A ellos sí les tocó el Gordo de Navidad

Patricia celebra cada 24 de diciembre su «cumplevidas» desde que un trasplante le salvó la vida, Chus dio a luz el día de la lotería, y a Carlos y Fernando les une una fortuna de amistad. La suerte es más que un número, tiene historia


Redacción

Patricia Vázquez tiene solo 36 años, pero sabe bien dónde está la suerte. Desde bien pequeña supo que la vida pende de un hilo y que a ese hilo hay que agarrarse muy fuerte. Con solo 8 años le diagnosticaron la enfermedad de Wilson, que afecta gravemente al hígado, y a los 9 se vio en la necesidad de que la sometieran a un trasplante en el Hospital La Paz de Madrid. «Aquello lo recuerdo con cierta alegría, me veo rodeada de muchos niños, jugando en la planta con ellos y con la sensación de que éramos una familia». La memoria, dice ella, le ha hecho quedarse con lo positivo de aquello, aunque cuando echa la vista atrás ahora se da cuenta de que de alguna manera toda esa experiencia la hizo madurar antes y enfocarse siempre en la importancia de ayudar. «Esa vocación quedó en mí, yo fui haciendo mi vida de un modo relativamente normal, pero sí es verdad que caló hondo la necesidad de servir a la gente. Por eso me enfoqué después a estudiar Ayuda a Domicilio, porque sentía que eso me hacía feliz y que podía aportar mi granito de arena, sobre todo con la gente mayor».

Patricia se define como una persona muy paciente, es la pequeña de cuatro hermanos, y sin embargo no se le nota una sobreprotección. «No lo creo, sé bien lo que significa que te falte la vida, que no puedas nada más que quedarte todo el día tirada en el sofá o en la cama porque tus órganos no dan más de sí, esa paciencia también viene de ahí, de saber que por mucho que tú te desesperes hay una parte que no depende de ti». Ni siquiera ese esfuerzo que puso en formarse en ayudar a los demás le ha servido en su día a día: «Al final no encontré trabajo de lo que yo había estudiado, en la actualidad estoy despachando en una panadería y es lo que tengo, pero estoy contenta».

«Pensaba en mejorar»

Por si fuera poco haberse sometido a un trasplante a los 9 años, cuando tenía 22 tuvo que enfrentar una operación que le causó graves secuelas en el hígado: «Después de aquello yo sentía que algo no iba bien, cada día me notaba peor, más fatigada, me hinchaban las piernas, el estómago lo tenía fatal y entonces en una revisión en el Chuac me avisaron de que probablemente tendrían que retrasplantarme de nuevo». ¿Cómo te lo tomaste entonces? «Muy bien, la verdad -responde animada-, yo tenía solo 29 años y lo único que pensaba es que si algo podía mejorar mi calidad de vida era lo que tenía que afrontar». En ese tiempo, la coordinadora de trasplantes le dio las instrucciones necesarias para que tuviera todo previsto, dado que Patricia vive en Ourense y hay una considerable distancia en caso de que de repente se pudiera dar esa buena noticia del trasplante. «Yo no me separaba del teléfono ni de noche ni de día, por supuesto tenía toda la mochila preparada con todo y mi familia y mi novio estaban avisados de cómo había que reaccionar si se producía la llamada. Son momentos de mucha angustia, de mucha incertidumbre y también de fortaleza», asegura. ¿Cuál fue tu suerte?, le pregunto. «Mi lotería fue que me llegase el trasplante nada menos que el día de Nochebuena», relata llena de emoción. «No sabes cómo fue ese regalo, cómo sientes esa bocanada de vida; a mí me avisaron el 23 de diciembre del año 2011 a las ocho y media de la noche en Ourense, y a la una y pico de la mañana del día 24, solo unas horas después, estaba en el quirófano en A Coruña. En cuanto me llamaron, avisé rápidamente a mi novio (que hoy es mi marido) y toda mi familia se presentó en casa; creo que aquel día la más tranquila de todos era yo, pero la verdad es que sabía que estaba en las mejores manos del mundo: el doctor Gómez me operó y todo fue perfecto».

Patricia lo cuenta con una normalidad que maravilla, sin darle demasiada importancia a su lucha y a su sufrimiento, aunque pone toda la ternura en dar valor al trabajo de los demás: «No sé cómo explicártelo, yo creo que no nos damos cuenta realmente de la suerte que tenemos de que haya médicos y enfermeras así, de la suerte que tenemos cuando un día de Nochebuena, en lugar de estar con sus hijos y con toda su familia, ellos están dedicados a salvarte la vida a ti, sin pensar en nada más que en tu bien. Yo solo puedo estarles infinitamente agradecida a ellos y a la familia que donó el órgano; para mí es lo importante y lo digno de admirar». «Yo ahora todos los 24 de diciembre celebro mi Cumplevidas, porque sé que esa noche me la devolvieron, tengo mucho que celebrar cada Navidad y por supuesto me acuerdo de ese equipo de personas que me cuidaron con todo el cariño aquella Nochebuena, como si fuera un día más, sin darle importancia a la fecha. Solo recuerdo, eso sí, que la noche de Fin de Año desde la uci oía cómo sonaban las campanadas, eso creo que no lo soñé, ¿no?», bromea. Patricia ahora está bien, hace sus revisiones trimestrales y ha establecido una relación afectuosa con todo el personal que la atendió entonces y que la sigue cuidando cuando tiene que ir periódicamente. «Yo solo querría decir una cosa más, solo quiero agradecer a esa familia que donó este hígado y que me ha salvado. Y me gustaría animar a la gente a que lo haga, que después de muertos los órganos no nos sirven para nada: ¡regálalos, por favor, que nos da la vida!».

«Mi hija cumple 22 el día 22»

A Chus le tocó el gordo en el hospital el 22 de diciembre de 1996. Se puso de parto ya el día anterior, pero su hija Paloma se animó a salir del «bombo» el día que marca en la mayoría de las casas el inicio de la campaña navideña, con los niños de San Ildefonso cantando los números de la suerte desde primera hora. La fortuna de Chus, traducida a números, serían los 3.350 gramos y 52 centímetros que pesó al nacer su niña. «Como todo el mundo, ese día estás pendiente del sorteo, pero yo empecé la noche anterior con contracciones; ya me di cuenta de que mi premio iba a ser mejor que la lotería. Y aquí está mi niña, que este año hace, precisamente, los 22. Y sí, puedo decir que con Paloma me tocó el gordo de Navidad, aunque este año no me importaría que me tocase un décimo también...», comparte Chus.

«Ese 22 de diciembre en que nació Paloma, en el hospital de Pontevedra estaban con servicios mínimos. Si cuando nació mi hijo mayor estaba allí toda la plana mayor, cuando llegó la niña solo estábamos la matrona y yo», sonríe Chus. Paloma nació sobre las doce menos diez de la mañana. Cuando suelen cantar el gordo, ¿no? «Sí, más o menos», dice su madre.

Aquel 22 de diciembre de 1996, recuerda Chus, la terminación del gordo fue 69, «los números de ese año al revés». «En vez de 96, salió el 69. Aún me acuerdo de eso», apunta.

Paloma se siente a gusto cumpliendo el 22. «Tiene su gracia, son los dos patitos, aunque mi número de la suerte no es el 22, es el 13. Lo llevé siempre en la espalda en baloncesto», dice quien tiene por edad una suerte notable, un pellizco de presente con futuro. «Aunque era de las últimas del grupo de amigas en cumplir, de las pequeñas, siempre me gustó cumplir ese día. Mejor el 22 que el 24 o el 25...», considera. Será, entre otras cosas, porque, por más que le hiciesen regalos de cumple el día de la lotería, Papá Noel y los Reyes nunca se olvidaron de pasar por su casa.

Las cuatro haches

«Cuando nació Paloma, yo ya tenía al mayor y me di cuenta de que, aunque hay muchas cosas educacionales, cada uno nace con su carácter. Desde bebé, ella era una niña capaz de llegar hasta el final en lo que quería. Si eso lo manejas bien, te irá muy bien, pero si lo manejas mal... te puede ir muy mal (risas). Ella tiene paciencia para llegar siempre al final. Que le lleva dos meses, pues le lleva dos meses. Los demás no tenemos dos meses para dedicarnos a pelear por una tontería», dice la madre de una Capricornio-Capricornio, una hija con claros signos de determinación y firmeza de carácter, admite. «Para mí es como si no hubiese muchas formas de hacer las cosas. Es la que digo yo, y ya está. Está mal, pero...», sonríe Paloma, que es, reconoce, supersticiosa. «No me gusta celebrar las cosas antes de tiempo», afirma.

La lotería de Paloma, asegura ella misma, son su familia, su educación, sus valores. Y sus amigos, los recién llegados y los que siempre han estado ahí, y nunca se fueron. «A otros les echo de menos», puntualiza. Hay deseos que se cumplen por Navidad.

No siempre uno se acuerda de su suerte, no hasta que llega el momento de echar la vista atrás y pensar: «Qué suerte tenía...». A veces, los castigos se quedan más grabados que los mejores premios. Es la vida. «Yo no me olvido del año en que suspendí muchas. El castigo fue pasar el verano en un internado gallego, fueron los dos peores meses de mi vida», recuerda Paloma, una sisi, que sí estudia, sí trabaja y cita a su hermano mayor, Gonzalo, para referir «las cuatro haches» que le enseñó su madre para la vida: humildad, honestidad, humanidad y sentido del humor. El año empezará para Paloma con nuevo destino; se irá ya con los 22 cumplidos de au pair a Dublín, con una familia en la que la madre es española, avanza. «Año nuevo, vida nueva», dice este premio gordo de la lotería. ¡Suerte!

«Mi amigo se olvidó de guardarme el décimo, le tocó y lo repartió conmigo»

La historia de Fernando Martínez y Carlos García (en la imagen) podría haber protagonizado aquel anuncio de la Navidad que tanto éxito tuvo hace unos años. Si los guionistas tienen material para hacer todos esos spots es porque hay relatos que se disparan como la mejor de las noticias y superan cualquier ficción. Fernando y Carlos viven en Monforte, uno tiene 75 años y el otro 56, y hace más de 25 años que se conocen. Tienen confianza, son amigos, pero no de los que quedan habitualmente para salir. Carlos regentaba hace unos años un bar, el Capilla, y tenían esa buena costumbre tan extendida entre los hosteleros y los clientes de repartir lotería todas las semanas. «Yo jugaba todos los sábados al número 76254, que vendía Carlos en el bar, pero no tenía el hábito de pagárselo un día en concreto. Como tenemos una buena relación de hace años, cada poco tiempo me pasaba y le decía: ‘¿Qué te debo?’ Y entonces le abonaba lo correspondiente a dos o tres semanas, no mucho más. Digamos que iba con frecuencia, él me guardaba la lotería y yo le pagaba regularmente», explica Fernando. Él, sin embargo, aclara que no llevaba toda la vida jugando a ese número concreto. «Durante muchísimos años, desde la década de los ochenta, nuestro número era el 24697; estábamos abonados a ese en la peña del bar, pero no sé muy bien por qué Carlos decidió cambiar de número y apostar a uno que acabara en 4; así que en el 2014 podíamos llevar jugando con asiduidad al 76254 más de una década».

Ese año, el 2014, la suerte les puso en la tesitura de si una amistad se puede jugar a la lotería. «Recuerdo que iba a ser el sorteo de El Niño -relata Fernando- y de pronto me acordé de que no había ido a buscar el décimo del 76254 como todas las semanas, así que un día antes, sobre las nueve de la noche me acerqué al bar de Carlos. Sé que era tarde porque estábamos solos él y yo. En cuanto crucé la puerta, ya vi que se echaba las manos a la cabeza, empezó a dar vueltas sobre sí mismo y a blasfemar. «¿Carlos, qué te pasa?, ¿pero qué tienes?», le dije. Y entonces él me explicó que se había olvidado de guardarme el décimo de todas las semanas y que solo le quedaba uno, el suyo, porque había vendido todos». «En ese momento -añade Carlos- yo no sé qué me pudo pasar, siempre reservaba primero el boleto de Fernando y el mío, pero como entonces estaba muy estresado, me estaba separando y no pasaba por un buen momento personal me despisté».

En esa situación, los dos solos en el bar, llegaron a un acuerdo; Carlos confesó enseguida que el fallo era suyo y le propuso a Fernando jugar el décimo a medias: «Te doy la mitad», le ofreció. A las nueve y pico de la noche en el bar Capilla de Monforte cerraron el acuerdo y ambos firmaron el décimo para que no hubiera duda de ese pacto. Fernando le pagó sus correspondientes diez euros y no se habló más del tema... hasta el día siguiente. «Era el sorteo de Reyes y hacía un frío tremendo -recuerda Fernando-; así que en lugar de estar escuchándolo por la radio, como hago habitualmente, me quedé un rato más en la cama. Entonces, sobre la una, llamó una amiga de mi mujer para decirnos que nos había tocado la lotería. Pensé que me estaba gastando una broma y le contesté que los Santos Inocentes ya habían pasado, pero ¡era verdad!».

¡200.000 euros!

Fernando se encaminó rápidamente al bar de Carlos, pero él ya estaba celebrando con todos sus clientes en la puerta de la Administración porque ese año la lotería dejó un buen pico en Monforte y en Sober. A ellos les tocaron 200.000, que repartieron a la mitad sin ningún problema. «Nos abrazamos y no hubo más que hablar, pero el señor Montoro ?incide Carlos? nos quitó casi 20.000 euros a cada uno, así que en total pudimos cobrar 80.250». ¿Y qué habéis hecho con el dinero? ¿Algún capricho? «Yo ninguno», responde tajante Carlos: «Lo que hice fue tapar agujeros, liquidar todas las deudas que tenía con el bar y poco más; me vino bien, claro, pero no me di ningún lujo». «Yo -dice Fernando- lo repartí con mis dos hijos y mis dos nietos: para ellos fueron 40.000 y los otros 40.000 nos los quedamos mi mujer y yo. De ese dinero no queda apenas, pero fue un buen pellizco que nos alegró mucho, aunque la mayor alegría fue ver que le tocara a tanta gente necesitada y que estaba en el paro».

La pregunta para Carlos es obligada: «¿Qué hubiera pasado si Fernando no se hubiera acercado el día anterior a tu bar? ¿Le hubieras repartido el dinero igual?» «La verdad, no te lo puedo decir, pero como yo sentía que la culpa era mía, creo que habría hecho lo mismo, eso sí, ¡si me hubiera pagado los diez euros! ?bromea?. Creo sinceramente que lo habría compartido, porque con ese dinero no iba a ser el más rico del cementerio y una amistad no se puede valorar económicamente, no me iba a cargar tantos años de relación por eso. Uno no se juega a un amigo por un puñado de euros». Esa es la verdadera suerte de Carlos y Fernando.

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