Alain Hernández: «El amor de mi vida es mi perro Trastu»

Este año lleva su nombre. Alain Hernández está en cartelera con «Que baje Dios y lo vea», en la tele con «El Accidente» y se prepara para dos estrenos más en el cine. «Son cosas que pasan», dice este fan del Barça que dejó de vender jamones para ser actor: «De momento parece que me salió bien».

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Ser actor le costó el trabajo, pero también el divorcio. Completamente repuesto y feliz de haber seguido sus impulsos -creo mucho en las energías, asegura- su auténtica debilidad es su perro Trastu, al que lleva tatuado en su pecho. Si hay algo que tiene en común con el entrenador al que interpreta en Que baje Dios y lo vea, es su pasión por el fútbol. «Soy culé y fui al estreno con mis propias botas», asegura Alain, que le marcó un pedazo de gol a su vida.

-Eres el perejil de todos los estrenos.

-Se ha juntado un poco todo. Son cosas que pasan, que vas rodando cosas y luego se juntan. Y quieras que no, por ejemplo, para que Baje Dios y lo vea ha ido muy bien lo de El Accidente a nivel mediático. Pero nunca sabes. Yo contento, claro.

-En la peli haces de entrenador del equipo del convento San Teodosio para salvarlo. ¿Qué tal con el fútbol?

-Bien, a mí siempre me ha gustado, soy muy futbolero y en casa siempre lo fuimos, tanto mis hermanos como yo. Jugué al fútbol muchos años también, y soy muy del Barça. De hecho, al estreno de la peli fui con unas botas de fútbol mías.

-Les obligas a subir las escaleras del convento corriendo. Serás muy culé, pero el último en hacer eso con su equipo fue Zidane, que les mandó subir las del Bernabéu.

-¿Ah, sí? No me fijé en él, la verdad, ¡ja, ja, ja!

-¿Qué entrenador serías?

-Un Cholo Simeone, un tipo muy echado para adelante, muy inspirador, motivador, de predicar con el ejemplo y de ser generoso con los compañeros y todo eso.

-Haces de un religioso distinto, enrollado, con un punto rebelde.

-Claro, él es un cura misionero que está en África y es un tipo que se juega la vida por defender a sus chavales para que no se los lleve la guerrilla. Y bueno, hace ciertas cosas y lo envían al monasterio este de San Teodosio donde está Karra Elejalde de prior, que tiene una manera muy diferente de entender la fe. Él es mucho más conservador, estricto, jerárquico, casposo en general. Mi personaje es un poco la estrella del rock and roll que viene a poner eso patas arriba, yo diría que cree más en las personas que en Dios, fíjate en lo que te digo.

-¿Tú también?

-Sí, con eso también me identifico yo. Yo creo mucho más en las personas que en Dios, y en las energías.

-El míster tiene un fondo muy bueno, y eso lo comparte con Juan, tu personaje en «El Accidente».

-Sí, los dos personajes van con el corazón en la mano todo el rato. El de Que baje Dios y lo vea es un poco más echado para adelante, que Juan también lo es, ¿eh?, con los temas de empresa por ejemplo. Es un tío muy válido, muy trabajador, de predicar con el ejemplo, un tío serio, honesto, responsable. Pero luego, claro, que te involucre en temas de drogas tu propio hermano es lo que le hace vivir todo el rato en la sorpresa y en el miedo.

-Tus dos grandes referentes son Luis Tosar y Javier Gutiérrez. ¿Te entiendes bien con los gallegos?

-Sí, a mí me encanta Galicia. De hecho yo hice la mili ahí, juré en Ferrol y luego me destinaron a la Escuela de Transmisiones de la Armada en Vigo. Además, he tenido la inmensa suerte de poder jugar con Javi y con Luis en Plan de fuga, y los considero los dos mejores actores del cine español. Luis es por el que tengo más devoción. Ojalá pueda volver a jugar con ellos, igual que con Karra, que ha sido un aprendizaje continuo. Juegan en otra liga. Yo lo único que puedo hacer es intentar estar a su altura y aprender.

-A ti te pasa un poco lo que a Tosar con ese físico de tipo duro. ¿Marca mucho?

-Sí, bueno, la ausencia de pelo te hace más duras las facciones ja, ja. Pero todo es una cuestión de que confíen en ti para darte ese papel de buenazo como en El Accidente o en Que baje Dios y lo vea. Y lo interpretas con el mismo rigor y con el mismo éxito que uno de malote.

-Además tengo entendido que eres muy sensible.

-Sí, soy sensible. Me han educado así también, yo qué sé, tengo unos padres y unos hermanos maravillosos. Aunque no es tanto así mi familia ¿eh?, he sido más yo que he salido más sensiblón, y quizá mi perro me ayuda a eso también.

-De hecho dices que llevas tatuado al amor de tu vida, que es él, ¿no?

-Sí, de momento... A ver, tampoco voy a hablarte de mis parejas, ja, ja. Pero es el único que sé que va a estar conmigo toda su vida y qué menos que hacerle ese homenaje, y es el único tatuaje que llevo en todo el cuerpo, en mi corazón.

-Cada vez te reconocen más por la calle. ¿Una situación que te incomoda?

-El otro día había un grupito de chicos y chicas que estaban: «Que no es», «que sí que es». Y es que lo estás viendo, porque es delante de ti, y es una cosa rara. Entonces una sacó el móvil para buscar, y yo resulta que iba en esa dirección, y estaban mirando una foto mía. Entonces les dije: «Que sí, que sí que soy». Y ya dijeron: «Ay, perdona, teníamos la duda». Incomoda más que estén mirando y debatiendo si soy o no soy, que no que vengan a hacerse la foto. Ven, ¡si no muerdo! Soy una personal normal. Coño, nadie va al farmacéutico a decirle: «Oye, me ha encantado cómo me has vendido el ibuprofeno, tío». Somos unos privilegiados de que nos elogien, aunque también estamos expuestos a que nos critiquen.

-Te lo tengo que preguntar, ¿cómo pasa uno del jamón al set de rodaje? ¿Ha sido el gran salto de tu vida?

-Esto fue siguiendo todo una progresión. Primero hice un curso de teatro que fueron seis meses, después el profesor me aconsejó que tenía que ser actor. Luego hice los tres años de Arte Dramático. Al terminar, ya estoy haciendo cositas en las televisiones locales, compaginándolo con la empresa familiar. Después ya estuve con Jordi Évole en la primera temporada de Salvados y ahí fue cuando empecé a ganar un poco de dinerito y decidí tomar ese camino. No fue fácil, porque se juntó con otras cosas a nivel personal. En aquel momento mi pareja no lo vivió bien, nos divorciamos. A mi padre le diagnosticaron también en ese año Alzhéimer... Y me lo planteé como un reto, qué hacer en la vida. Creo que son los únicos momentos en los que uno tiene que ser egoísta.

-No es fácil cuando no te siguen.

-Es complicado, porque te sientes solo, cada dos por tres estás dándole vueltas de si te estás equivocando o no, pero siempre he sido un tío muy positivo y he creído mucho en mis posibilidades. Son sinergias, si uno sigue para adelante todo va para adelante. Y mira, parece que de momento la apuesta salió bien. Y la familia, que en un primer momento no lo entendió, ahora a todo el mundo se le cae la baba.

-¿Era una manera de demostrarte a ti mismo y a los demás que podías llegar alto en algo que no te venía heredado?

-Sí. Yo recuerdo que a mi padre le preguntaba, le decía: «Lo que yo necesitaría es saber hasta dónde yo podría llegar en algo empezando desde cero, desde abajo». Mi padre me educó en el trabajo y en el esfuerzo, y yo me levantaba a las cinco y media de la mañana y cogía la furgoneta y me ponía a llevar jamones. Yo era así, pero pensaba: «Por mucho que trabaje y predique con el ejemplo y todo, yo soy jefe desde que he nacido porque soy hijo del jefe en una empresa mediana». Entonces yo quería saber hasta dónde podría llegar, esa sensación de ir subiendo escaleritas, cada día un peldaño. Era una cuestión de superación personal, que tenía yo esa inquietud. Y él me decía que lo entendía, pero que podía pensar dónde cogía yo la empresa y hasta dónde la hacía crecer. Y yo: ‘Ya, ya, pero es que estoy hablando de mí’. Pero bueno, él me entendía, porque él también la creó de la nada. Un tío que trabajaba para otra empresa y en su momento dijo: ‘mira, yo creo que me puedo dedicar a esto solo’. Y le admiro, le admiro... [llora]. Es que me emociono.

-Pues sí que eres sensible.

-Lo admiro como la persona más trabajadora y más humilde que he conocido. Él me entendía en mi inquietud, y ahora... pues aún lo entiende más.

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