«Conciliar es aún un deseo, en vacaciones y durante el curso»

El verano debería tener sus propias reglas, afirma la autora del libro «¿Cuántas veces te lo tengo que decir?», con soluciones a preguntas que son el pan de cada día en las familias. «Un padre no puede ser un amigo. Es la autoridad competente», asegura


¿Cuántas veces te lo tengo que decir? es una pregunta que corre por los pasillos de las casas de las mejores familias, especialmente cuando el reloj o la tarea aprieta y los hijos se refugian en su mundo y desconectan. «Tenemos la idea y el objetivo de que obedezcan a la primera, y lo decimos por activa y por pasiva, pero no funciona. La idea es perfecta. El problema es la repetición, que hay una segunda vez, luego una tercera, y una cuarta, y una octava... Y a la décima chillamos: «¿Quieres venir a poner la mesa?». Y es ahí cuando nos contradecimos. Queremos que hagan caso a la primera, pero les decimos las cosas diez veces. Y sin querer les enseñamos, en la práctica, que la que vale de verdad no es la primera vez, sino el grito», explica la psicóloga Maribel Martínez, especialista en terapia estratégica y autora del libro ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

-¿Cuál es la receta más eficaz y razonable para que obedezcan?

-Si a la primera no atiende al «Ve a poner la mesa», por ejemplo, coger al niño de la mano, con todo el cariño del mundo y sin mediar palabra, llevarle al cajón de los cubiertos y decirle: «Ya sabes lo que toca».

-Adviertes que nos equivocamos en el lenguaje, al dirigirnos a los niños con frases del tipo «¿Quieres hacer el favor de lavarte los dientes?» o «¿Qué quieres cenar?». ¿Demasiado sutiles?

-No queremos ser unos padres autoritarios, pero huyendo de ese modelo nos vamos al otro extremo. Hay una autoridad mal entendida que nos lleva a perder el rol de autoridad. No hablo de autoritarismo, ni de la familia como una dictadura.

-Pero aclaras, en cualquier caso, que la familia no es una democracia, en línea con Eva Millet o el juez Calatayud.

-Obviamente, la familia no es una democracia. Los padres no tenemos el mismo rango que los hijos. Los padres somos los guías. Un padre no es un amigo ni un colega, lo que no quita que tenga una relación empática, amorosa, cercana y de confianza con sus hijos. Amigos y colegas ellos van a tener muchos en la vida, padres no. Si no ejercemos de padres, los hijos se quedan huérfanos. Estamos un punto por encima de ellos, un punto, no diez ni veinte. Es la pequeña gran diferencia que los padres ignoran, con los conflictos que conlleva.

-El verano suele ser fuente de conflicto. Hace una semana, La Voz lanzó la pregunta a sus lectores: ¿tienen los niños demasiadas vacaciones?

-¿Demasiadas respecto a qué? Respecto a sus padres, la respuesta es sí, y aquí tenemos un grave problema de conciliación, un deseo más que una realidad, tanto en vacaciones como durante el curso. Si pensamos en las necesidades de los niños de jugar, socializarse, experimentar..., tal vez nos quedemos cortos… Un verano con 30 grados en las aulas lo hace insostenible, no se puede. Creo que hay que medir la valoración respecto al objetivo. Es decir, ¿para qué son las vacaciones?

-¿Para qué son? Por si se olvida.

-Para descansar, cargar pilas, divertirse, aprender otras cosas, disfrutar de la familia y amigos, hacer actividades... Tal vez, tendríamos que tener todos más vacaciones, eso sí, repartidas a lo largo del año. Por ejemplo, una semana cada tres meses; un pequeño paréntesis para descansar de la vorágine del día a día.

-¿El control y la supervisión continua de la vida de los niños es un problema con el que lidiamos en pleno bum del apego y la crianza intensiva?

-Otra fuente de conflictos es esa forma de ver a los hijos como seres débiles, incapaces, y sobreprotegerles. La sobreprotección tiene efectos nefastos. Ayudar en exceso a tu hijo, adelantarte incluso a sus dificultades para que no sufra, significa tratarlo de inútil.

-¿Sobreprotegerles (con la mejor de las intenciones) les hace frágiles?

-Claro. El niño sobreprotegido saca una lectura entre líneas clara: «Menos mal que está mamá, hace los deberes conmigo, yo solo no puedo». Sin querer, vamos haciéndoles dependientes.

-También hay la otra tendencia, la de los padres que escudándose en no sobreproteger a sus hijos se desentienden de la educación o la delegan sistemáticamente en otros.

-Efecto péndulo. Ni blanco ni negro. Los padres debemos acompañarles en el aprendizaje, en el escolar y en el resto de los aprendizajes de la vida. Inicialmente, en los primeros cursos, sí vamos a ser tutores en casa, vamos a ayudarles a organizarse, a decirles el material que deben llevar... Al principio, te sentarás a ayudarle a hacer un resumen o un esquema, pero luego le dejarás volar. Debemos educar a los hijos en la autonomía. Si tu ayuda no es progresivamente retirada, se cronifica y lleva al niño a la ley del mínimo esfuerzo. El resultado son niños incapaces que desarrollan miedos y problemas en su adolescencia e incluso de adultos.

-El adolescente tirano es un modelo al alza, ¿fruto de la permisividad?

-Sí. La adolescencia es difícil, es un período al que nosotros nos tenemos que adaptar como padres, pero el tema es haber hecho una buena educación previa. Los niños que crecen creyéndose que tienen todos los derechos y ninguna obligación, que no están acostumbrados a un no por respuesta, no podemos pretender que a los 15 años empiecen a hacernos caso.

-El momento comida es uno de los que aborda este libro. Ayudas a aliviar tensiones innecesarias y, entre otras cosas, propones ofrecer dos opciones razonables de cena. ¿Por qué?

-Sí, por ejemplo, dejar elegir al niño entre judías y crema de verduras. ¿O las quieres con aceite o con mayonesa? Porque son dos opciones que ayudan al niño a aprender a decidir. Con un par de opciones es más fácil que con un gran abanico. Si son muchas, a los niños les cuesta decidir, no aprenden. Decidir es un aprendizaje, y esta es una manera sana de empezar a hacerlo.

-«Pelearse con un hermano es entrenarse para la vida», advierte la educadora María Soto. ¿Compartes?

-Sí, los hermanos se pelean. ¡Es que se tienen que pelear! Es sano. Cuando les impedimos pelearse, les limitamos su capacidad para manifestar y resolver sus diferencias, y para desarrollar vínculos seguros y auténticos. Los padres no debemos intervenir demasiado. Debemos dejarles que aprendan ellos a resolver por sí mismos sus conflictos.

-¿Nos faltan hábitos?

-Nos falta tener claras las reglas del juego. Si jugamos al parchís y tenemos claro que si sale un seis hay que abrir la barrera, podemos divertirnos jugando. En la vida es un poco lo mismo. Si cada día tenemos que estar peleando por quién pone la mesa, o a qué hora tenemos que irnos a la cama, es terrible, muy cansado. Los niños funcionan bien con normas claras y cosas previsibles.

-Ni insultos, ni amenazas, ni reproches, ni castigos, recetas. ¿No son inevitables en algunas circunstancias?

-Pero no funcionan, contaminan el ambiente y el vínculo. Lo que interesa es que los niños vean que hacer algo bien tiene una buena consecuencia.

-Una de las claves para educar es, apuntas, hacer equipo en la pareja. ¿Cómo lo hacemos sin avasallar o tener la sensación de ceder siempre?

-Es algo difícil. La pareja es la relación más difícil del mundo. Los dos primeros años de crianza de los hijos son en los que más índices de separaciones hay. La única manera es coordinarse y hablar lo que haga falta para decidir todo. Todo. Desde el colegio al que va a ir el niño hasta si se va a dormir a las nueve o a las nueve y media, o si puede ver los dibujos o no... El poli bueno-poli malo no funciona. Como el modelo en que un padre delega en el otro la educación.

-¿Ir en pijama al cole es una opción?

-Es uno de los ejemplos que pongo, una alternativa a lo que no funciona. Si le dices: «Tranquilo, puedes ir en pijama y cambiarte en el cole», es probable que él se espabile y se vista... Confiar es un verbo dificilísimo con el hijo, pero hay que confiar para progresar adecuadamente como padres. Menos intervenir, más observar y más confiar. Es básico.

-¿Plan para un verano feliz?

-El verano debería tener sus propias normas. Es un buen momento para sentarse con la pareja, si la hay, y establecer unas pautas y unos horarios, para que cada día no sea un caos o una fuente de discusión y pelea. Con eso, las vacaciones resultarán más fáciles.

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