No sé qué opinará el psicólogo Manuel Fernández Blanco de la teoría que acaba de deslizar Pablo Iglesias, pero seguro que le pondría una plantilla formidable que ventilaría varias capas del pensamiento del joven podemita. Despachaba el político con el psicoanalista y escritor argentino Jorge Alemán, cuando en un arrebato de introspección sentenció: «Los hombres feministas follan mejor». Utilizó Iglesias para su sentencia la tercera persona del plural, como si él mismo no estuviese incluido en el sujeto de la oración y la categoría «hombre feminista» fuese simplemente aspiracional, un objetivo a cumplir en un mundo perfecto. Pero el dictamen quedó ahí.

Es muy interesante analizar, aunque sea con Freud de por medio, de qué manera la ideología influye en la disposición para la sexualidad. Si el hecho de que un hombre sea feminista lo aproxima mejor a las singularidades del deseo de las mujeres, tan mal atendido por feministas y cavernícolas. Hasta qué punto un tipo de izquierdas está más dispuesto a observar y detenerse que uno liberal. La cuestión es, si ante un encuentro fugaz, sin contexto alguno sobre el amante, ¿es posible deducir la encarnadura feminista de un partener, averiguar según cómo procede cuando está en bolas hacia qué parte del arco parlamentario se escora? Intuyo que un buen trabajo de campo arrojaría conclusiones devastadoras para la contundente teoría de Iglesias porque, digámoslo claro, el sexo heterosexual se rige por los códigos de los señores, y aunque se hayan producido avances, hay circunstancias del deseo femenino que siguen siendo un texto en sánscrito para la mayoría de los varones.

En este campo, el del sexo y sus orientaciones, también la derecha va perdiendo complejos. Como todos sabemos, el PP se opuso a la ley del matrimonio igualitario, lo que no les impidió utilizarla para casarse mientras el debate seguía abierto en el Tribunal Constitucional. Los conservadores llevan siglos distinguiendo entre lo que es bueno para todos y lo que es bueno para cada uno de ellos. Aquí y allí. Dick Cheney, el omnipotente vicepresidente de George W. Bush, tenía una hija lesbiana, pero no le repugnaba que su partido se opusiera a todos los intentos de normalización abordados desde las filas demócratas. Y estos días, el secretario de organización del PP, Javier Maroto, informó a la audiencia de una circunstancia pintoresca. Según le consta, «hay más gais en Nuevas Generaciones del PP que en todas las asociaciones españolas de LGTB» lo que, de ser cierto, convertiría a Nuevas Generaciones del PP en una asociación LGTB más y, sin duda, en la más concurrida.

La proclamación de Iglesias y el descubrimiento de Maroto coinciden en una cosa: la batalla política también se dirime en los dormitorios. Otra cosa es lo que después suceda en la intimidad sin focos de la vida real. La de una mujer que se acuesta con un hombre feminista que es un cromañón o la de un homosexual del Partido Popular.

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Iglesias y el sexo