César Bona: «Enseñar a los niños a competir para ser los mejores es lo peor que podemos hacer»

César Bona se empeña en que sigamos reflexionando en su nuevo libro, «La emoción de aprender», en el que le da la vuelta al significado del éxito y del fracaso a través de casos de niños y adultos que en su día patinaron en la escuela, pero que consiguieron alcanzar el éxito: «Es necesario que a los profesores también se nos evalúe desde fuera»


Educar, aprender, evaluar y reflexionar. Estos son los cuatro verbos clave de la filosofía de César Bona, el profesor que resultó nominado al Nobel mundial de la educación. Examinar y competir no tienen hueco en las ideas del docente, que insiste en la importancia de la cooperación y en la necesidad de desterrar los prejuicios en las diferencias entre alumnos: «Las diferencias son un valor y no un inconveniente», insiste. Él, que incluiría el cariño y las emociones en el temario de Magisterio, no ve en el suspenso un fracaso ni renuncia a su manera de entender la educación, a pesar de las presiones de los padres: «Lo que sigue pasando es que queremos educar como nosotros fuimos educados».

-¿Cómo transmitir emoción a un niño para que aprenda?

-¿Sabes qué pasa? Que aprender atañe a todos. De hecho, el libro tiene que ver justo con esto, con la suerte que uno ha tenido de viajar y pararse a conocer a las personas que te encuentras en el camino, y a escucharlas o a mirarlas de otra manera. Esa oportunidad la tenemos todos, seamos niños o adultos. ¿Cómo transmitir esa pasión, esas ganas? Pues hemos de pensar que esos niños y niñas vienen con esa curiosidad instalada de serie y con ganas de aprender, otra cosa es que no tengan ganas de aprender siempre lo que nosotros queramos que aprendan. Hablando de verbos, en la educación muchas veces se usa el verbo aprender, pero también evaluar, porque cada uno de nosotros evalúa constantemente lo que está haciendo, y por eso evolucionamos y mejoramos. También está el verbo examinar, y es ahí cuando todo se para un poco. La educación muchas veces se asocia más con examinar que con aprender.

-¿Es un fracaso un suspenso?

-Todos aprendemos continuamente, también cuando nos equivocamos. Y si nos equivocamos, reflexionamos. Perdona que me ha dado por hablar de los verbos, pero reflexionar es un verbo importante también. En materia educativa deberíamos reflexionar seguramente mucho más, porque eso es lo que nos ayuda a crecer como personas. Y si haces un examen y lo suspendes, después vienen momentos de reflexionar sobre cómo hacer las cosas mejor. Pero ahí es cuando entra también que no tenemos demasiado tiempo para hacerlo, porque ya sabes que hay que empezar a ver otras cosas.

-Un buen profesor puede marcarte la vida. Pero uno malo, también...

-Claro, claro. Sí, es así. Si echamos la vista atrás, seguro que todos pensamos cómo me marcó esta persona para bien y esta otra para mal, y por eso esta profesión es tan, tan difícil. Estamos hablando de algo tan esencial como son las relaciones humanas. Y ahí es curioso, ¿verdad? Pero a mí en todos los años en los que estudié nadie me enseñó nunca acerca de las relaciones humanas o de las diferencias. Y partiendo de esa base, yo he estado educando niños durante 16 años. Si a mí nadie me enseña nada sobre las relaciones sociales, nadie me enseña a gestionar grupos, cuando estamos gestionándolos continuamente; nadie me enseña sobre el hecho de que todos somos diferentes, luego, ¿cómo voy a enseñar yo?

-¿El cariño también debería formar parte del temario en Magisterio?

-Sí, el cariño, y eso lo ampliamos a las emociones. No llego a entender muy bien que haya gente que diga que educar en emociones es una moda. Porque fíjate tú que se define al ser humano, sobre todo, como un ser racional. Sin embargo, la mayoría de las decisiones importantes de nuestra vida las tomamos con las emociones más que con la razón.

-Hablabas de esa tendencia a examinar al niño. ¿No debería examinarse también al profesorado?

-Uno tiene que evaluarse a sí mismo continuamente para ver cómo lo está haciendo. Y muchas veces es necesario también que se nos vea desde fuera y nos digan: «Lo estás haciendo bien o mal», para que veas en qué cosas puedes mejorar. Ya no hablamos de profesores, sino de la vida. Y tampoco estaría mal escuchar la opinión de niños y niñas al respecto. Esto ya lo amplío a cualquier cosa que hable sobre educación, porque son los grandes protagonistas y muchas veces son los grandes olvidados.

-Hay que escucharlos, pero muchas veces también se les consulta todo. ¿No necesitan unas normas básicas a las que ajustarse?

-¿Pero qué extremo es bueno? Es verdad que muchas veces tendemos a dicotomizar todo. Decimos: deberes sí o deberes no, jornada continua o partida, sí o no, alto o bajo. Muchas veces es más sencillo o más complejo que todo esto. Obviamente, en nuestras vidas claro que ha de haber normas. No estoy hablando que las normas impliquen que una persona tenga que callarse porque lo diga otra, estoy hablando de que, como seres sociales que somos, es básico entender cómo funciona la interacción entre nosotros, que implica que unas veces uno habla y el otro escucha, y otras veces es al revés. Y es así cuando se aprende, cuando compartes.

-En el libro comentas que los niños no serán mejores por superar a otros niños. Qué necesario recordar esto cuando hay tantos padres empeñados en que sus hijos sean los mejores de la clase o del equipo de fútbol.

-Yo creo que estamos sumidos todos en una inercia tal que esta sociedad se rige, casi excesivamente diría, por esa influencia de la competitividad. De hecho, hace unos días hablé con una persona y me decía: «Es que la vida es así». Y yo digo que no, que eso es una visión de la vida, el competir continuamente contra los demás. De las peores cosas que podemos hacer es enseñar a los niños precisamente a mirar la vida así, de forma competitiva, cuando hay pocas cosas más bonitas que cooperar unos con otros. Y que piensen que no están solos, que cada acto que hacen influye en los demás.

-En tu clase le dabas un cargo a todos los niños.

-Sí, a mí me importa mucho que cada persona en el aula sienta que es escuchada, útil, y que puede hacer algo por los demás. Y en ese sentido están los cargos, que son para hacerles partícipes de una microsociedad en la cual tú podías aportar y otras personas te aportaban a ti. ¿Ves?, es justo lo contrario a competir.

-Atiendes a las diferencias.

-Cuando digo que las diferencias son un valor y no un inconveniente, en esto sí que hay que empezar desde la base, desde muy, muy pequeños. Y digo también que en ese sentido la educación incumbe a todos, a las Administraciones, a las familias, a los docentes, pero también a cualquier persona. Yo es que como viajo mucho solo, observo. Alguien que apoya los pies en el asiento de enfrente del tren, si va tu hija y lo ve, dirá: «Pues si un adulto puede hacerlo, yo también».

-Los niños, cuando son pequeñitos, no ven a sus compañeros diferentes.

-Sí, es curioso. En el libro, la anécdota de Bruno ya aparece al principio, cuando su mamá le dice: «Bueno, había alguna niña o algún niño que tenía algo especial, ¿no?». Y él le decía: «Todos tenemos algo de especial, si no nuestras mamás no nos reconocerían cuando nos vienen a buscar». Toman como normal lo que los adultos, no sé por qué, llegamos a desnaturalizar con una visión afectada, seguramente, por la competitividad.

-¿Es mejor profe aquel al que le cuesta suspender a un niño, el que intenta buscar siempre la manera de recompensar su esfuerzo?

-Es que cuando hablamos de si es mejor un profe lo asociamos a suspender o a no suspender, y para mí la escuela tendría que ser el ente dador de herramientas para que los niños conviertan su vida en una vida digna de ser vivida. Creo que ese es el mayor regalo que podemos darles. Por eso uno se llega a preguntar, por ejemplo cuando llegué de la Cañada Real, en qué momento hemos llegado a ver la escuela como el juez o la jueza que decide quién sigue o quién se queda.

-Supongo que te habrán preguntado muchos padres: «¿Por qué mi hijo solo abrió dos veces el libro de texto?», «¿va a estar preparado?».

-Claro, lo que sigue pasando es que queremos educar como nosotros fuimos educados, y todo evoluciona. No digo que evolucionar signifique arrasar con todo, porque si vuelves la vista atrás alguien seguro que te influyó para bien. Pero es fundamental el diálogo entre familias y docentes.

-En definitiva, se trata de ser un poco más personas, ¿no?

-Claro, es que hay miles y miles de docentes que están deseando formarse, que viernes, sábado y domingo han cogido el coche, han llegado a casa cansados y todo para el lunes revertirlo en la educación de nuestros hijos. Y esto es lo que tenemos que valorar.

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