Voy a clase de chino para entender a mi hijo

UNA MADRE DE CHAMÍN A PEKÍN No es un cuento chino. Vero, madre aplicada, ha pasado por la Escuela de Idiomas y asiste a una academia para captar las conversaciones de los chicos de su vida. Con 2 años, Cibrán aprende chino con papá, Rui. Él, que puede sonarles de «Land Rober», dice que ella debe aplicarse al idioma para aprobar. La retranca se impone al humor amarillo en esta familia galiasiática que quería aldea y arraigó en Santaia de Chamín


Cibrán tiene 2 años y sabe latín. Hay que verle tomándole el pelo a su madre, Vero, con su dominio del chino mandarín. Ella se pierde. Él crece en chino, mano a mano con su padre, Rui, en su casa de Santaia de Chamín (Arteixo). Vero y Rui se conocieron y se enamoraron en A Coruña, pero años antes de tener a Cibrán pasaron un año en una provincia cerca de Pekín. «Nos fuimos por trabajo en el 2008. Cuando vivíamos allí, me apunté a clases de chino. Y no tenía mal nivel... Cuando nació Cibrán y empezó a hablarlo con su padre, sí le entendía. Al principio era un vocabulario corto y sencillo. Pero después empezó a crecer [el niño y sus palabras], las conversaciones con su padre se hicieron difíciles y ya empezó a costarme seguirles», admite Vero. «A veces disimulo, hago como que sé, le digo a Cibrán: ‘Venga, venga, hazle caso a papá’, pero no sé lo que le dijo». Pasa hasta en las familias monolingües.

Tras una prueba de nivel, que Vero superó con un «básico», esta madre aplicada que aspira a nota se ha apuntado a una academia tras pasar por la Escuela de Idiomas.

¿Progresa en chino adecuadamente o no?, pregunto a Rui sobre Vero. «Bueno... tiene que mejorar -sonríe Rui-. Pero en China se movía bastante bien». «Tenía nivel turista. Digamos que me podía mover. Pero hoy Cibrán me supera en chino y en pillería. Ahora dice: ‘Papá dice tupi, mamá dice bariga’», sigue Vero. ¿Y a Cibrán qué le gusta más, la barriga o la tupi? «¡Este!», dice Cibrán poniendo un dedo fugaz en la grabadora.

SON PAIS QUE FAN PAÍS

Rui, ingeniero informático que lleva casi 30 años en Galicia, fala galego y se considera «más gallego que español, pero una cosa no quita la otra, y chino, claro...». En idiomas, dice, se adapta sin problema a su interlocutor.

El que une a Vero y Rui es un amor de aquí a Asia. Transoceánico. Continental. De amigos de amigos que se acaban convirtiendo en pareja de viejos conocidos. Su hijo nació en Galicia. Y tuvo que ser Cibrán. «No peleamos por el nombre -dice Rui-. A mí, personalmente, me gustan los nombres gallegos...». «Y yo tuve un compañero de Universidad que se llamaba Cibrán. Conocía el nombre y me gustaba», dice Vero. «Rui no quería que el nombre fuese chino. Chino ya es el apellido». Y nació Cibrán Guo. Con un apellido que suena un poco gallego, ¿no? «Sí, sí...», admite con diplomacia Rui. ¿En qué idioma son los cuentos para dormir? «¡En los tres! Cibrán no distingue los cuentos por idiomas, sino por lo que cuentan. A veces me da uno en chino y le digo: ‘Yo este no, que no sé, que está en chino’ y no acepta que no lo sepa leer», comparte Vero.

Rui a Cibrán le cría en chino, y en chino le cuenta el cuento aunque esté escrito en gallego. La traducción simultánea también es un fuerte en este hogar que cuida «el que es en este entorno el idioma más vulnerable, el chino. Había que afianzarlo, y para eso no podía ser un idioma de a veces», explica Vero, que elige el castellano para comunicarse con Rui. «Nuestra relación se estableció en castellano y el idioma en que nacen las relaciones emocionales es definitivo», aseguran.

Papá y mamá no cambian en chino. Se llaman igual, pero sin acento de agudas. Hay palabras que Cibrán solo dice en chino, como «dinosaurio». Él aprendió «coulon» y es «coulon» en todos los idiomas y contextos, una especie con un nombre fijo que no se extingue en el ecosistema familiar. A veces, Cibrán juega a engañar a su madre con las palabras. «¡Me examina él a mí!», asegura Vero.

Galiasiáticos, ellos reivindican la mezcla y la aldea. «Nosotros vivimos en aldea-aldea, con gallinas, vacas, iglesia, cruceiro y todo. Llevamos un año en Santaia de Chamín. Los dos queríamos aldea. Tanto mis padres como los suyos nacieron en aldea y evolucionaron a piso-ciudad. Y nosotros crecimos en piso y queríamos volver a la aldea. Lo llevábamos pensando diez años -cuenta Vero-. Al nacer Cibrán, fue como si una raíz creciese hacia abajo y me agarrase a la tierra».

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