Cuatro años viajando sola

NUNCA QUISO IR A BRASIL, y Brasil cambió su vida. Sara Horta habla de un clic que convierte el miedo en belleza. Este año, ha vivido su última experiencia viajera entre tribus milenarias, de pasado caníbal, en las montañas de Papúa occidental, en lugares a los que no es posible llegar en coche. Y volvió para contarla


Todo empezó de manera casual, asegura la productora de cine y exploradora Sara Horta (Ribeira, 1986), y esa casualidad cambió el rumbo de su vida. «Si me llegan a decir que iba a viajar sola a los lugares a los que fui... ni loca», cuenta quien recorre el mundo dibujándose en el mapa, en busca de veranos interminables, enfrentándose a sus miedos, por la adrenalina de medirse a ellos. Hace cuatro años, Sara decidió darse un regalo con un amigo con el que compartía empresa: un billete a Río de Janeiro (muy barato, cuenta, por 198 euros cada uno, ida y vuelta).

Finalmente, «mi compañero se vio en la circunstancia de no poder viajar. Pude haber dejado pasar la oportunidad, pero sabía que me habría arrepentido. Me fui y fue revelador», asegura. «Me fui con mucho miedo, con el miedo que puede sentir el que viaja solo, o sola, por primera vez. Pero a ese miedo se sumó el de una familia en la que nadie se había aventurado a viajar así y también la inestabilidad en Río. Fue como un cóctel molotov en casa y en mi vida», relata Sara, que dio el paso adelante y voló a Brasil. Dudando sola. «Y lo que aprendí en ese viaje, mi primer viaje sola, fue que realmente cargamos con muchos miedos que no son nuestros. Y que viajando sola ocurre magia». Esa magia está en lo «mucho que empiezas a conocerte tú, en lo bueno y en lo malo. Sobre todo, aprendes dónde están tus límites. Aguantas todo. Temperaturas y situaciones extremas».

Viajar en compañía, dice Sara, hace que la experiencia sea muy distinta. «Cuando vas sola, estás abierta. Ves, observas, te conectas a lo que te rodea, te vuelcas en comunicarte con desconocidos... Y esta es la magia, la droga de viajar sola», asegura.

Parte de los miedos que llevaba haciendo bulto en su mochila se cayeron de ella en Brasil, en su primer viaje. «Pero aún tengo algunos», admite quien fue ganando ligereza. Ella busca el reto, la aventura al margen del folleto turístico. Pero esta forma salvaje de viajar fue progresiva, dice. «Cuanto más diferente, mejor. Cuanto más desafío, más sentido. Cuanto más lejos, más a salvo», declara la viajera sus máximas intenciones en su blog, Nunca quise ir a Brasil. «Hoy, aunque te vayas muy lejos, la globalización llega a todas partes. Es muy difícil encontrar sitios sin contaminación de otras partes del mundo», asevera. ¿No hay diferencias de peso entre unos y otros lugares? «La cultura es diferente, obviamente, pero el WhatsApp está hoy en todas partes. En todas partes hay Coca-Cola, y todos los países tienen su aeropuerto, aunque sea modesto... Estuve en algunos donde todo es al aire libre», dice.

ENTRE TRIBUS DE PASADO CANÍBAL

Según Sara, viajar solo requiere planificar, «aunque estés abierta a improvisar». Pero hay que saber, aconseja, con quién contactar, qué hacer y qué no hacer, establecer los días que durará el viaje. «Todo debe estar programado con días de antelación», plantea.

La que, por ahora, cuenta como la última de sus aventuras la llevó 19 días a Indonesia con un triple objetivo: vivir con una tribu en las montañas de Papúa, conocer a los Sea Gypsies de las Islas Togean y participar en una ceremonia funeral con los Tana Toraja. «Triple objetivo cumplido. Además, estuve un par de días descansando en Uluwatu, conociendo a una cuarta tribu: la de los surfistas de Bali», celebra.

«Me compré un billete a Bali, empecé a investigar lo que me ofrecía el destino, y vi que adonde llegaba con el avión no era lo que buscaba. Me atraía Papúa occidental, donde hace pocos años eran caníbales. Por sus tradiciones, por cómo viven, son lo que, si pensamos en el concepto tribu, nos viene a la cabeza. Y dije: ‘Quiero ir a conocerlos’», cuenta. La forma habitual de hacerlo es un trekking por las montañas donde viven, las del Baliem. «No me interesaba el trekking en sí, sino estar, convivir con ellos. Me gusta buscar la convivencia con personas de culturas diferentes. Necesitas un período de adaptación tras el shock, a las condiciones en que viven, cómo se mueven, cómo se relacionan... Y tienes que darles tiempo a que te conozcan», dice la exploradora. «Me voy a las montañas del corazón de Papúa. Y es Papúa con su cultura tribal, su misticismo caníbal e historia de misioneros y cortadores de cabezas lo que me impulsa a hacer este viaje, no la comodidad y belleza de Bali», relata Sara.

¿Qué fue lo mejor y lo peor de su aventura indonesia? «Lo peor es que es aún un viaje reciente que estoy digiriendo. Aguantar el estado de alerta 19 días es muy duro. Estaba muy lejos de un hospital, no podía ‘permitirme el lujo’ de tener un accidente... Tendría que salir en avioneta o helicóptero, porque no llegan coches a esas montañas. Debes caminar descalza, porque está todo enlodado, y tener cuidado con el agua que bebes. Más allá de eso, miedos humanos, ninguno. ¿Lo mejor? Lo mejor es la otra cara, la contraposición a lo negativo, superarlo y disfrutarlo. Que te miren a los ojos y te digan: ‘Gracias por cruzar el planeta y venir a conocernos’». Un regalo para Sara, que se llevó a las montañas de Papúa conchas de la playa de Riazor, y las mostró a quienes nunca habían visto el mar.

¿VIAJA SEGURA?

¿Es realmente segura la experiencia de viajar sola a lugares remotos? «Una mujer que viaja sola encuentra condicionantes como los encuentra una familia que viaja con niños o un hombre musulmán. Tienes que ser consciente de tu condición y actuar en consecuencia. Ningún hombre está tampoco seguro. Nunca me he sentido en una situación de peligro por ser una mujer que viaja sola», asegura.

En Madagascar, viaje estrella, Sara vio hambre y vida, y conoció a un taxista que era cantante de ópera. «Fue una de mis grandes aventuras. Pasé tres días en el descenso de un río, durmiendo a las orillas. Fue durísimo pero maravilloso. Fue la primera vez que vi hambre, no solo pobreza, y había grupos de bandidos asaltando a turistas. Una vez me vi en mitad de la noche africana, donde no hay alumbrado eléctrico, a punto de meterme en la casa de un desconocido que no hablaba inglés, sino francés, pero yo no sé francés... ¿Cómo íbamos a comunicarnos? Fue un acto de fe», explica. Para bien.

¿Qué le dirías a alguien que se plantea viajar solo? «Si tienes el impulso, vete. Ten un transfer cerrado con el hotel, ve al hotel y al día siguiente valoras. Lo peor que te puede pasar es estar siete días en un hotel en la otra punta del planeta. Pero habrás llegado más lejos que mucha otra gente. Habrás abierto muchas barreras internas, que es lo que importa», valora.

Sara, que dice que en otra vida debió de vivir en un país tropical, prepara su próxima aventura viajera, y van seis en cuatro años. «Si todo encaja», irá a Mozambique. «Hay un clic en todos los viajes. Estás unos días en shock y luego todo cambia -concluye esta enamorada de África-. Y empiezas a ver belleza por todas partes. Ese clic suele llegar, generalmente, al décimo día».

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