Mira mi oficio tatuado

LA VOCACIÓN A FLOR DE PIEL. Para no olvidar el sacrificio y las horas sin dormir hasta cumplir un sueño o por reivindicar el valor de su oficio. Ellos llevan grabada su vocación con gusto


Nos tatuamos por amor, por estética o para recordar un momento importante de nuestras vidas. ¿Por qué no hacerlo también por pasión al trabajo? Es lo que hizo Toño. No es el primer tatuaje que se hace, pero sí el que más sangre, sudor y lágrimas le costó. Y no por el dolor que pasó durante las dos horas que tardó en completar este pequeño grafiti en su piel Pérez, su tatuador, sino por todo lo que significa. En su brazo derecho, casi a la altura del hombro, un mono enseña los dientes y come sin parar ramen de un cuenco de cerámica. El mismo dibujo que hay en una de las paredes de su singular bar en A Coruña, Monkee Ramen Bar. «Este es el primer negocio que tengo y lo hice porque quiero recordarlo siempre. No sé que pasará en el futuro, pero este recuerdo siempre estará aquí conmigo».

Su pasión es la hostelería. Lleva siete años dedicado en cuerpo y alma a ello. No es el primer plato de comida que se tatúa. En el mismo brazo, pero en la cara interna, hay otro tatuaje que recuerda su pasión foodie: «Lo hice cuando vivía en Barcelona. Es un corazón que dentro tiene algunos de los ingredientes más típicos de la cocina gallega: percebes, mejillones, grelos, un chuletón…». «En el mundo de la cocina es habitual que la gente se tatúe algo que tiene que ver con su profesión: un cuchillo o un ingrediente que le gusta mucho», explica. En su caso, hay, además de amor a un trabajo, la culminación de un proyecto: «Cuando lo veo pienso en el sueño cumplido. Uno tiene ganas de emprender, le pones ganas y trabajas duro, y el tatuaje es solo un símbolo de un sueño que he visto realizado».

Del mono al plato

Toño se prepara para un nuevo día de humeante y sabrosísimo ramen mientras el tatuaje queda casi al descubierto por debajo de la manga de la camiseta. «Por ahora nadie me comentó nada, pero no llevo mucho tiempo con él», cuenta. El mono de su pared devora este caldo japonés con fideos: «Quería que tuviese que ver con la imagen del local. Los grafitis de las paredes los hizo un amigo y todo tiene que ver con el nombre, Monkee». Toño está preparando la carta de verano. ¿Acabará alguno de los nuevos platos en su otro brazo? «Por ahora me quedo solo con este», sonríe.

La pasión del barman

Andrés es barman. Conoció el mundo de la coctelería hace más de diez años. Empezó en catering para bodas. «Fui autoformándome y hasta ahora», cuenta detrás de la barra de The Secret Room 802, en lo alto del hotel Hesperia de A Coruña. Su mesa de trabajo parece un laboratorio y en su cabeza se mezclan texturas y sabores. Sobre su antebrazo derecho, una mini réplica con bigote de Andrés, chaleco y pajarita incluidos, prepara un cóctel. Este tatuaje grabado en color sobre su piel es su pequeño homenaje a una profesión: «Es una imagen de la figura del barman porque creo que, a veces, al barman no se le toma en serio y quiero que sea un homenaje al verdadero coctelero».

La idea no surgió de la noche a la mañana. Andrés llevaba años pensando en el tatuaje. «Todo empezó hace siete años cuando fui a Madrid a la charla que dio un coctelero muy famoso que tenía un local en Japón. Vi que en los brazos, a través de diferentes tatuajes, contaba una historia: la de su evolución en la coctelería desde sus inicios hasta ese momento. Y fue ahí cuando lo tuve claro». Tardó en decidirse sobre todo por el miedo a exponerlo. «A veces no das el paso por el trabajo en el que te encuentras, pero ahora era el momento oportuno», comparte.

Cuando llega la hora de servir un cóctel, Andrés es de los que se remangan la camisa. El dibujo que lleva grabado a tinta es su pequeño talismán. ¿Dolió? «Sí, un poco, sobre todo cuando tocaron las zonas de color», recuerda. Es el segundo que se hace: «El primero, un dragón, me lo hice con 19 años [ahora tiene 38] en Santiago. ¡Cómo cambió todo desde entonces, los tatuajes de ahora no tienen nada que ver con los de antes!». De la estética a la reivindicación. Porque Andrés, impulsor de la asociación de cocteleros de A Coruña, cree en lo que hace. «Llevar este tatuaje en el brazo es una forma de destacar el trabajo del coctelero. A veces parece que cualquiera puede serlo -cuenta este apasionado de su oficio-. Y un barman tiene que ser una persona que entiende una barra y sabe lo que el cliente quiere. El tatuaje es solo una forma de que esto no se olvide».

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