Ellos salieron así del armario

Y TÚ, ¿CÓMO SALISTE DEL ARMARIO? No tienen problema en hablar sin tapujos de su condición sexual y creen que los jóvenes de hoy en día lo tienen un poco más fácil de lo que lo tuvieron ellos cuando confesaron su orientación


«Nunca dejas de salir del armario»

 

Mónica tiene 35 años, dos hijos pequeños y está divorciada de una mujer. Esa condición -ser lesbiana- la lleva a tener que seguir dando explicaciones, a pesar de que hace mucho tiempo que descubrió su sexualidad y lo hizo público a su entorno. «Cada vez que entras en un círculo nuevo, otro trabajo, nuevos amigos, los padres del colegio... es inevitable que salga el tema porque la mayoría de la gente parte de que eres heterosexual; te preguntan por tu marido, y al final terminas dando información de ti misma. No es que yo me presente: ‘Hola, soy Mónica y soy lesbiana’, sino que de una manera natural, dices que estás divorciada de una mujer. Por eso creo que, en realidad, nunca dejas de salir del armario».

Ella asegura no haber sentido jamás rechazo ni siquiera cuando era adolescente y apenas tenía información ni se hablaba sobre ello en su familia. «Solo me acuerdo de un chico del instituto que me decía que yo le daba pena», apunta Mónica, que suspira al recordar aquellos años y suspira más cuando le hago la pregunta más difícil de responder para ella: ¿cuándo supiste que eras lesbiana? «¡Uf!, buena pregunta... Ahora hay mucha información, mucha visibilidad, clases de educación sexual, pero en mi época no. Yo estudié en un colegio religioso en Santiago y fue mucho después, atando cabos, cuando descubrí que ya a los 12 años me gustaba una niña. Claro que yo no lo supe entonces, no sabía qué era ese sentimiento. A mí lo que más me costó no fue salir del armario, sino caer de la burra, descubrirlo yo misma, descubrir que yo era lesbiana».

Mónica no le ponía nombre a lo que sentía entonces porque en realidad no lo sabía. «A los 14 años tuve un novio en el instituto, al que quería mucho, como lo quiero ahora, que es el padrino de mi hija [se ríe], pero claro, yo pensaba que eso era sentir amor, que eso era tener un novio... Y al mismo tiempo, sin saberlo, estaba coladita por mi mejor amiga», confiesa. «Así que, imagínate el batiburrillo que se te forma en la cabeza. Recuerdo que hablaba con mis amigos y les decía: ‘El amor no es para tanto, lo que vale es la amistad’. Estaba tan confusa que tenía los conceptos intercambiados».

Para Mónica la homosexualidad no era una opción que se plantease para sí misma: «Sencillamente no existía, a mi alrededor no había nadie que lo fuese, no se hablaba, no tenía ninguna información. Fue después, cuando pasaron los años que empecé a asomar la patita, a comentar con amigos que a lo mejor yo era bisexual porque lo de los chicos no acababa de tenerlo claro. Estás bombardeada desde tu infancia: niñas con niños, el príncipe azul y la princesa... De modo que yo creía que me tenían que gustar los chicos a toda costa, por eso no cerraba esa opción».

A LOS 16 LLEGÓ «ELLA»

A los 16 años, sin embargo, «llegó ELLA». «Una chica del instituto, que me gustaba y se rumoreaba que era bisexual. Ese fue el punto de inflexión, no fue mi novia, pero me valió para saber que no estaba sola, que había más gente como yo; ella me abrió el mundo», asegura.

A partir de ese momento, y de manera natural, Mónica comenzó a comentar con los amigos que le gustaba tal chica o tal otra y ellos lo fueron aceptando con sorpresa a veces, con admiración otras y siempre con naturalidad. «A los 17 dejé de comerme el tarro y me dije: ‘Va a ser que eres lesbiana’», apunta quien en la época de universidad participó activamente en el movimiento LGTBI (Lesbianas, Gais, Transexuales, Bisexuales e Intersexuales). «Era una manera de encontrar a gente como yo, de darme una oportunidad y de socializarme, necesitas rodearte y saber que ahí vas a tener gente igual que tú».

¿Y a tus padres, cuándo se lo dijiste? «A los 19. Llevé a dos amigos gais con mucha pluma a dormir a casa -se ríe- porque íbamos a celebrar el Orgullo en Santiago y ahí mis padres ya se extrañaron. Fue mi madre la que me preguntó por qué me relacionaba con ellos y si me sentía identificada con ese mundo. Le dije que sí y nada más. Lo aceptaron. Al principio creían que eran cosas de la edad, buscaban una causa, si había tenido una mala experiencia con algún chico, pero con el tiempo lo fueron normalizando».

¿Y qué le aconsejarías a los jóvenes que aún no se han atrevido a decirlo? «Que sean fieles a sí mismos y que no fuercen nada, que lo digan cuando se sientan preparados. Hay mucha gente que se agobia con eso de salir del armario, pero lo mejor es vivirlo con naturalidad». «Para mí fue más difícil hacerlo explícito al resto de la familia: a los abuelos, los tíos, los primos... Esa primera boda a la que vas con tu novia, la primera vez que la llevas a la aldea, eso cuesta mucho». «Me da mucha rabia -concluye- cuando nos dicen que ahora los homosexuales no tenemos de qué preocuparnos. Vale que no nos encarcelan ni nos lapidan, pero enfrentarse a los juicios y a las opiniones es muy duro. Hay que desarrollar una fortaleza interior y hacer callo, por eso mucha gente aún no se acepta a sí misma y vive toda su vida con la duda de si es gay o lesbiana. Esos, por desgracia, no van a poder salir jamás del armario».

«Mi abuela siempre supo que me gustaban las mujeres»

Desirée López tiene 29 años. El año pasado se casó con Tatiana en el Monasterio de Santa Catalina. La conoció en el 2011: Tatiana trabajaba en la cafetería a la que Desirée iba todas las mañanas a tomar el café en el descanso del trabajo. Se considera afortunada: «Realmente nunca estuve metida en el armario». Su hermana mayor fue la primera en saberlo: «Es mi mejor amiga». Desirée tenía 17 años cuando se lo contó a su madre: «Fue de forma espontánea. Mi madre, que ya sabía algo, porque se lo había dicho mi hermana, me estaba vacilando y me dijo ‘seguro que tienes novia’ para chinchar. Y yo le respondí que sí». Recuerda cuando se lo dijo también a su abuela: «Siempre dice que ella lo sabía desde que era pequeña porque cuando jugaba andaba detrás de las niñas todo el rato». Se considera una afortunada. «En mi familia siempre me han apoyado, nunca tuve ningún problema. Les encantaban mis aventuras amorosas», confiesa.

Adolescencia

En el instituto, Desirée tuvo claro que era lesbiana: «Cuando eres pequeña no piensas tanto, pero cuando entré a la adolescencia empecé a ser más consciente y me di cuenta de que me gustaban más las mujeres, aunque yo decía que era bisexual». «Un día surgió una relación y ahí lo tuve claro: me gustaban las chicas», recuerda. Normalidad es la palabra que más repite para describir su historia, la reacción de sus amigos o la de su familia. «Si hay alguien que dude si salir del armario o no lo único que le puede decir es que lo mejor es decirlo porque tú no vas a dejar de vivir tu vida y ser feliz por lo que piensen los demás. Entonces lo que harías sería ocultar y vivir lo que otros quieren». También cree que parte de su seguridad viene del apoyo que recibió de su familia: «Reconozco que he tenido suerte. Hay padres que sí apoyan cuando el hijo o la hija es de otro, pero la cosa cambia cuando les toca en casa». Lleva un año felizmente casada: «Todo el mundo me pregunta si ha cambiado algo mi vida, en casa, en el trabajo… Pero yo digo que todo sigue igual porque ya vivíamos juntas antes. La única diferencia es que pudimos disfrutar de una fiesta y tenemos el libro de familia. Nada más».

«Puedes llamarme maricón, pero soy Iker y tengo 23 años»

A Iker le gustaría disfrutar de los mismos privilegios que una pareja hetero y que «no lo miraran por pasear de la mano con su pareja», pero lamentablemente a veces no es así. Ha tenido que aguantar insultos y gritos por la calle, pero lejos de contrariarse, este joven de Irixoa intenta mantener una actitud serena y comprensiva, incluso con los que le agreden. «Recuerdo una vez que un grupo de chavalitos nos empezaron a llamar maricones, me acerqué muy cordialmente y les dije: ‘Podéis llamarme maricón, pero me llamo Iker, tengo 23 años, salí del armario con 19, y podéis hacerme cualquier pregunta, estoy aquí para contestarla’. Se quedaron tan flipados, que no me dijeron nada, se pusieron pálidos», explica este joven que presume de un lema: «Contra el odio, amor».

Cuando tenía 12 años empezó a intuir que le gustaban los chicos. Después de mucho pensar si lo decía o no, con 17, se decidió a contárselo a una amiga de la infancia. «Me costó dar el paso porque yo estaba viviendo una realidad en la que no tenía referentes, no había nadie homosexual en mi entorno, lo que conocía eran por series de televisión... Se lo dije llorando, fue un dramón tremendo, pero nunca voy a olvidar las palabras que me dijo: ‘Es normal, a mí también me pasa’. Le quitó hierro al asunto, y además, me ayudó a contárselo a los demás, al grupito de amigos del instituto de Ferrol, donde vivía entonces», señala Iker. Lo contó porque estaba cansado de tener que callarse que «a mí no me gustaba fulanita, sino fulanito». Poco a poco se fue abriendo más, hasta que con 19 se lo confesó a su padre. Así, sin más. Iker estaba haciendo la cama, y cuando su padre llegó de trabajar, le confesó que estaba saliendo con alguien, y que era un chico. «Al principio le chocó un poco, pero enseguida lo aceptó», dice. Su madre falleció antes de que Iker saliera del armario, pero él está convencido de que lo sabía. «Con los típicos comentarios de la familia: ‘¡A ver cuándo te echas novias!’, ella decía: ‘O novio’. O estábamos viendo una serie y me decía: ‘¡Qué guapo es este actor ¿no?’, yo le decía: ‘Sí, sí’ y me reía», comenta Iker, que actualmente forma parte de la asociación Alas Coruña, y ofrece charlas en los institutos para visibilizar la situación. «Ojalá alguien me las hubiera venido a dar a mí», confiesa. 

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