Sueñan los androides con ovejas eléctricas


Creo que la representación más atinada del futuro la consiguió Riddle Scott en Blade runner. Aquella oscuridad permanente y la ansiedad de los replicantes por ser humanos anticipó estos tiempos de bruma con su ejército de desheredados blandiendo la bandera de la humanidad frente al desprecio o el pánico de muchos. Era todo ficción pero esa ficción de la buena en la que se concentra la realidad con más contundencia que ayer, viernes. No sé por qué reapareció Blade runner el martes al conocer la peripecia de los ricos ingleses que encargaron un nieto para suplantar al heredero. Lo sabrán: un matrimonio de acomodados británicos ordenaron una extracción de semen del cadáver de su hijo muerto en accidente. Con la semilla en la mano seleccionaron a una señora por sus percentiles y engendraron en diferido un varón que hoy tiene tres años y que ha ocupado el drástico vacío dejado por el vástago. El incidente lo ha hecho público el ginecólogo, un científico orgulloso de su pulso con la naturaleza. La historia concentra todas las inquietudes anticipadas por predicciones como Blade runner en las que la manera de reproducirnos determina la complexión ética del futuro. Un mundo feliz, Gattaca, El cuento de la criada, la Inteligencia artificial de Spielberg son solo un puñado del infinito catálogo de reflexiones sobre el mañana en las que se apunta a la alteración natural de la manera de reproducirnos. Y casi siempre con consecuencias dolorosas. Pero siendo sinceros, hace décadas que la ciencia interfiere en el proceso. Ya elegimos cuándo tenemos hijos, ya tenemos hijos fecundados en una probeta, ya parimos hijos de óvulos ajenos, ya entregamos nuestros óvulos para que otra los geste, ya elegimos embriones sanos, ya escogemos el sexo del hijo para sortear enfermedades, ya somos madres pasados los sesenta. Con la ley en la mano, hace décadas que la ciencia ya no es ficción. Despreciando a la ley, es prudente pensar que la pareja inglesa no es la primera que encarga un heredero a la carta. Y lo más distópico del caso no es que se manoseen los límites de la ética cuyos marcos, por cierto, no son rígidos, sino culturales y temporales. Lo más perturbador es que sea su fortuna la que les permite disponer de la naturaleza a su antojo, la evidencia de que para algunos los límites solo son los de su cuenta corriente, la constatación de que lo que ni siquiera la ciencia podrá cambiar es la existencia de clases. Unos pocos surfean en el futuro y unos muchos chapotean en la Edad Media. El sueño de los androides es el mismo de siempre: la igualdad.

Autor Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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