Desirée Bela-Lobedde: «¿Recuerdas a alguna presentadora negra que no sea Francine Gálvez?»

Desirée le ha echado humor para contar en un libro la realidad de las mujeres negras. Nació en Barcelona, pero tiene que enfrentarse a diario a que le pregunten de dónde es «porque la gente aún se sorprende de que haya negros españoles»


Desirée Bela-Lobedde (Barcelona, 1978) siempre fue una niña muy conformada, muy obediente, calladita, nunca contestaba, pero fue ya de mayor, cuando nacieron sus hijas, cuando se dio cuenta de que ya no podía seguir callando el racismo que había sufrido. La maternidad fue un revulsivo que la llevó a escribir Ser mujer negra en España, un libro que se ha convertido en un éxito de ventas, y que acaba de presentar en A Coruña, de la mano de Yaramá África, donde contó su experiencia. Una obra llena de humor, de profunda emoción y también de rabia, en el que expone en primera persona la realidad de lo que supone aún hoy nacer con otro color de piel.

-El título del libro es muy rotundo: «Ser mujer negra en España». ¿Querías dejar las cosas claras?

-Sí, el libro bebe de los dos vídeos que yo había publicado sobre el cuidado del cabello afro y que tienen ese título, entonces no tenía sentido cambiarlo.

-Todo lo que explicas del pelo es una tortura. Desde cuando eras pequeña y tu madre te sentaba a hacer las trenzas los domingos, con ese dolor que relatas, los productos para el alisado después. Se podría llamar violencia estética.

-Exacto. Es precisamente eso, una violencia estética brutal la que sufrimos. Yo todavía no sé hasta qué punto como madre puedo negarle a mis hijas esa experiencia del alisado. Evidentemente, por el momento elijo coger el secador y las planchas y ponerme a ello, porque quiero que se impliquen en el cuidado de su pelo tal y como es. Prefiero eso, que se vean el cambio un día, a la química. Lo que duele, lo que quema y el riesgo que corren.

-África está solo a 14 kilómetros de España. ¡Y qué lejos! Fuiste la única niña negra de tu cole, pero aún hay muchos niños así. Les siguen preguntando de dónde son y tienen que explicar siempre...

-Sí, y tenemos derecho a no explicar. Los negros tenemos la sensación de que si no explicas, la otra persona se ofende, pues que se ofenda. Pero yo no tengo por qué decirle a una desconocida si he nacido aquí o no, o si soy adoptada... No tengo por qué hacerte mi biografía. Tu curiosidad no está por encima de mi intimidad. Eso sucede sobre todo en ciudades más pequeñas, en Barcelona y Madrid afortunadamente ya no tanto.

-Por eso muchos niños quieren pasar desapercibidos.

-Sí, cuando se ven en una gran ciudad, como Londres o en un sitio así, descubren que nadie se fija en ellos. Esa necesidad de normalidad, de no destacar, la entiendo porque la vivo.

-¿La gente se sigue sorprendiendo de que tú seas negra y de que seas española, de que tus padres sean de aquí? ¿La gente se sigue sorprendiendo de que haya negros nacidos en España?

-Sí, sí. Parte de la responsabilidad de esto es del sistema educativo, si se pasa de puntillas sobre el hecho de que Guinea Ecuatorial fue provincia y colonia española, si se pasa de puntillas lo que implicó la colonización, los mercados de esclavos... Las nuevas generaciones no lo saben, la gente no conecta con eso... Creemos que la emigración es un fenómeno reciente, eso de «de las últimas oleadas» y no, no. Emigración ha habido desde siempre y en España desde el siglo XV hay negros. No es desde hace 20 años, ha habido influencia porque solo estamos a 14 kilómetros de África, con una relación estrecha también con Cuba... Quedarse con esa idea de que es reciente es de mucha ingenuidad.

-Tu madre también dijo eso de «no le des importancia» cuando te llamaron «negra». Tú te quedaste en shock.

-Sí, sí. A mí me lo dijeron de niña, por eso hay que darle toda la importancia. Porque muchas veces no sabemos lo que significa hasta que nos lo dicen. Y la connotación no suele ser buena. Yo a mis hijas se lo dejo claro todo el tiempo: que un día les pasará, que nunca sabes cuándo va a ser, pero pasar va a pasar. Yo siempre les digo que algún día alguien les querrá hacer daño con el color de su piel o por su pelo, pero que el problema lo tiene quien ataca. Que se sientan orgullosas de ser negras, es su herencia.

-Hablamos de formas de racismo que no son tan agresivas, pero que hacen mucho daño.

-¡Claro! Puedes ir en el autobús y que nadie se siente a tu lado, que vayas por una acera y otro se cambie, que se agarren el bolso... Estas cosas pasan. Son los prejuicios, la construcción que hacemos sobre el otro cuando no lo conocemos, y como no lo conocemos, nos da miedo, nos alejamos. Y luego están esas personas que te dicen: «Yo no soy racista, pero es que una vez un moro, un negro, un gitano...». Yo siempre les contesto: «¿Y el día que tengas una mala experiencia con un pelirrojo, vas a extrapolar esa experiencia a todos los pelirrojos?».

-Se disfraza de ignorancia también: «Déjalo, es que no sabe».

-Pasa con el racismo como con el machismo. Son estructurales, y la gente siente necesidad de desmarcarse: «Yo no soy machista». No, no. Todos, incluso yo, si me crie en los ochenta, he hecho una construcción de las personas africanas en función de lo que me ha ofrecido mi entorno, la tele... ¿Y qué construcción era? ¡Es que daba pena! Yo tengo también actitudes que debo revisar. Y las mujeres con el machismo, igual. Cuando trabajamos nuestro feminismo nos damos cuenta de que tenemos arraigadas muchas actitudes machistas, porque hemos crecido con eso. Por eso hay que desaprender, es un proceso permanente.

-En vosotras se junta machismo y racismo, se sufre doblememente. Hablas también de exotización.

-Sí, tenemos esa carga en el plano sexual, también tenemos otras en el plano laboral. Cuando se ve a una mujer negra se la reduce a unos ámbitos muy concretos, o son cuidadoras o trabajadoras sexuales... Y cuando aparece una mujer negra con estudios superiores se la trata como algo excepcional, y noooo. Noooo. Somos un montonazo de mujeres negras con estudios universitarios y profesiones diferente y diversas.

-Tú lo cuentas todo con mucho sentido del humor.

-Sí, es que para mí el humor es una manera de resistir. Si no, ¿qué hago? Si no, estoy cayendo en esa profecía autocumplida de que las mujeres negras estamos siempre cabreadas, y es otra construcción más, otro prejuicio más que se ha hecho. El humor es una manera de tratarlo de forma más amena porque el mensaje es duro y, si escuece y duele, es bueno.

-Ese escozor es «la fragilidad blanca» de la que hablas en el libro.

-Cuando a una persona blanca le dices que es racista lo asocia con la expresión máxima: que sería la agresión física o verbal, incluso el asesinato. Una vez yo dije que era muy racista que nos tocaran el pelo sin nuestro permiso, y un señor blanco me dijo: «Racismo fue el asesinato de Lucrecia Pérez, todo lo demás es buscar casito, que nos hagan caso, vamos». Y no es así. Cuando asocias racismo con su expresión máxima, entonces tú no te reconoces porque no asesinarías ni insultarías, pero esa agresión máxima no surge de la nada, se construye con unos cimientos: el prejuicio, el estereotipo, el discurso... Y al final los que se «animan» más...

-Los jóvenes negros muchas veces no saben tampoco cómo reaccionar. Por ejemplo cuando en el grupo de clase escriben chistes racistas.

-Es una posición muy fastidiada porque normalmente estás sola. Tú denuncias en un grupo y no tienes la seguridad de que alguien te vaya a respaldar. A lo mejor hay gente que piensa como tú, pero no se quieren significar. Señalar el racismo (y eso lo explico cuando hablo de la fragilidad blanca) es muy complicado. Si te callas, te quedas con la incomodidad, no se corrige y sigue pasando, pero es difícil si eres la única negra del grupo o la única negra del cole. Y muchas veces las mujeres feministas que claman tanto la interseccionalidad cuando hay conductas racistas, les puede la fragilidad blanca. Y no apoyan. Y eso lo hace más complicado.

 

-Tú relatas muy bien la falta de referentes. ¡Francine Gálvez ha sido única en la tele!

-Claro, claro. Ahora hay alguna más, Lucía Mbomio lo explica, ella es periodista y ha contado todas las personas negras que ha habido frente a las cámaras en televisión. ¿Pero tú recuerdas a una mujer negra además de Francine Gálvez?

-¡Y qué importante fue para ti «El príncipe de Bel Air»!

?Sí, y Cosas de casa, La hora de Bill Cosby... era el único momento que yo veía en España a muchas más personas como yo en la televisión. Yo viví en la adolescencia viendo MTV, eso me salvó, con aquellos grupos de hip?hop...

-¡Y el helado Negrito!

-[Risas] Sí, sí, aquello fue horroroso. Aquel anuncio: «Este verano Negrito» [lo canta imitando]...

-Y luego llegó el Blanquito [risas].

-Ja, ja. Sí, aunque solo duró un verano, ¡pero qué verano! Pude contestarles a todos los que se metían conmigo, pero bueno, duró poco.

-Es tremenda esa frase que cuentas que te dijeron intentando ligar contigo: «Para ser negra, eres muy guapa».

-Sí, sí. Esto me lo han dicho varias veces, y además es como que te tienes que sentir halagada. «¿Pero tú te das cuenta de lo que estás diciendo? ¡Qué tienes tú en la cabeza! ¿Qué quieres decir con para ser negra? ¡Pues claro que soy guapa!». ¿Tú sabes lo que nos ha costado quitarnos el complejo de fea? Eso es un trabajo que nos hemos obligado a hacer y a mis hijas se lo repito constantemente cuando las peino: qué guapa eres, qué chulo tu pelo... Es una forma muy banal, pero muy necesaria.

-Molesta mucho esa mirada de los otros cuando denuncias una actitud racista como si tú fueras hipersensible o exagerada.

-Eso es el privilegio de que, como no te afecta, para ti no es un problema. Por eso nos dicen que somos unas exageradas, porque como no lo vives y para ti no es un problema, ni te merma emocionalmente ni a nivel de autoestima... Esto no es solo una actitud de hombres, esa mirada la tienen también mujeres blancas.

-Muchas mujeres negras se debaten delante del armario: si me pongo la minifalda, malo; si no me la pongo y me apetece ponerla, malo también.

-Sí, por eso abogo por que cada una haga lo que quiera y que hablen. ¡Porque como van a hablar igual! Lo que te haga sentir cómoda. A mí me pasa con el pelo, me lo suelto poco y me gusta mi pelo suelto, pero es que si lo suelto, suscita mucha curiosidad y no voy cómoda. Ya soy alta, soy corpulenta, parece que pierdo anonimato. Siento que hay más ojos mirando. Y no quiero eso. Ahí que cada una se construya como quiera.

-Muchas adolescentes negras, como cuentas en el libro, van a sufrir discriminación a la hora de ligar. ¿Ese racismo aún se da?

-Sí, yo cuando empecé a salir con el padre de mis hijas, que es blanco, en su grupo alguien dijo: «No van a durar». Y el motivo era porque yo soy negra. Eso me pareció brutal. Su familia se comportó genial, pero no todo el mundo reacciona de la misma forma. Son los mismos ejemplos que pone Silvia Albert en su obra No es país para negras: «Es que es negra», o «Es una negra diferente porque tiene estudios»... Esos «peros» que usan son racismo puro, es complicado. Rubén H. Bermúdez, en su libro ¿Y tú por qué eres negro? también lo cuenta. A una niña blanca le gustaba un niño negro, Rubén, pero no llegó a reconocerlo. En esas edades pertenecer al grupo es muy importante, y uno del grupo dijo: «Rubén es del color de la mierda». Eso existe, es así.

-Tú también estás obsesionada con ir documentada. ¿Por qué?

-Porque a mí la policía me paró para pedirme los papeles a los 13 años ¡cuando yo nací en España! ¡Mis padres son españoles! Eso te marca, te marca muchísimo, y no voy jamás sin el DNI, nunca. Lo llevo siempre encima.

-Un chico me confesó que en Galicia un profesor le había dicho en el instituto: «¿Pero los negros llegáis a Bachillerato?»

-Es terrible, es terrible. ¡Quién se enfrenta a esa edad a un profesor! Es que no contestas, ni el grupo va a contestar. Eso es un racismo horroroso.

-Hay gente que aún cree que no pasa: que no te alquilan pisos por ser negro, que la gente no te insulta...

-Claro, yo cuando llamo por teléfono porque quiero ver un piso, como tengo acento español porque soy española me citan sin problema, luego te presentas allí y se llevan una sorpresa. Así que algunos te dicen: «Ay, es que ya lo tengo alquilado, es que justo me han dado una señal...». Te ponen excusas.

-A ti te pasó en una entrevista de trabajo.

-Sí, yo concerté la entrevista en catalán, entré en la recepción, me atendieron, pero iba acompañada de una amiga mía, Elisenda, que es blanca. Entonces esperamos en una sala de espera y cuando entró el responsable que me iba a hacer la entrevista, el hombre abrió la puerta y directamente le extendió la mano a mi amiga Eli. Me levanté inmediatamente y me fui.

-¿Crees que se solucionará esto?

-Aaaah [suspira]. Yo creo que es necesario que las personas con otras realidades sigamos hablando, no es una cuestión de que la mayoría privilegiada «nos ceda» espacio, «nos dé» voz», que eso se hace mucho desde el feminismo blanco. «No, perdona, yo tengo voz, y como mucho te echas a un lado, porque este espacio también es mío». Tendremos que seguir hablando, dialogando y que se vea lo que nos pasa. Hay gente que no quiere escuchar y con esa gente hay poco que hacer. Lo que tenemos que tener claro es que esto no es un esprint, es una carrera de fondo, los cambios no llegarán de la noche a la mañana. Creo que no los va a haber rápido, no soy pesimista, porque si no, no estaría haciendo lo que hago. Todo lo que hacemos aporta y con el paso de los años, a lo mejor mis hijas cuando sean adultas estarán en otra situación, o las hijas de mis hijas, pero el cambio llegará.

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