Ellos son adolestreinta

Ni contrato fijo, ni hipoteca, ni hijos. Los 30 de ahora son los nuevos 20 para una generación que vive sin ataduras y que no entiende el concepto de indefinido. ¿Quién dijo prisa? Sienten que el tiempo es suyo

Patricia García

Sí, los 30 son los nuevos 20. Sabes más que hace diez años, pero te sientes prácticamente igual... de bien. Por voluntad propia o por una coyuntura económica que te ha llevado a ello, vives sin ataduras y disfrutas de la situación. Ni contrato indefinido ni hipoteca ni hijos. Este es el triplete de muchos treintañeros que se sienten con todo el tiempo del mundo para emprender nuevas aventuras. Yaiza es la encarnación de este ideal. Acaba de cumplir los 31 y confirma la teoría: no hay mejor edad para vivir una segunda juventud. «Yo con 20 años me imaginaba que con 30 me iba a sentir más mayor de lo que realmente me siento, es decir, que cuando llega el momento de cumplir los 30, o los 31 en mi caso, siento y pienso que tengo tiempo de todo», asegura Yaiza, que no obstante reconoce: «Sí, es cierto que te planteas cosas que antes no te planteabas. Por ejemplo, con respecto al tema del futuro puedes pensar más en él a nivel laboral, de hogar... pero no es algo que me preocupe, no me agobia. No me quita el sueño ni comprarme una casa ni tener hijos, porque siento que me sobra el tiempo».

 El paso de los años también le ha hecho cambiar de opinión cuando toca hablar de maternidad. «Cuando era más joven pensaba que quería ser madre antes de los 30, pero ahora pienso que tal vez si hubiese sido madre con esa edad, no hubiese sido la misma madre. Porque ahora me conozco más a mí misma, he vivido otras experiencias que me hacen ver las cosas de forma diferente. Tengo otra madurez», señala. Su punto de vista es el de muchas mujeres que no descartan la posibilidad de formar una familia, pero que al mismo tiempo tampoco lo ven como un objetivo en la vida: «Si no la tengo sería feliz igualmente, no es algo que yo necesite, no es mi fin último. Me gustaría vivirla, en todo caso, como un complemento más, pero podría ser feliz sin él. Yo lo que quiero es vivir haciendo lo que me parezca, teniendo la libertad de poder escoger lo que yo quiero hacer con mi vida».

No es ajena a las comparaciones. Y es que a su edad, la generación de sus padres sí tenían asentados los pilares de su vida. «Ellos sí que tenían un trabajo estable, hipoteca, hijos, un coche y la vida planteada. Pero también vi cómo apenas tenían vida social. Yo lo que viví es que mis padres podían quedar una vez para cenar con algún amigo, pero no es como ahora». El mercado laboral es otro hándicap que, en muchos casos, juega a favor de este estilo de vida libre y joven. «Muchos desearían tener un trabajo estable y no pueden por la situación del mercado laboral actual, pero por otra parte, todo cambia. Las relaciones de pareja tampoco funcionan como funcionaban antes», explica Yaiza, que ve en ello otro factor más a tener en cuenta: «La estabilidad sentimental también es importante a la hora de formar una familia. Esto es un cómputo de todo: primero lo económico y lo laboral, porque te condiciona toda tu vida; y luego lo sentimental, y las relaciones a día de hoy no son las que eran».

SIN MIEDO A EMPRENDER

Precisamente ella decidió dejar un trabajo indefinido para emprender y montar junto a una socia Global Mind, un concept studio de diseño y comunicación: «Al margen de la coyuntura, los jóvenes creo que somos cambiantes y de pelear por lo nuestro, por trabajar en lo que nos gusta. Esta es una generación que no tiene oportunidades laborales, pero que es valiente, superpreparada y muy motivada. Y que sabe que tiene que lograrlo para corresponder al esfuerzo que hicieron sus padres para que pudiesen vivir de forma estable». Yaiza agradece mucho ese esfuerzo, pero no se ve trabajando durante otros 30 años en algo que no le llena: «A mí me quema mucho pasar por el yugo de dedicar un porcentaje de tiempo muy elevado, cuando para mí el tiempo es lo más valioso del mundo, en algo en lo que yo no sienta pasión».

La hipoteca no es tampoco un objetivo vital para ella: «No la descarto, pero tengo claro que tener una hipoteca no es el sueño de mi vida. Prefiero anteponer mi libertad profesional, hacer lo que me gusta hacer, que tener un trabajo fijo donde me paguen un sueldo fijo para poder pagar la hipoteca todos los meses. Eso lo tengo clarísimo». Los estudios dicen que esta nueva filosofía de vida a edades cada vez más tardías son consecuencia de la crisis económica, que arrebató la estabilidad a toda esta generación. «Si tú tienes un buen trabajo con una situación económica estable, sí puedes plantearte dar otros pasos, pero si no, no te lo puedes plantear. Hay gente de 30 que quisiera dar estos pasos y que por las circunstancias no los puede dar, y luego mucha gente que a los 34 está soltera o tiene una relación, pero no lo suficientemente estable para darlos».

¿Miedo a la exigencia extrema del que no necesita a nadie? «Sí, por supuesto. El hecho de que nadie se quiera implicar en una relación hace que tú te tengas que plantear un estilo de vida para ti misma: pensar de forma independiente, buscarte la vida, tener más vida social si quieres hacer cosas, hacer cosas tú sola si quieres vivir experiencias... ¿Eso qué genera? Que tú elabores otro tipo de pensamiento y que exijas más cosas. Si puedo hacerlo yo sola, ¿para qué voy a querer a alguien compartiéndolo conmigo? Lo quiero si no me va a causar molestias», zanja.

Yaiza va a muerte por su libertad: «Y si me equivoco, me equivoco». Y punto.

Tito Varela: «Quiero formar una familia, pero aún tengo tiempo»

A sus 32 años, Tito Varela encaja en el perfil del treintadolescente. Ni contrato indefinido, ni hipoteca, ni hijos. Aunque también encaja en el perfil de toda esa generación de treintañeros a los que esta ausencia de ataduras les vino un poco dada por la crisis. Él, que trabajaba en el sector de la construcción, sintió el estallido de la burbuja en sus propias carnes y, en su momento, se quedó sin trabajo. Un revés que, sin embargo, le hizo descubrir algo positivo y a lo que de otra forma no hubiese accedido. «Me hice voluntario de Protección Civil, y es algo que me aporta mucho. Algunos días también te da un subidón de adrenalina, cuando sales a atender accidentes y ayudas a la gente en situaciones límite», cuenta el treintañero, que dice que gracias a esta labor no solo hizo nuevos amigos, sino que además le está sirviendo para formarse, para hacer currículum e, incluso, para abrirse otras vías profesionales: «Valoro mucho los cursos que hago de forma gratuita gracias a estar en el cuerpo».

UNOS 30 MUY DIFERENTES

Tito analiza las diferencias entre sus treinta y los de sus padres: «Antes iban más avanzados que nosotros, con 30 años muchos ya estaban casados y hasta con hijos. La mayoría disfrutaba de un trabajo estable y en muchos casos ya habían firmado una hipoteca. Ahora las cosas han cambiado mucho». Él forma parte de una generación a la que no le ha quedado más remedio que adaptarse al cambio. «Yo a día de hoy estoy sin trabajo, pero tengo amigos con los que veo que empiezan en una empresa y a los dos meses ya la dejan para cambiar a otra, no son capaces de parar en el mismo sitio. Sin embargo, en generaciones anteriores, se tiraban toda la vida en un trabajo y había mucha más estabilidad», reconoce.

Unas circunstancias laborales que influyen, y mucho, en las personales. «Yo no tengo pareja, pero me gustaría llegar a formar mi propia familia. Las circunstancias hacen que te eches un poco atrás en lo de los hijos, aunque todavía tengo tiempo», señala Tito, que no obstante se siente joven para hacer aún muchas cosas. Si él se ve con hijos, seguro que los tendrá. Eso sí, en un futuro, que aún le quedan muchos cartuchos... y una treintadolescencia que disfrutar.

Agar: «Tengo 34 años y mi madre me hace la comida»

Esta adolestreinta sí que sabe disfrutar de la vida. Acaba de cumplir 34 años y sigue comiendo de los táperes que le prepara su madre los fines de semana. Vive de alquiler en A Coruña en un piso con dos chicas más pequeñas que ella, y aunque es la mayor de su pandilla de Portonovo, cuando sale de fiesta cierra los bares: «A salir hasta la una yo no le llamo salir». Agar no aparenta la edad que tiene: «Mi familia y mis amigos me dicen que me quedé en los 25 y yo lo asumo». Aunque de espíritu es mucho más joven: «Voy a mi ritmo. Soy una Peter Pan».

Muchos y muchas podían tomar ejemplo de ella, que es adolescente de espíritu, pero responsable con su trabajo y se siente feliz tal y como es. «La edad solo es un número». Las prisas no van con Agar: se mudó a A Coruña en el 2013 para estudiar. Tenía 28 años. Hizo varios ciclos y hasta hace solo dos veranos vivía como una estudiante: «Trabajaba durante el curso y compartía piso solo hasta junio para después poder pasar todo el verano en Portonovo». Fue saltando de un trabajo a otro: «Trabajé de camarera, relaciones públicas y hasta en una peluquería lavando cabezas». Reconoce que en su casa era la mimada: «Ya era mayor y mi abuela todavía me seguía haciendo la cama. Ahora la hago yo, pero me costó». Todos los fines de semana que no juega el Dépor en casa, su gran pasión, baja a Portonovo a ver a sus padres: «Mi madre me prepara la comida para la semana, se me da fatal cocinar». A sus amigos de Portonovo les saca cinco años: «Son lo mejor que tengo. Solo en la pandilla con la que voy al fútbol hay algún adolestreinta más». Antes de conseguir su trabajo actual, de teleoperadora, en casa le «metían presión» para que sentase la cabeza. Pero ahora está feliz: «Hay gente que dice tengo X años y tengo que ser así y me debo a mi trabajo. Yo me debo a mi trabajo de lunes a viernes para tener una vía de escape el fin de semana». En el piso la convivencia es buena. «Una de mis compañeras es híper responsable y me estoy intentando contagiar de ella. A ella le gusta el orden y empatizo con sus situaciones».

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