Ponga un tratamiento de fertilidad en su vida


En uno de los grandes momentos del fresco imprescindible que es El cuento de la criada, Serena Joy entiende la magnitud del monstruo que ha creado. La mujer del comandante Waterford había definido las bases filosóficas de la República de Gilead sin saber que su criatura iba a acabar devorándola en la versión inversa del mito de Saturno. De su mente había salido el manifiesto El lugar de la mujer, referente seminal del papel que la distopía de Margaret Atwood concede a las señoras y su energía había doblegado las dudas iniciales de su marido, mucho más precavido en el tiempo de construcción de esa dictadura que utiliza la Biblia como Código Civil y a la mujer como incubadora. El drama de Joy es que el éxito de su proyecto político significa su muerte como individuo, una tragedia de la que ella es consciente en ese gran mitin inicial del sistema en el que justo cuando se disponía a comparecer ante las masas los hombres le retiran la palabra y le recuerdan qué tipo de sociedad contribuyó a crear. Por eso resultan tan desconcertantes las declaraciones de algunas mujeres que estos días apoyan con jolgorio el catecismo de Vox sin saber que la sociedad que Abascal propone las confinará y sin siquiera alzar mínimamente la vista y reconocer los perfiles de la violencia machista que encierra a las mujeres en los armarios, literalmente.

LA TORTURA QUE ANTICIPÓ ATWOOD

La base de la distopía de Atwood reside en la fertilidad y en la incapacidad sobrevenida de la especie humana para reproducirse. Precisamente en la procreación tendría que haber residido la gran ventaja comparativa de las mujeres pero, paradójicamente, se ha convertido muchas veces en su yugo, algo que de forma terrible y descarnada se representa en El cuento de la criada cada vez que el comandante viola a su sirvienta en una ceremonia en la que su mujer es testigo y también víctima. La separación de sexualidad y maternidad está en la base del movimiento feminista de los años sesenta en un proceso que parecía imparable y que en los últimos años ha recibido el refuerzo de las técnicas de reproducción asistida. Ni siquiera la edad es ya un impedimento para ser madre, con lo que la mujer puede programar sin tanta presión temporal los ciclos de su vida en la tierra. Todo perfecto. Aunque empieza a haber grietas inquietantes en el sistema. Vida privada es el título de la película que en octubre estrenó Netflix escrita y dirigida por Tamara Jenkins y protagonizada por el inmenso Paul Giamatti y la eficaz Kathryn Hahn. Rachel y Richard son una pareja de bobos (bohemios burgueses) neoyorquinos que parecen salidos de una película de Woody Allen. Cultos, refinados, inteligentes, llevan la vida perfecta del retrato perfecto del occidente perfecto. Excepto por un detalle: no han conseguido tener un hijo. Un inconveniente que emborrona el retrato idílico de unas expectativas colmadas que tratan de solucionar entrando en la rueda imparable de los tratamientos de fertilidad. Y es aquí cuando Vida privada empieza a molestar. Cuando acompañamos a Richard, pero sobre todo a Rachel, en esa tortura física y psicológica por la que cada día pasan amigas, hermanas y paisanas nuestras, sometidas a la presión económica e íntima de conseguir algo que al parecer la sociedad sigue exigiendo: tener hijos. Una presión estimulada por estrategias de márketing similares a las de las ventas de coches o apartamentos, con clínicas de fertilidad que se anuncian como las multinacionales de la cosmética y un ejército de mujeres hormonándose y pasando por caja. Estupendo que la ciencia haya venido a acompañar a las mujeres en el proceso y planificación de ser madres, pero ojo con la deriva del asunto, no vaya a ser que sucumba a un proceso especulativo como el de las hipotecas subprime con un ejército de señoras presionadas para comprarse el último apartamento, con el bebé incluido.

Por Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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