lo más sangrante es que de esos quinientos y pico contratos casi 400 son contratos de menos de tres días. Yo no soy una excepción. Por desgracia, es algo habitual. No me quejo tanto por mí como por los pacientes. Y, al final, todos terminamos siendo pacientes.

—¿Qué tal eres tú como paciente?

—Creo que todos los sanitarios somos malos pacientes. Debe de ser como cuando un mecánico lleva el coche a un taller que no es el suyo, jajaja.

—En tus libros y en tus redes la profesión va por fuera, sin complejos.

—Trato de que los pacientes nos vean como personas, con nuestros problemas, nuestras virtudes, nuestros defectos... Si un día a las seis de la mañana llamas al timbre, voy a tu habitación y no tengo buena cara, piensa que son las seis, que me canso y tengo problemas. Intento que no me afecten, pero soy una persona, como tú.

—¿Los recortes también le han metido un tajo al respeto a los batas blancas?

—Antes el médico era un semidiós, alguien a quien no se le preguntaba ni se le cuestionaba nada. Eso tampoco puede ser... Respeto sí, miedo no. Al paciente hay que hacerle partícipe de su enfermedad. El paciente también debe tomar decisiones sobre su propia salud.

—Cuéntanos cómo vives «el silencio de los goteros». ¿Te has sentido como Clarice? ¿Todavía los oyes sonar?

—Jajaja, ese bip bip bip. Te vas del hospital con un montón de pitidos para casa, y te preguntas «¿qué es eso que suena?, ¿es el portero o soy yo? Ese pitidito habría que sustituirlo por algo, no sé, una alarma que vibrase en tu bolsillo... A los pacientes les genera un montón de ansiedad. Lo veo mucho ahora que estoy en neonatos, en el Hospital 12 de Octubre, de Madrid. Pita un monitor y corres o no corres en función de la urgencia. Pero si no corres ya ves a los padres y los abuelos ansiosos: «Oye, que pita, que pita, que pita».

—¿Lo peor del turno de noche?

Lo mejor es que no está la supervisora, y lo peor, la madrugada despierto a partir de cierta hora. Entras a las diez empático, amable, volcado, pero a las cinco de la mañana no tienes la misma cara. Y que te timbre un paciente a las cinco y media para preguntarte qué hora es... «¡Hora de dormir!».

—¿El humor todo lo cura? El tuyo vende más que el ibuprofeno.

—Pues casi... Si entras en la habitación de un paciente con una sonrisa, si le haces reír, le estás ayudando. Al estar tantas horas a pie de cama, los profesionales sanitarios tenemos la oportunidad de hacer más llevadera la estancia en el hospital. El buen trato siempre alivia.

—Con la mala fama que tiene el menú de hospital, ¿no habrás visto a las enfermeras pelearse por las croquetas?

—Oye, cuando trabajaba en el Hospital de Calde, en Lugo, la comida estaba muy buena. Si un paciente se iba de alta, y quedaba la comida, ¡no se tiraba, eh! La aprovechábamos nosotros.

—Comer a cama puesta no está mal...

—Hay gente a la que, cuando le llevas la merienda, dice: «‘¡Ahí va! No merendaba yo desde que iba al colegio».

—Un hospital, cuentas, tiene su momento rebajas del Corte Inglés, pero modelo de camisón solo suele haber uno, el que va abierto por detrás.

—Nada, sí, ahí siguen, con el recorte metido por detrás. Una vez tuvimos a un par de pacientes que tenían un mercadillo. Llevaban un par de semanas ingresados, y la mujer dijo: «Esto lo tengo que solucionar». Se trajo al hospital el género del mercadillo y empezó a venderles a los familiares de las habitaciones, pijamas, bragas, camisones... Lo sacaba todo de unos bolsones y, cuando acabó de vender entre los familiares de los pacientes, empezó con el personal. Hay pacientes que te venden verduras de su huerto. Puedes salir del hospital con la compra hecha.

—¿Hay un «procés» enfermero?

—La realidad es dramática. Nunca fuimos una profesión unida, frente a los médicos, que son corporativos. Yo lo envidio. En la enfermería es un todos contra todos, los eventuales contra los interinos, los interinos contra los que tienen plaza, los que tienen plaza contra los especialistas... Pero hay aspectos que nos afectan a todos, como el ratio de pacientes por enfermera, que es de los peores de Europa. Nuestro procés no pasa por reformar la Constitución, pero hay que sentarse a hablar.

—¿Una noche de miedo? Asústanos... con humor.

—Eran las seis de la mañana, el ascensor vino solo a la planta, subió desde el sótano, se abrió, las puertas se cerraron y volvió a bajar. Pues nada, dijimos, será un espíritu que sale a fumar...

—¿Has empezado alguna vez el día como enfermero y acabado como paciente?

—Una vez empecé como enfermero y acabé en urgencias como paciente. Al abrir la puerta de una habitación, estaban abriendo la del baño y me pillaron la mano. Y los enfermeros decimos que solo hay dos tipos de enfermeros, los que se han pinchado y los que se van a pinchar.

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Mostrar la portada de su trabajo siempre es un momento muy especial para un autor, y de muchas dudas. ¿Gustará? ¿No? ¿Transmite lo que busco?. ⁣ Hoy por fin os presento la portada de las nuevas aventuras de Satu, la sexta entrega de un personaje que ya es de tod@s vosotr@s. 🤗⁣ No os puedo desvelar mucho por el momento, solo que Satu recibirá una misteriosa oferta de empleo que puede cambiar todo su mundo. 😳 ⁣ «El silencio de los goteros» estará a la venta en todas las librerías a partir del 10 de Octubre, y espero y deseo que lo disfrutéis tanto a leerlo como lo he hecho yo al escribirlo. ⁣ Gracias Nightingales por vuestro cariño, por vuestra fidelidad y por dejaros la piel cada día por esta profesión. ¡Nos vemos muy pronto!. 😘 #enfermerasaturada #enfermeria #humorsanitario #ElSilencioDeLosGoteros

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—¿Los pacientes gallegos somos más rabudos que el resto?

—Son diferentes. Un paciente en Galicia siempre está acompañado, por una madre, una tía, un sobrino. En Madrid pasa al revés, es raro que llegue el turno de noche y ver a algún acompañante.

 —¿Eres un hombre de fe?

—Cuesta manternerla, pero soy gallego. Haberlas haylas. En mi caso, gana la partida la ciencia, pero he vivido cosas inexplicables, que parecen milagros.

—La vida a veces le lleva la contraria a las pruebas.

—Sí. Yo siempre digo que en medicina no siempre dos más dos son cuatro.

—En una entrevista nos dijiste que estabas feliz de «ser una más». ¿Aún sois minoría los chicos?

—Hemos crecido de un 10 a un 15 %, porquito a poco. Es la tendencia contraria a la que se ve entre los médicos.

Enfermera Saturada: «Es un placer ser una más»

ANA ABELENDA

Héctor Castiñeira, creador de Enfermera Saturada, reveló su identidad en el 2015. «Yo era el Clark Kent de la sanidad, salvando las distancias», dice

«Nos han metido el recorte como a los camisones de hospital», raja con gracia Héctor Castiñeira (Lugo, 1982). La Enfermera Saturada era él, que ha llevado al hospital a Shakespeare, Calderón y Steinbeck. La vida es suero fue su primer libro, un éxito al que siguieron El tiempo entre suturas o Las uvis de la ira. Satu, álter ego de Héctor, muestra el poder de las historias que nos tocan. Él, que de niño quiso ser astronauta, ha visto las estrellas de la inestabilidad laboral como enfermero (acumula 520 contratos), y recorre los pasillos del hospital a la caza de anécdotas. Ahora no en el Sergas, sino en el Sermas. «Lo mismo, pero con eme», dice.

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—¿Debemos evitar el consumo de pescado azul, como recomienda Sanidad?

—En algunos pescados y en algunos casos. Los niveles de mercurio son cada vez más altos y pueden afectar al desarrollo neuronal del niño e incluso del adolescente. Por eso, Sanidad limita el consumo de pez espada, tiburón, atún rojo y lucio hasta los 10 años. El atún en lata, en cambio, se puede comer sin problema. Y hay alternativas, que no sea esa la excusa para no darles pescado a los niños.

—¿Cuál es tu analgésico natural?

—La música. Si tengo un día muy malo, me pongo los auriculares, la banda sonora del Joker, que tiene canciones muy buenas, y reinicio.

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