Por fin superé mi fobia

COMO JUAN, AHORA SIN MIEDO. No te permite hacer una vida normal. Cada uno de nosotros podemos tener una en nuestro currículo vital, más o menos grande, pero llegará el día en que, como ellos, habrás dicho ?adiós, fobia, adiós?


Este chico tenía pánico a hacer cualquier cosa en público y eso que se apellida Voces. Para el vigués Emi Voces de Onaindi González, aunque nacido en Santiago en 1979, el teatro ha sido la luz al final del túnel que suponía enfrentarse a la gente y que le plantaba un muro ante sus oposiciones a registrador de la propiedad. Se hace un largo largo silencio cuando le pregunto si son muy difíciles. El número 410, que le tocó por sorteo, responde rotundo: «Es la más difícil del Estado». Su talón de Aquiles era el examen oral, que podría tocar en mayo. ¡Suerte, Emi!

TABLAS... DE SALVACIÓN

La vida de este joven que hace trece años se vino a Viveiro para poder estudiar más tranquilo está marcada por episodios como entrar en modo pánico total por tener que hacer algo en público. El típico tópico, cuando escuchas del profesor el temido ‘sal a la pizarra’. «Horroroso de toda la vida, pero por suerte, por mi apellido, Voces, por la uve, siempre estaba en la esquina y más o menos me libraba», rememora. Una vez, cuando debido a un trabajo mal hecho recibió una bronca del maestro ante toda la clase. Otra, una fiesta de disfraces en la que su madre lo vistió de troglodita.

«Sentí el ridículo más absoluto y me puse a llorar, fue también insuperable», recuerda. A Emi tampoco se le borró de la memoria una sesión pública de kárate en un pabellón: «En el momento en que salí y vi todo aquel gentío, me empecé a sugestionar». Mareos y náuseas, dolor de barriga, un sudor frío, vista nublada, pesadez en la cabeza, incluso incontinencia... Eran síntomas que le hacían la vida imposible. Hablar en público siempre fue para él un reto como lo sería para cualquiera de nosotros, menos para Chus Lago, escalar de repente el Everest. Salvo que llegue el momento en el que no te quede otra que escalar. Con sherpa o sin sherpa. «En las oposiciones, con el examen oral no me queda otra, entonces decidí meterme en teatro (...) Estás allí, con los demás y empiezas a darte cuenta de que es absurdo y tienes que afrontarlo. Al fin de cuentas, no es más que ser libre». «Sí, el teatro fue un salvavidas», dice, con ayuda de Lara, la profesora. «Aún me cuesta pero sí se puede decir que lo he superado. Un examen oral no deja de ser una representación teatral, tienes un guion, un público y no solo tienes que dar contenido sino también continente». La primera obra, que además fue callejera, fue El retablo de las maravillas.

Le quedan fobias pendientes. A las arañas, «asco monumental». Y a las algas, ni verlas ni en pintura, ni en la famosa fotografía de la artista viveirense Maruja Mallo cubierta por ellas. Desde un día en que se le ocurrió tirarse desde el puente entre la playa del Vao y la Isla Toralla. No podía moverse. Ni en Curaçao, en su luna de miel, podía ir más allá de las aguas cristalinas. No digamos en la oscura costa gallega. O se paraliza o bate récords nadando a crol. «El Michael Phelps me da la risa», dice.

«Te proteges ante lo desagradable y lo adornas de manera perfecta para que nadie te pueda sacar de tu palacio de cristal», reflexiona. «Hay fobias y fobias, pero cuando se confrontan con tu vida pienso que se pueden superar porque es una pelea contra ti mismo. Te has marcado ese límite porque no quieres afrontarlo y depende de hasta qué punto quieras superarlo para llevar una vida normal y ser libre», finaliza Emi Voces.

 Ángeles Porto, fobia a conducir: «Tardé cuatro años en coger el coche»

Ángeles Porto llevaba más de 20 años conduciendo cuando en el 2001 un accidente de coche en A Malata le provocó un miedo insuperable a ponerse al volante. Amaxofobia es el término técnico para definir lo que le sucedía. Un problema tan grave que la llevó a dejar su trabajo, para el que necesitaba un vehículo que se veía incapaz de utilizar.

«Al principio hasta ir como pasajera era un sacrificio terrible. Lo hacía porque tenían que llevarme al médico, pero pasaba noches enteras sin dormir», explica. Esas sensaciones se fueron amortiguando y transformándose en inquietud. «No era algo que estuviese solo en mi cabeza, eran sensaciones físicas. Me entraba mucha angustia, me dolía el estómago y me volvían los mareos. Hasta me temblaban las piernas», relata. Un día Ángeles decidió contarle su situación a Beatriz Dorrio, una psicóloga con la que coincidía en una asociación de minusválidos. «Me dijo que tenía que recuperar mi vida normal y que íbamos a empezar una terapia. Al principio consistió en hablar mucho. Luego vino lo difícil. Me hizo subirme de nuevo al coche».

El primer paso fue sentarse al volante. «Primero unos minutos. Luego tenía que aguantar cada vez más. Cuando logré estar un cuarto de hora en el garaje con el coche apagado fue el momento de encenderlo». Solo girar la llave en el contacto ya fue un triunfo, porque hasta la vibración del motor le generaba sensación de angustia. «Lo más difícil fue cuando me dijo que tenía que atreverme a moverlo un poco. Meter la marcha y desplazarlo unos centímetros. Puff...». El proceso fue lento, tanto que necesitó más de un año de terapia. «Al final fueron cuatro años desde la operación por mi accidente los que tardé en volver a coger un coche sin que me temblasen las piernas», cuenta Ángeles.

Ella tiene claro que sin ayuda profesional habría sido imposible. «Es terrible cuando la gente dice que lo que te sucede es una tontería y que con el tiempo se te pasará. Te hacen sentir mal y no es verdad. Ante cualquier fobia es imprescindible pedir ayuda profesional», asegura Ángeles.

Susana Díaz, fobia a volar: «Soy de las que se agarra fuerte al asiento en el despegue y estruja el brazo del pasajero de al lado»

No podía ver un avión ni en pintura. Ya no digamos esas películas sobre catástrofes aéreas tan propias del cine americano. Susana le tiene fobia a volar desde que nació. «Es un miedo irracional. No me gustaba la idea de permanecer encerrada en un espacio pequeño del que no podía salir», comenta esta joven coruñesa de 33 años. Su pánico a las aeronaves la dejó en tierra más veces de las que ella desearía. Se perdió viajes imperdibles: «No pude conocer a mi tío ?ya fallecido?, que vivía en Australia, con mis primos. Además, todos los años mis amigas me hacían la misma pregunta ¿a esta excursión vienes, no? y siempre recibían la misma respuesta». Ni Londres. Ni Malta. Ni Grecia. Pero algo cambió en la cabeza de esta asesora en tecnologías de la información. ¡Y sin ayuda de psicólogos!. «Hay que prevenir y adelantarse a los pensamientos que originan tus miedos, racionalizarlos. Yo creo que nadie mejor que tú mismo para superarlos porque eres la persona que mejor te conoces». Su luna de miel marcó el antes y el después. El romántico París y el amor ejercieron de antídoto: «Fue una gran motivación, desde luego, aunque trabajé mucho para conseguirlo». Era un vuelo directo desde Santiago. Susana recuerda la tensión y la emoción que acompañaban cada uno de sus movimientos: «Cuando puse el pie en el avión me dieron ganas de darme la vuelta». Es de las que se agarran fuerte al asiento cuando va a despegar: «El aterrizaje me gusta más porque significa que la prueba está superada». Reconoce que tuvo ayuda a bordo: «Una sobrecargo estuvo todo el viaje pendiente de mí y me pasó a primera», admite con una sonrisa en la boca. «Pasé las dos horas y pico del trayecto concentrada en la tarea y repitiéndome a mí misma que merecía la pena». Ha vuelto a volar dos veces más, una de ellas a Milán, y con una compañía de bajo coste. Dice que hasta disfrutó de la experiencia: «Me lie a comprar artículos del catálogo: dos perfumes, un esmalte de uñas...». Próximo destino: Glasgow. Para volar a las Antípodas habrá que esperar un poquito más.

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