Galicia en el corazón ¡y en el nombre!

Ellos son gallegos hasta la médula. Aquí no hay Jennifers, ni Jonathans, Borjas ni Christians. En estas casas se respira Galicia por los cuatro costados. Y nada mejor que plasmar ese sentimiento en algo que irá contigo toda la vida: tu nombre


Antón, Uxía, Iago, Iria, Brais o Antía... frente a Hugo, Noa, Martín o Sara. Si de un ring de boxeo se tratase, el bando castellano se llevaría la victoria de esta pelea onomástica. Entre los diez nombres con más éxito entre los padres de nuestra comunidad no hay ninguno gallego. Pero nosotros nos hemos propuesto encontrar el más difícil todavía: una familia en la que todos sus miembros tengan nombres gallegos. Complicado sí, pero haberlos haylos

En el parque de Eirís encontramos a una pareja habitual, madre e hijo, que suelen pasar parte de sus tardes en este rincón de A Coruña. Comparten look (pelo corto y moreno) y algo más... un nombre gallego que empieza por x. Ellos son Ximena y Xoel, la pareja ‘xis’.

Es curioso porque Xoel no iba a ser Xoel. Ximena y su pareja, Marcos, estaban convencidos de que lo que venía era una niña, pero sus planes cambiaron en la segunda ecografía: «Eu pensaba nomes de nena acotío pero deixamos a escolla para a última etapa da xestación, para non adiantarnos aos acontecementos... e xa ves, fixemos ben». ¿Y cómo fue esa elección definitiva? «Pois estabamos un día na cociña, Marcos e mais eu, e el propuxo Xoel. Pareceume un nome fermoso. Foi instantáneo». Como el café. Y así quedó. No hubo vuelta atrás. Llamaron a los abuelos maternos -que en ese momento estaban en Buenos Aires- para contarles cómo se iba a llamar su nieto. «Sorprendéronse porque na Arxentina ninguén se chama así, claro, pero gustoulles. Soáballes moi ben».

Xoel responde a la tendencia de moda: nombres cortos, y por ahí fue la búsqueda inicial: «Si que valoramos outras posibilidades, pero sempre nomes moi simples, curtos, nada de extravagancias» (imaginamos que con esto último se refiere Ximena a Jonathans o Joshuas). Curiosamente no buscaban referencias religiosas. Escaparon a esa costumbre tan de antes de poner al hijo el nombre del santo del día... Tampoco querían herencias familiares. Cuando Ximena buscó un día el origen del nombre (Xoel es uno de los doce profetas menores, un nombre muy usado por los hebreos) se echó a reír: «Botei unha risotada pero bueno... xa estaba feito, era fermoso e quedáballe xenial».

¿Por qué un nombre en gallego? Lo tienen claro. «Porque é a nosa herdanza. É o que somos. No noso caso, a unión de dúas familias galegas que desembocan en Marcos e Ximena [nacidos, por cierto, en Alemania y Argentina, respectivamente], asentados de novo na súa terra».

La elección de su nombre, Ximena, no fue casual. «Eu son arxentina de arriba abaixo, pero a miña familia é galega cen por cen. Os lugares onde naceron, a súa lingua, a comida, as súas lembranzas...». Los padres de Ximena sabían perfectamente cómo querían llamar a sus hijos y por qué. La literatura, la culpable. Y en concreto, El Cid. El hermano de Ximena se llama Rodrigo. Y como en la historia del famoso campeador, no se entienden el uno sin el otro. Unidos por el amor que se profesan y por la relación inquebrantable entre sus nombres. «Ximena é un nome moi popular no outro lado do Atlántico, pero ao chegar aquí, coñecín a varias nenas que se chamaban igual».

¿Habrá más descendencia con nombre gallego en esta familia?: «Pois a verdade é que non entra nos nosos plans ter máis fillos, pero teño claro que, se chegan sobriños ou sobriñas, tentarei presionar para que leven nomes galegos. Xa teño algunhas ideas», se ríe.

«Airas rompe unha tradicións de Martíns»

Martiño, como todo el mundo le conoce, no siempre fue Martiño. El alcalde de Santiago nació como Martín -uno de los nombres preferidos por los padres gallegos-, pero decidió cambiarse el nombre a los 18 años: «Antes non se podían facer modificacións. Co nome que che puxeran tiñas que vivir toda a vida, pero logo a cousa mudou. Cando cumprín a maioría de idade fun a Fontiñas, onde a oficina do Rexistro Civil, e pasei a chamarme Martiño». De hecho, ya nadie le llama Martín -relacionado con el dios Marte-. Tan solo algunas personas vinculadas a su infancia.

Quiso el destino que su compañera de vida, poeta de profesión, también llevase nombre gallego, Antía -de los más utilizados en las últimas tres décadas-, y cuyo significado en griego es «florida». Hace cuatro años que fueron padres por primera vez. Entonces nació Mara. Y este mes de junio llegó al mundo Airas. ¿Cómo eligieron sus nombres? Pues tirando de libro. Uno especial. El Diccionario dos nomes galegos, de Ferro Ruibal, publicado a comienzos de los noventa. «Esa foi a nosa referencia -dice Martiño-. Fomos escollendo varias posibilidades cun método nada conflitivo. O do semáforo vermello. Se algún non lle gustaba a unha das partes, borrábase da lista. Quedaba vetado. Así foi quedando unha terna final». En el caso del último ganó puntos Fiz, por la iglesia que está al lado de la Praza de Abastos, pero pesó la referencia a Airas Nunes, insigne trovador compostelano. Finalmente, este se llevó el gato al agua. El nombre del pequeño viene a romper una tradición familiar, y es que el regidor de Santiago es la cuarta generación de Martines.

Sobre la decreciente moda de los nombres importados, Martiño es lo más opuesto a una postura radical: «A miña máxima é prohibido prohibir. Como se di por aí, para gustos, cores. Nós non poñemos nomes en galego cun ánimo exemplarizante, senón por unha cuestión de sensibilidade coa nosa terra».

«Nos han llamado Lucía, Uchía, Ángela y Angy»

En Galicia hay cerca de 4.000 Uxías y 300 Ánxelas. Y las hermanas Trillo, de A Coruña, se cuentan dentro de la lista. «A Uxía se lo pusieron nuestros padres y, a mí, que soy la pequeña, entre mis padres y mi padrino. Además de que les gustaban los nombres, quisieron ponerme un nombre gallego igual que a mi hermana», cuenta Ánxela. Nacidas en 1987 y 1991, respectivamente, no coincidieron en clase con muchos niños que llevasen un nombre típico de Galicia. «En la mía había un chico que se llamaba Brais, pero éramos los únicos», señala Uxía. Lo mismo le ocurrió a la hermana menor, que solo recuerda compartir aula con una Antía. Una de las ventajas de tener un nombre menos frecuente es que, cuando se giran al escucharlo, se dan correctamente por aludidas. «Conocemos a alguna Uxía, pero nunca hemos coincidido con ninguna otra Ánxela», aseguran.

Por la pronunciación de sus nombres, han vivido alguna que otra anécdota divertida. Aunque señalan que «en Galicia casi todo el mundo los pronuncia bien», aún existe «mucha gente que dice Usía y Ánsela». «Algunos me llaman Ángela o Angy. Supongo que les es más fácil de pronunciar, o yo qué sé», dice la pequeña. Cuando Uxía se fue a Perú a pasar una temporada, recuerda que la gente la llamaba Uchía o Uchi. Ni siquiera en su aldea, la vimiancesa Baíñas, acierta todo el mundo: «Un señor estuvo trece años llamándome Lucía, hasta que un día se lo dije». «A mí algunos niños me llamaban Ánguela y mi primo, Andelalá. De hecho, todavía hay gente que me llama así en la familia», explica Ánxela. Pero ellas no tienen queja, ya que afirman estar orgullosas de sus nombres y tienen claro que les gustaría que sus hijos llevasen también un nombre gallego: «No les pondríamos los nuestros, pero sí uno de aquí».

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