«Con 44 años, cuido de mi nieto y de mi abuela»

A sus 44 años, Sandra vive con su abuela y con su nieto, que es el taratanieto de Carmen. Con ellos también está Andrea, mamá de Ian, hija de Sandra y bisnieta de Carmen

Bajo un mismo techo viven una abuela, una nieta, una bisnieta, la pareja de esta y un tataranieto. Y en este entramado familiar, Sandra Martínez, con 44 años, es el pilar de la casa. Ella cuida a su abuela Carmen, de 85, y a su nieto Ian, de trece meses. Porque Sandra es supernieta y superabuela a la vez. Y encima también trabaja fuera de casa en el sector textil. La palabra todoterreno se queda corta para describir a esta gran mujer, pero ella no es mucho de echarse flores y vive con absoluta normalidad una situación que más de uno no podría sacar adelante: «Non sei cando mirarei por min. Afíxenme, son moitos anos así», responde esta vecina de Arteixo que crio sola a su hija Andrea. Eso sí, su abuela Carmen siempre estuvo al pie del cañón, ayudándola en todo.

Porque de casta le viene al galgo. Y Carmen, ahí donde la ves, cuidó a sus seis nietos y a tres bisnietas: «Os netos crieinos eu a todos. A miña filla nunca perdeu de traballar por culpa dos fillos», responde esta mujer, que también tenía tiempo para dedicarse a los trabajos del campo y de casa. Del cuidado de Andrea, su bisnieta e hija de Sandra, dice bromista que casi le cuesta una crisis matrimonial: «Abandonei a Ramón, o meu marido, da cama por coidala. Ela e mais eu durmiamos cada unha nunha cama xemelga e o meu marido na nosa habitación. E dicíame el: ‘Oh Carmen, pero a nosa vida é así?’ E eu dicíalle: ‘Pois non te fixeras cargo da bisneta’», relata esta genio y figura que responde socarrona al hecho de que Sandra viva con ella en casa. «Ela foi a que quedou aquí sempre. E foi quedando, foi quedando e aquí está», dice. Porque por nada del mundo quiere dejar a unas nietos mejor que otros: «É unha boa neta, si, pero todos os netos viñeron a ver ao seu avó Ramón ao hospital. Non é ela soa. Para min todos son iguais», puntualiza.

Porque a simple vista se ve que Carmen es de esas mujeres que tienen que poner coraza para no descubrir sus verdaderos sentimientos, pero unos minutos de charla son suficientes para saber que el corazón no le cabe en el pecho. Eso sí, no le gusta entretenerse con besos. Igual que su nieta y bisnieta. Las tres responde un «non» mayúsculo al unísono cuando el fotógrafo les sugiere que se den un beso para la foto: «Nunca fun biqueira, meu marido si que o era. E sabes que me dixo un día?: ‘Oíches, Carmen? Ti a min non me queres nada’. ‘¿E logo, non che dou todo canto queres, non che dou de comer do mellor que hai, non te visto do mellor, prézote, e logo que queres que che faga?’ Non me respondeu, pero agora doume de conta que era porque non lle daba bicos. E arrepíntome e pídolle moitas veces perdón», comenta Carmen emocionada. En ese sentido, dice que su nieta también es como ella y cuenta la anécdota de que un día su marido le ofreció a Sandra y una hermana suya 25 pesetas para la primera que le diera un beso: «Pois esta -por Sandra- non gañou», reconoce. En cambio, de Andrea cuenta que de pequeña era muy besucona, pero que ahora, tampoco.

Más allá de besos, Sandra está pendiente de su abuela en todo lo que necesita. La lleva al centro social si se lo pide, incluso aprendió a jugar a la brisca con ellas y sus amigas. También es ella la que se ocupa de todas las citas médicas y de los problemas de salud que surjan. Ella va con Carmen al fin de mundo, incluso lo deja claro antes de firmar un contrato: «Sempre digo nas empresas nas que estou que teño baixo a miña responsabilidade a miña avoa, que ten un 33 % de minusvalía. E a verdade é que non me poñen pega», dice. Porque Carmen lleva a su lado toda la vida: «Son 44 anos con ela. Crioume a min e crioume á filla. Como para dicirlle que non! Quen a deixa soa! Hai moito que agradecerlle».

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SUSANA ACOSTA

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Que nos perdonen los abuelos de otras zonas, pero los gallegos, nuestros abueliños, tienen algo especial. Son los más simpáticos, los más cariñosos, los más generosos y los más retranqueiros. Una combinación que nos lleva a decir alto y claro que son los mejores abuelos del mundo. Y no lo decimos solo desde aquí, también lo gritan sus nietos, con una caricia, una mirada o un simple beso. Pequeños gestos cotidianos que dicen mucho a nuestros velliños. Porque son muchos los nietos que están locos por ellos, por los abuelos con mayúsculas.

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