Un gallego en la carretera más alta del mundo

Sobre dos ruedas a 5.700 metros. Llegó en moto a lo más alto de Europa, al Trópico de Capricornio y al Círculo Polar. Este verinés vuelve del Himalaya con una historia y un nuevo reto: Fisterra-Nepal


Hace cuatro años, Óscar Conde apuntó alto, localizó en el mapa las 25 carreteras más elevadas de Europa y dijo: «¡Tengo que hacer y tachar!». La cosa fue sobre dos ruedas. Este gallego ganó hace dos veranos el Premio al Motero más Lejano en Geiselwind (Alemania). Tras subir en moto a 3.200 metros, a las carreteras más altas de Europa, el siguiente paso le pareció natural: llegar a la carretera más alta del mundo. Objetivo, Himalaya. «Volé a la India y me fui en un viaje organizado a la carretera que une Lhasa y Katmandú. Te ponen la moto, un mecánico y un equipo de oxígeno, porque vas a estar casi a 6.000 metros y el mal de altura afecta», arranca su relato este cigarrón verinés, que avanza con el motor de la libertad.

 Tras recorrer Marruecos, y tras cruzar la cordillera alpina en la frontera entre Francia e Italia, Óscar hizo en moto el Trópico de Capricornio y el Círculo Polar Ártico. En su idilio con los viajes y las motos no se pone el sol. «Es impactante ver el Círculo Polar, más que en un mapa, en un globo, y decir: ‘¡Yo estuve aquí!», sonríe.

Su primera aventura asiática llegó este año, en que ha ganado el Everest. Con el aluvión turístico, dice, la montaña más alta de la Tierra ha perdido parte de su magia: «El alpinista-alpinista ya no va al Everest, va al K2 o a otras montañas menos turísticas».

El viaje, de dos semanas, sufrió algún momento convulso, sin conexión. «La India es el país de la improvisación. Por muy planificado que lo lleves todo, es imposible que no te pase algo. El primer día, camino del aeropuerto, nos llevó un coche por delante...». Habla en plural porque su aventura rodó en una Royal Enfield’s, en compañía de otros cuatro españoles (cuatro catalanes, y él, el único gallego) y dos argentinos. «Solo faltaba Eugenio para contar el chiste», bromea.

Ascendieron a 5.702 metros de altura, unos 18.500 pies. «El mal de altura nos afectó a todos. Yo me había preparado durante tres meses con una máscara de hipoxia. El gesto de inspirar para que te entre el aire hasta el final no lo puedes hacer. Te quedas a la mitad, el aire no entra, ¡no lo hay! Tienes siempre un ligero dolor de cabeza. A 5.700 metros hay gente que no lo resiste, que tiene que bajar», cuenta. «En altura, la sangre se vuelve densa, si te haces un corte, la sangre no cae».

UNA BANDERA PROPIA

La altura es uno de los desafíos. Otro, la comida. «Las condiciones de higiene son mínimas. En ocho horas yo tenía el estómago destrozado», revela.

El abismo no le asusta. «Si me pasa algo, habrá tenido sentido. Porque me pasará haciendo algo que me hace sentirme feliz. Murió al despeñarse a 5.000 metros en el Himalaya no hace un mal epitafio», dice con humor quien viaja con una nariz de payaso para echarle humor al camino. Esa nariz alivió la tensión y zanjó más de un incidente en este viaje a la India. Fue su táctica disuasoria incluso en alguna encerrona que le tendieron en su ascenso al Himalaya. Óscar estuvo tres días sin cobertura, sin poder comunicarse con los suyos. Vivió el momento en que la India aplicó a Kashmir el artículo 370 de su constitución («un 155 camuflado»). «Detienen a todos los políticos de Kashmir, toque de queda en las ciudades y desplazan a la zona 80.000 militares. La tensión fue muy alta», recuerda aún en presente.

Pero volvió para contarla. Y enfoca ya el próximo reto: Fisterra-Nepal, recorrer 23.000 kilómetros sobre dos ruedas. Será una aventura en equipo.

Óscar suele viajar solo, pero va ganando compañeros en ruta. «Fui solo desde Galicia, pero quería llevarme al Himalaya a mi gente. ¿De qué manera?». Lanzó una propuesta en Instagram: «Ven conmigo en la India y regala una sonrisa al viento». La respuesta fue una lluvia de cien sonrisas con mensaje, con las que él hizo cinco banderas de colores al estilo de las Lung Ta (o caballos del viento) indias. «Escribí a mano en esas banderas uno a uno los mensajes que recibí de familiares y amigos, escogiendo color según el mensaje. En verde fueron las frases duras. Iba la de una chica que perdió a su primo, que fue asesinado hace dos años en Navarra y el juicio está por resolver. Y frases de gente que falleció antes de que yo hiciese este viaje». Óscar viajó arropado por las frases de su madre, su sobrina y la suya propia: «No tengas miedo, ten ganas». Esas frases ondean hoy en el Himalaya, en la carretera más alta del mundo.

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Un gallego en la carretera más alta del mundo Llegó en moto a lo más alto de Europa, al Trópico de Capricornio y al Círculo Polar. Este verinés vuelve del Himalaya con una historia y un nuevo reto: Fisterra-Nepal

Él es el Motero más Lejano

ANA ABELENDA

100.000 KILÓMETROS SOBRE DOS RUEDAS A Óscar Conde el viento de la libertad le llevó de Galicia a Escocia, al desierto de Marruecos, a Francia, Italia y Alemania. En moto se «comió» 21 de los 25 puertos de montaña más altos de Europa. Próximo reto, Nepal. No hay ruta en Google Maps para el motero de Verín que volvió de los Alpes con un premio bajo el casco.

Lejos, muy lejos y muy alto (a 3.200 metros), le ha llevado el viento de la libertad. Qué tiemblen los Hijos de la anarquía en California, que este verinés se ha ganado a dos ruedas el premio al Motero más Lejano en Geiselwind. La suerte sopló al sur de Alemania, este agosto en que Óscar Conde se echó a la espalda 6.700 kilómetros en dos semanas. Su rodaje a la intemperie nació de un pique. «Hace cuatro años localicé las 25 carreteras más altas de Europa y dije: ‘Tengo que ir tachando, marcando en un listado las que voy haciendo’», dice este cigarrón cum laude del entroido que hace cinco años se echó a rodar y no paró. Subió el glaciar Oetztal, el Col de la Bonette, el de L’Iseran (en la foto) y el Paso de Gavia, entre otros. «Cuando ya tienes las carreteras míticas hechas -advierte Óscar desde la tranquilidad de un café, sano y salvo tras volver de su último viaje a los Alpes-, como el Paso del Stelvio, se acaban las carreteras y empiezan las pistas».

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