«Fuimos los primeros bebés etíopes que llegamos a A Coruña»

La adopción internacional cumple 18. Y ahora, cuando los trámites de la mayoría de los países están paralizados, mostramos la cara feliz de un proceso duro y maravilloso: el parto de los hijos del corazón


Han pasado casi 18 años, pero a María Jesús y David se les humedecen los ojos cuando recuerdan el día en que supieron que serían padres. «Ese momento no se olvida, ese instante en que ves la foto de tus hijos es cuando realmente sabes que son tuyos para siempre, que tu lucha ha merecido la pena». Ellos no tuvieron que enfrentar un embarazo de nueve meses, sino uno mucho más largo, larguísimo, que comenzó cuando María Jesús tenía 34 años y David 36 y decidieron adoptar. «Para que te hagas una idea, cuando fuimos padres, yo ya tenía 42 y él 44. Había pasado mucho tiempo, años de papeleos y de muchos giros en nuestra vida», relata María Jesús.

Ella tuvo claro «desde siempre» que adoptaría y David fue partícipe con la misma tenacidad que su mujer de llevar adelante esa decisión. Al principio pensaron en la adopción nacional, pasaron el «examen» de la idoneidad, pero cinco años después seguían sin tener avances de un proceso farragoso. Fue entonces cuando pensaron que lo mejor era intentarlo con la adopción internacional; tras valorarlo, creyeron que Ecuador era el país que les ofrecía unas garantías mínimas para que el proceso fuera lo más rápido posible. Sin embargo, aunque lo intentaron a través de la ECAI (Entidad Colaboradora de Adopción Internacional) Meniños, a los dos años supieron que Ecuador había frenado las adopciones. «Fue un mazazo -indica María Jesús-, en ese instante te vienes abajo; recuerdo que fui a una reunión informativa en Santiago, donde estábamos cientos de personas que deseábamos tener hijos y que veíamos una vez más nuestro sueño roto. Ese día, cuando nos estaban explicando que Ecuador no permitía ya más adopciones, un abogado comentó que hacía solo unos días había llegado el primer niño etíope a Vigo, era la primera familia gallega que había conseguido adoptar allí a pelo, porque no había ECAI. Esa fue la luz que abrió mi vida porque ya estaba dispuesta a renunciar a tener hijos, pero cuando oí lo de Etiopía, levanté la mano delante de toda aquella gente y dije: ‘Yo quiero el contacto de esos padres’». Unos días después estaban los dos ya en Vigo conociendo la experiencia de esa familia pionera, que les abrió el camino hacia África.

«Ellos nos facilitaron todo, nos dijeron paso por paso los trámites que teníamos que seguir y la verdad es que fue tan ágil que en junio del 2002 arrancamos con el proceso y en noviembre ya viajamos a Adís Abeba para buscar a nuestros niños».

Ya estaba dispuesta a renunciar a tener hijos, pero cuando oí lo de Etiopía, levanté la mano delante de toda aquella gente y dije: ‘Yo quiero el contacto de esos padres’

Habían pasado ocho años desde que tomaron la decisión de ser padres, y en solo unos meses desde que pensaron en Etiopía estaban a punto de serlo.

Esos hijos, Yednekachen y Leya, escuchan atentamente el relato de sus padres y también se emocionan al comprobar el sufrimiento de aquel tiempo duro hasta tenerlos con ellos. Yednekachen cumplirá este año los 18, y Leya, 17; él tenía 18 meses cuando fue adoptado y ella solo cuatro, y su infancia -dicen- no tiene la mínima diferencia con la de cualquier niño que haya nacido en Galicia. «Nos sentimos de aquí», dice Yednekachen, sin obviar que sus padres siempre les han inculcado el amor a sus raíces, les han hablado de su país de origen y han intentado que lo tuvieran presente. «Yo me siento muy de A Coruña -señala Leya- y de Melide, que es de donde son mis abuelos; tengo un mantra que repito mucho y que resume cómo me siento: ‘Vivo en la mejor casa que se puede tener, en el mejor sitio de la mejor ciudad y tengo la mejor vida que se puede tener’».

Unos niños felices

Los dos, se les ve, están felices y su madre confirma que se llevan extraordinariamente bien. Lo de Yednekachen por su hermana es adoración; fíjate, te voy a contar un detalle: cuando vinimos de Etiopía, después de tantas horas de viaje, y estábamos por fin en casa, los niños se quedaron dormidos en las cunas de nuestra habitación. Cuando Yednekachen se despertó y vio que había otra cuna, que Leya estaba con él, dio un suspiro de alivio que se nos quedó clavado en el corazón», relata María Jesús.

David se seca las lágrimas al recordarlo, y recordar ese momento en que los tuvieron en el colo, por fin, en Adís Abeba: «Viajamos varias familias juntas, y al principio no nos dejaban tener a los niños con nosotros en el hotel, íbamos todos los días al orfanato de la Madre Teresa de Calcuta, donde estaban, y llegábamos hechos polvo, rotos por no tenerlos con nosotros. A partir del tercer día, por fin, lo conseguimos. En Adís estuvimos solo dos semanas haciendo trámites y ya volamos de regreso; el proceso fue rápido y nada caro, fue sencillísimo».

«Al final nos convertimos en la primera familia de A Coruña que adoptó en Etiopía, los primeros bebés etíopes que hubo aquí fueron los nuestros», apunta David.

Leya y Yednekachen no recuerdan un día en que se les revelase que son adoptados, «es algo que sabes, que se ha hablado con naturalidad en casa y que no nos ha generado ningún problema. Tenemos unos padres estupendos, aunque la que manda, la jefa de la tribu, es mi madre», concluye Yednekachen.

María Jesús sonríe y recuerda que cuando su hijo tenía dos añitos, un día en la playa le preguntó: «¿Yo nací de esta tripita?». «En ese momento le contesté con normalidad, lo primero que se me vino a la cabeza: ‘No, cariño, tú naciste del corazón’. No sabes cómo se cabreó, me pegó, se pasó dos días enfadado, hablamos con él, pero nada, se enfadó muchísimo’», apunta. «Yo no me acuerdo de eso», le replica su hijo, «porque eras muy, muy pequeño, pero no ha habido ningún episodio de ese tipo más», concluye su madre.

Volver a Etiopía

David asegura que tanto han querido que sintieran sus orígenes que a los dos años de haberlos adoptado, él viajó a Etiopía de nuevo para recorrer las zonas en las que habían nacido. Yednekachen, al este del país, y Leya, al norte. «Era la única forma de poder contarles en un futuro cómo era su tierra, que la sintieran también a través de lo que yo había vivido», dice David.

Fotos, vídeos, y más fotos les traen a la mente siempre Etiopía, país al que viajarán todos juntos este año, casi 18 después. «Yo -explica Leya- hasta hace poco no tenía interés, pero ahora sí me apetece, tengo ganas de ver todo aquello». Lo que sí tiene claro es que ella en un futuro adoptará, «no sé en qué país, pero me encantaría», confiesa, pero tampoco descarta tener hijos biológicos: «Aún soy muy joven para pensar en eso, pero lo de adoptar lo tengo claro».

Yednekachen todavía ve ese horizonte lejano, así que no se lo plantea; por el momento está centrado en sus estudios de segundo de bachillerato y piensa en hacer Enfermería. «Tal vez me vaya a trabajar fuera, a lo mejor acabo viviendo en el extranjero por trabajo, pero mi idea es estudiar aquí». Leya tiene dudas sobre qué hacer cuando acabe, sin embargo no descarta irse un tiempo fuera de A Coruña; «me encanta, pero la tengo muy vista», responde tan tajante como cuando le digo si ha tenido algún problema de racismo: «Nooo, y pobre del que me dijese algo». «A mí no me han molestado nunca -dice Yednekachen- hoy en día para todos es algo normal ver a chicos de otras razas». «En mi curso hay cuatro chicos de Etiopía -indica Leya-, cada vez es algo más común».

Común hasta ahora, porque ese bum de la adopción internacional, que arrancó hace 18 años, y vio su esplendor en el 2004, ahora es un proceso imposible que se ha paralizado. «Es un error que están cometiendo los Estados -añade María Jesús-, es una torpeza más de los seres humanos, hay muchos niños en el mundo para ser queridos, para ser cuidados, para que tengan familias, y muchos padres deseosos de dar ese amor. Por eso ahora, con esta parálisis, hay tanto lío con la gestación subrogada porque se están cerrando puertas… Pero hay niños solos, desprotegidos, que están aquí al lado abandonados en centros, eso me parece terrible».

Leya, Yednekachen, María Jesús y David han tenido otra suerte; la fortuna que ya quisieran para sí muchas otras familias, que ojalá puedan ver cumplido el sueño de dar a luz a esos hijos que nacen del corazón.

«En cuanto vi a mis padres, me abracé a ellos»

En la familia Méndez Veiga ya eran cuatro, pero les faltaba algo para sentirse completos. Bueno, mejor dicho, alguien. Ese alguien es Achala, «Madre Tierra» en el idioma telugu, a la que sus padres también le dieron el nombre de Emma. «En la Xunta nos dijeron que era recomendable ponerle también un nombre occidental por si quería usarlo de mayor», dice Chus. La adopción de Achala, a la que cariñosamente también llaman Achi, fue la mejor recompensa a un proceso lleno de barreras casi insuperables en un momento en el que las adopciones desde su país estaban cerradas. «Estos indios no sabían con quién estaban hablando», bromea su padre, Enrique. Hasta la Xunta les recomendó que desistieran, «pero somos muy cabezones. Nosotros abrimos esa vía para Europa y para España, porque fue la primera niña que salió para aquí de ese orfanato», inciden. Y es que esta familia fue la primera en lograr que se realizasen adopciones en Europa de niños de Hyderabad, el estado indio en el que nació Achala.

«En la Xunta nos dijeron que era recomendable ponerle también un nombre occidental por si quería usarlo de mayor»

Antes de ellos las adopciones a esta parte del mundo no existían, por lo que están en condiciones de afirmar que su hija es la primera niña india en llegar a Galicia. Acha tenía 5 años cuando sus padres la conocieron en el 2012. Si para ellos su llegada fue una bendición, no fue menos para sus dos hijos biológicos, Quique y Lucas. Y es que esta fue una decisión a cuatro. El tema surgió un día viendo en la tele un anuncio para fomentar la acogida. «Esto es un poco comprometido. Si quieres a alguien, lo suyo es adoptar», dijo Quique, que hoy tiene 19 años y estudia Medicina en Santiago. Lucas, el mayor, lo apoyó. No hizo falta más. «Me acordaré toda la vida, estábamos los cuatro sentados en la mesa cuando vimos el anuncio y empezamos a hablar del tema», dice Lucas, que hoy tiene 22 años y está de Erasmus en Roma estudiando Periodismo. «Nuestra ilusión siempre fue tener una hermana», zanja.

Dos años y pico de espera

Fue una adopción compleja. La idea de hacerlo en la India surgió porque un hermano de Chus vivía allí y fue a visitar un orfanato. «Fue un proceso largo comparado con lo normal en aquel momento, pero corto si lo comparamos con lo que se espera ahora. Tardamos dos años y pico en ir a por Achala», relata Chus, que todavía siente una punzada en el corazón cuando describe el momento en el que vio su foto por primera vez: «Sentí lo mismo que en las ecografías de mis hijos. Es verla y ya la sientes como tuya. Dijimos: ‘Ya nació para nosotros’». Su familia tiene un mote por la bisabuela de Chus, que siempre fue «la morena de Loira». «Y cuando vimos a Achala, tan morena, dijimos: ¡Es nuestra, es de casa, es como la bisabuela! Sentimos una alegría inmensa e íbamos con la foto a todos lados».

Jamás olvidarán tampoco el día que la vieron físicamente. «Fue muy emocionante ver salir a esa niña pequeñita acompañada de aquellas cuidadoras y reconocer en ella a la persona con la que vas a estar toda tu vida», relatan. Aquel fue un viaje muy largo en la madrugada de la última noche del año. «Tomamos las uvas y nos fuimos muy temprano. Mi duda era: ¿cómo irá el vis a vis? ¿Y si siente rechazo? Y al final, solo hubo que hacerle una caricia y ya se abrazó a nosotros y nos cogió de la mano, porque aún no sabía lo que era dar un beso. Yo creo que aunque tenga Alzheimer algún día, no olvidaré esa imagen. Es lo mismo que cuando vi a mis hijos, sentí las mismas palpitaciones en el corazón», describe Enrique, que continuamente se pregunta cómo es posible que la gente que no puede tener hijos recurra a otros métodos cuando hay tantos niños que necesitan que los adopten: «Esta es una alternativa solidaria y necesaria. En la India, una niña con 11 años desaparece del orfanato, le dan una bolsita con sus cosas y la sueltan en la calle. Y eso es terrible. Esta es la mejor decisión que hemos tomado en esta vida».

 «Yo creo que aunque tenga Alzheimer algún día, no olvidaré esa imagen. Es lo mismo que cuando vi a mis hijos, sentí las mismas palpitaciones en el corazón»

Lucas comenta que sus padres no le dejaron ni a él ni a Quique ir en aquel momento a la India: «Ellos fueron al juicio de idoneidad a Nueva Delhi, y no querían que la viésemos antes de que estuviese todo atado». Fueron después. «Recuerdo un viaje caótico, en el que volamos a Hyderabad y después a Bombai para acabar el papeleo. Siempre recordaré a la gente hindú en las vallas mirándonos como si fuésemos extraterrestres; y el olor a vainilla, picante y especias de allí», recuerda el hermano mayor, que ya casi no reconoce la vida antes de Achala: «Yo es una de las cosas por las que les estaré toda la vida agradecido a mis padres, por darnos la oportunidad de estar con ella siempre».

¿Y la protagonista, qué recuerda de aquello? «Vi a mis padres y me abracé a ellos», cuenta Achala, una chica ya de 12 años con una sonrisa permanente que interrumpe cualquier explicación para volver a recordarte lo mismo: «Mis hermanos son los mejores». Está encantada de ser la pequeña, porque ellos la llevan a la playa, al cine, juegan a la Play con ella... «Es mucho mejor que sean mayores que yo», apunta. Una de las primeras dificultades que se encontró fue la del idioma. «Cuando llegué hablaba telugu y un poquito de inglés», indica Achala, que al llegar al cole tuvo que aprender castellano y gallego. Nada importante para una luchadora como ella. «Ahora estoy en 1.º de ESO y es bastante fácil, aprobé todo», apunta ella, que va por el buen camino para estudiar lo que quiere: «Quiero ser profe de música o de infantil». Y ya tiene mérito lo de aprobar todo con la agenda apretada que tiene: «Hago deporte, juego al bádminton, al baloncesto, leo mucho, toco el piano y toco la guitarra». Lo único que tiene pendiente a día de hoy es ir a la India. «Es un proyecto familiar que queremos hacer, pero ahora ellos están estudiando la carrera y queremos que ella vaya un poco más adelante, cuando tenga algo más de madurez para ver su país, dónde nació y sus raíces. Es muy afortunada, porque nació en un país bonito y especial, y aquí tiene una familia que la quiere y que la adora», dice su madre.

Una de las primeras dificultades que se encontró fue la del idioma. «Cuando llegué hablaba telugu y un poquito de inglés»

«Esa espera se olvida»

Esta familia no pudo ganar más con su apuesta. No hay más que verles en las fotos, en las que posan también con su perra, a la que llamaron India en honor al país de origen de la niña de sus ojos. Aun así, Enrique se muestra crítico hacia las instituciones. «No tienen ningún sentido estas esperas tan largas que se están produciendo, cuando en realidad son artificiales y las autoridades tendrían que ayudar a que el proceso fuese más rápido», asegura. También quiere recordarle a la gente que no hay que empeñarse en un solo país, sino que hay que estudiar bien cómo están los procesos y cuáles son todas las opciones, y no quiere despedirse sin dedicarles unas palabras a todos aquellos que están atrapados en los interminables procesos de adopción actuales: «Es largo, pero llega. Todo llega. Y cuando tienes a tu hijo, esa espera se queda en el olvido». Y se convierte, a la vista está, en la mejor decisión de tu vida.

«Ninguna de las dos hemos aprendido chino»

Ana Pereira Ezquerro cumple 18 años este verano. Llegó de China en el 2002 con 13 meses a Marín, con unos padres ilusionadísimos y tan encantados con la experiencia que regresaron tres años después al país asiático para buscar a Marta. Rafa Pereira y Elba Ezquerro dudaron muy poco a la hora de decidirse por un país. «Nos salió bien. Nosotros ya contábamos con que íbamos a recurrir a una adopción, y como en España los plazos eran mucho más largos, cuando empezamos a barajar las internacionales, China era un país bastante fiable», explica Elba. Rafa continúa: «Nos contaron que en Sudamérica había problemas y la estancia era mucho más larga. Además nosotros no teníamos ningún problema en que fuese niña, niño, china o hindú».

Los dos procesos fueron rápidos y no se extendieron más allá de los dos años. «Ahora es impensable, porque poco después de que fuéramos a por Marta empezaron a prolongarse cada vez más los tiempos de espera, y llegó el momento en que yo creo que mucha gente lo dejó o pasó a intentarlo en otros países». China quiso empezar a limpiar esa imagen de exportador de niñas, y también salió adelante la ley del hijo único. «Hubo varias cosas que coincidieron, y ahora parece que lo de China está bastante difícil. Al menos la gente que conozco ya está yendo a otras zonas, como Centroeuropa. Pero ahora nosotros ya estamos un poco más descolgados de todo eso, la verdad», indica Elba, que hizo su primer viaje a China para recoger a Ana sin Rafa, que no pudo ir por motivos laborales.

«Nos contaron que en Sudamérica había problemas y la estancia era mucho más larga. Además nosotros no teníamos ningún problema en que fuese niña, niño, china o hindú»

«Fui de madre soltera con mi madre», bromea. «En ese momento del viaje sí que te unes mucho a esas otras familias, porque estáis en lo mismo, en un país que no conoces, en la misma situación, en un momento muy intenso», recueda. Su segunda vez ya fue, por fin, con Rafa. Y confiesa que a la alegría del momento se le sumaba la impaciencia: «A ver, a mí no me gusta nada eso de estar allí tanto tiempo, a mí lo que me hubiera gustado es coger a la niña y venirme para mi casa, porque a mí aquello del aperturismo como que me daba un poco igual».

«Yo no quiero ir»

Cuando fueron a buscar a Marta decidieron dejar a Ana en casa. «Tenía 3 años y nos parecía un viaje muy largo para ella, además teníamos que estar dos semanas», apuntan. ¿Y las hermanas, tienen ganas de conocer su país de origen? Se abre el debate. «Yo no quiero ir», zanja Marta, convencida. Ana se muestra un poco más animada: «Yo quiero ir, pero porque me gusta el país y quiero conocerlo. Aunque la gente cree que quiero ir para conocer a mi familia biológica, y para nada. A mí me interesa más el país en sí. Es que mucha gente te pregunta: ‘¿Te interesa ir para conocer a tus padres biológicos?’ Y a mí me parece mucho más interesante el país en sí y la cultura que conocerles a ellos».

Su madre interviene para abordar un tema que para nada es tabú en esta casa: «Aún hablamos el otro día que parece ser que el Gobierno chino ha aprobado un plan para facilitar a todos los niños y niñas que fueron adoptados por familias de fuera del país que puedan contactar y conocer a sus familias biológicas. No sé qué facilidades les dan, imagino que burocráticas. Pero, bueno, aquí parece que os da un poco igual, ¿no?», les pregunta a sus hijas antes de añadir: «A mí no me parece mal, siempre se lo he dicho. Igual es que les da un poco de vergüenza, de corte, de no saber qué decir...». Sea por el motivo que sea, no se les ve con muchas trazas. Y menos a Marta que, como dicen sus padres, está en plena fase adolescente: «No me llama la atención, no me parece un sitio donde yo me lo vaya a pasar bien, ¿sabes?».

 «Aún hablamos el otro día que parece ser que el Gobierno chino ha aprobado un plan para facilitar a todos los niños y niñas que fueron adoptados por familias de fuera del país que puedan contactar y conocer a sus familias biológicas»

Ella, como dicen en su casa, tira más para el sol de Canarias que para el Lejano Oriente. La pequeña tiene las cosas muy claras, incluso lo que va a estudiar: «Voy a hacer Derecho y Recursos Humanos y ser abogada». Su hermana, a pesar de que está al borde de la selectividad, duda mucho más. Hace unos días dijo que ya no iba a estudiar piano -tiene hecho el grado profesional-. Claro que con una nota media de 9,7 en primero de bachillerato, se lo puede permitir: «No sé todavía lo que quiero estudiar. Primero hablaré con la orientadora. Pero hay una que me interesa, que es Psicología, pero tengo que mirar».

Las dos estudian en el IES Terra de Trasancos, en Narón. Y pueden confirmar que forman parte de las primeras generaciones de adoptados internacionales en llegar a Galicia, que de pequeñas no tenían demasiados compañeros de origen extranjero. «Ahora en el instituto tampoco, pero es cierto que es un instituto pequeño. De hecho, de raza asiática solamente somos mi hermana y yo, luego hay un niño negro y creo que ya», apunta Ana, que recuerda muchas preguntas de pequeña: «Sí, me acuerdo que, sobre todo en primaria, que no estaban habituados, me preguntaban muchas veces si venía de China y, sobre todo, si sabía hablar chino, si mis padres eran chinos también...».

Si bien esa gente estaba en lo cierto atendiendo a su origen, de chino no tienen ni idea. ¿No lo aprendisteis? «Duré treinta minutos», dice Marta sobre el día en que tuvo la iniciativa de empezar con el idioma. De momento, tampoco tienen pinta de ponerse a ello. «A mí me gustaría, pero no tengo tiempo», dice Ana. «Yo no tengo paciencia», añade Marta. Elba, su madre, apunta que aquella primera clase se le hizo tan complicada que no llegó ni al número cuatro.

¿Un tercer hijo?

Es tontería preguntarles a Elba y a Rafa qué tal la experiencia, porque si repitieron es obvio que mejor imposible. Tanto es así que por los pelos no volvieron a por un tercero. «Yo quería un niño chino», dice Ana. Su hermana no tenía mayor interés. Y los padres llegaron a planteárselo, pero entre las esperas cada vez más largas y la edad, decidieron quedarse como están. Pero como en todo, dicen que mucha gente espera demasiado debido a la desinformación. «Hay gente que cree que no está preparada porque tiene que reunir unos requisitos muy importantes. Tener trabajos muy estables, un piso propio, tener cosas, sobre todo materiales, que crees que son fundamentales para que te puedan dar una adopción, y luego ves que no, que igual pudiste haberlo iniciado mucho antes. A quienes estén pensándoselo, que se lancen cuanto antes, pero que se informen muy bien», dice Elba.

Su próximo proyecto será en Navidad, una fecha que esperan con especial ilusión. «Recibimos una felicitación del orfanato donde estaba Ana. Y como somos unos vagos, nunca la hemos contestado. Pero queremos mandarles este año una postal nuestra con fotos de las niñas, explicándoles cómo es su vida. También ellos tardaron mucho en mandarnos la primera postal, lo hicieron cuando Ana tenía 9 años. Es curioso, no conozco a nadie a quien se la enviaran, la verdad. No sé, igual decidieron hacerlo hace unos años y tiraron un poco de archivo. Está muy bien, a mí me gusta mucho la iniciativa», dice Elba, que con cada postal quizás retroceda 18 años en el tiempo para revivir el día en que cambió su vida.

«A quienes estén pensándoselo, que se lancen cuanto antes, pero que se informen muy bien»

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