«Llevamos 51 años veraneando en el mismo sitio»

UN CAMPISTA FIEL AL 100 % Poca gente puede decir que supera el medio siglo veraneando en el mismo lugar. Y más aún si el alojamiento es siempre cámping. Mariano Blanco «and family» saben tanto del estío en A Mariña como los propios mariñanos. Ahora ya jubilado puede permitirse el lujo de pasar en la comarca, como este año, de junio hasta septiembre. ¡Un superverano!

Y. G

Les presentamos a Mariano Blanco. En la imagen es el rey de la barbacoa, manejando las pinzas con destreza sobre el apetitoso churrasco, mientras su mujer Toña, a la izquierda, ya saborea el pincho moruno. Toda una típica estampa veraniega. Él es un ponferradino. 83 años. Ojos de un azul intenso, que han visto muchos julios y agostos en A Mariña. Con sus más de cincuenta años veraneando por estos lares, tan bonitos como desconocidos para muchos, menos para él, le otorgamos el título de Turista Mayor por excelencia. Porque lo vale.

La historia de cómo la familia Blanco acabó aquí todavía sigue causando risas cómplices en Mariano y Toña. Ambos se conocieron en una verbena. Él tenía 16 años. Ella 14. Él la sacó a bailar y desde entonces no se han vuelto a separar. Tienen tres hijos y cinco nietos. El matrimonio recuerda la primera vez que sus pies pisaron A Mariña: «Fue toda una odisea. Salimos de casa sin rumbo. Mi mujer quería ver el mar, así que buscamos el sitio más cercano. Y era Viveiro. Pero... ¿dónde estaba Viveiro? No lo sabíamos, así que decidimos salir a la aventura». En Mariano se despierta la nostalgia: «Llegamos aquí el 14 de agosto de 1967. Me acuerdo porque eran fiestas y estaba todo cerrado, por lo que no encontramos donde dormir. Mi hermana traía dos niños, y nosotros una niña. Dormimos aquí, en la esquina de la playa, porque antes no había paseo marítimo. Yo me acosté debajo de un árbol y dormí tan tranquilo. Tenía 300.000 pesetas [poco más de 1.800 euros] en el bolso. Ahora no dormiría ni con 20 euros», afirma el ponferradino entre risas.

La pareja disfrutó tanto de ese primer viaje que a partir del verano del 68 decidieron hacer de A Mariña su lugar de veraneo definitivo. Solamente fallaron en dos ocasiones, en 1979 y 1980. Entonces Toña se quedó embarazada de nuevo y tocaba remodelación del piso, recuerdan sentados en torno a una mesa de plástico, en su querida parcela del cámping viveirense. La familia Blanco prometió a partir de entonces fidelidad estival a la costa lucense. Y cumplió. Su primer destino fue la playa de Xilloi, en O Vicedo, hasta que allí se prohibió la acampada libre. Eso les obligó a «emigrar» a O Barqueiro, donde el alcalde había habilitado el arenal de Esteiro para los campistas. Allí acamparon cada verano hasta el 2006. Entonces, se repite la historia. También se acabó la acampada libre en la provincia de A Coruña. Y surgió la opción de Viveiro, como si el azar los hubiese llamado a ese lugar desde siempre. El destino definitivo. Encontraron el rincón diez para pasar sus vacaciones. Acogedor y muy tranquilo son los piropos que Mariano le lanza a la ciudad del Landro: «Me encanta Viveiro, la gente y su gastronomía. Pasear por las calles del casco histórico es como retroceder en el tiempo. Nada más verlo nos enamoramos del pueblo, y de toda A Mariña. Tiene algo muy especial».

Después de tantos años, los Blanco son prácticamente gallegos. «Los gallegos son la mejor gente del mundo», otro piropo en boca de Mariano, con la TVG de fondo, mientras su mujer intenta hacerle cambiar de canal de televisión. Misión imposible... pero sin Tom Cruise de por medio.

VIVENCIAS INOLVIDABLES

«Las amistades que se forman aquí son para toda la vida», afirma Mariano, en modo reflexivo. «Seguimos en contacto durante todo el año y programamos las vacaciones para coincidir», añade con una media sonrisa hablando de la gente que han conocido durante estas cinco décadas. Al preguntarle por el momento más feliz de su vida, el ponferradino hace una pausa y dice: «Para mí, toda la vida ha sido muy feliz. He tenido algún momento malo, como todo el mundo, pero la mayor parte del tiempo he sido feliz». «Lo cierto es que no sabría escoger un momento en concreto. El nacimiento de mis hijos y de mis nietos, por supuesto», sentencia mientras da una calada a su cigarrillo, aunque su mujer desaprueba que fume. Pero al final le consiente. Misión imposible.

Llegamos al capítulo de anécdotas estivales: «Todavía me acuerdo de los partidos de fútbol de casados contra solteros en la playa de Esteiro, o los de locales contra forasteros. Y ahí estaba yo, ¡a mis 65 años y jugando al fútbol!». Aunque hubo veranos con cara B: «Una vez me dejaron en pelotas en O Barqueiro. Me robaron todo lo que tenía en el coche, incluso los pantalones», relata con sorprendente sentido del humor. Pero como bien dice este ponferradino-mariñano: «De todas las experiencias se aprende. Incluso de las malas. Hemos pasado aquí los mejores días de nuestra vida, y por eso siempre estaré agradecido».

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