¡Queremos ir a misa!


Una señora sortea a los guardias civiles que custodian la entrada al Valle de los Caídos. Acaba colándose, escurridiza, al ritmo de un estrambótico «¡¡¡Queremos ir a misa!!!». Lo hace con una determinación de derechas, diferente a la determinación de izquierdas. Y lo hace también con esa voluntad inquebrantable que a veces manifiestan las señoras, una energía concluyente contra la que apenas hay algo que hacer.

En la machacona banda sonora de estos días se celebra ese «¡Queremos ir a misa!» como un alivio. Suena a vía de escape en unas horas en las que a veces la tensión se antoja insoportable. Un inesperado retruécano surrealista que certifica al Julio Camba que dijo: «Los hombres no son ni buenos ni malos, son absurdos».

Si en lugar de una señora con determinación de derechas y contundencia marcial, ese «¡¡Queremos ir a misa!!» lo hubiese pronunciado uno de los desheredados en un barrio omitido, le hubiésemos concedido una oportunidad revolucionaria, por si acaso en los púlpitos estuviese pasando algo de interés desde que no los visitamos. Pero la soflama acontece a la entrada del Valle, con el cuerpo de Franco a punto de ser trasladado por los cielos, un legionario maduro con megáfono gritando: «La muerte llega sin dolor, el morir no es tan horrible como parece» y la Guardia Civil tratando de disolver la reunión. Y todo un 12 de octubre, con un paracaidista abrazado a una farola en la Castellana y Barcelona a punto de arder en llamas. Somos un lugar genial.

Tres amigos de Vilagarcía que firman como Los Farinelli han improvisado ya un himno con estos ingredientes y en las noches de juerga se ha escuchado ese «¡Queremos ir a misa!» en la boca de jóvenes estimulados por la madrugada y el Red Bull en una manifestación evidente de que la crisis del catolicismo en Europa puede que sea definitiva. Se sabe que el choteo es el paso previo a la irrelevancia y esa señora rubia y su ocurrencia han puesto a las misas a los pies de los caballos.

Si la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa, el vodevil del Valle tiene algo de alivio tranquilizador. Y confirma algo cuya consistencia mejora con el tiempo: detrás de muchas de las cosas que suceden parece adivinarse la pluma certera de Azcona y Berlanga y la vitrina con los pelos de pubis de señora que coleccionaba el marqués de Leguineche. Por qué no.

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