Papá Noel, 38 años aparcando en Galicia

DE LAPONIA A CORUÑA POR NOCHEBUENA Sucedió una noche, hace casi cuatro décadas. «Vi desde el trineo la torre de Hércules, y dije: ?Es maravillosa. Tengo que bajar?», cuenta la versión riquiña del hombre del saco. Entonces no era tan difícil aparcar, recuerda.

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Tiene la barba en blanco roto, la nariz roja, una barriga batiente y gafas de sol. La verdad... visto de frente, cara a cara esta víspera de Navidad, me sorprende más que un roscón sin regalito. No me lo imaginaba yo así. «Pues llevo casi cuarenta años dejándome ver por Galicia. No fallo una Nochebuena en A Coruña. Y cambié las gafas por estas oscuras porque el frío y la nieve me hacen daño en los ojos», informa Papá Noel, que tiende su mano de guante blanco al recibirme en una céntrica calle coruñesa, a solo un día de su gran noche. Qué pasará, a quién visitará este abuelo rojo (desde que fichó por Coca-Cola) que aporrea las puertas cada 24 de diciembre y suele ir por guarderías y escuelas infantiles antes que de hogar en hogar. «Yo siempre aporreo las puertas para que se note que llegué... si quiero que la visita sea presencial», cuenta. El señor Noel tiene una debilidad de décadas por Galicia, y en concreto por la ciudad en la que nadie es forastero. «Vengo de Laponia finlandesa cada Nochebuena desde un día en que descubrí que aquí había niños con ilusión... Vi A Coruña desde mi trineo y dije: ‘Es maravillosa. ¡Tengo que bajar!».

Hay grandes y pequeños que le han visto, incluso existen documentos gráficos caseros como el que ilustra este texto, donde Papá Noel posa junto a Anika, Javi, Julia, Max, Palomita, Mateo, Pepito, María y Clara.

MADE BY MAMÁ NOEL

Cuando Papá Noel empezó a aterrizar en suelo koruño ya había lengua propia, leiras, Juan Flórez, pero aún no Milenium, ni bola de San Pedro, ni la enorme esfera de Navidad de La Marina que copió Vigo para aspirar a convertirse en uno de los destinos starlight del año... ¿no? «No, no, cuando yo empecé a venir por aquí no había nada de eso. Lo que me llamó la atención desde arriba fue la torre de Hércules... y el Obelisco. No había tantos monumentos como ahora ¡ni tantos obstáculos para aparcar! No era tan difícil», subraya Papá Noel, que está al tanto del «Intelect» de las rotondas por estos pagos. Pero hay cosas que no cambian. Entre otras, «la cara de los niños al verme. Algunos se quedan callados, otros lloran de nervios o de miedo. Les pregunto en voz baja: ‘¿Cómo te llamas?’ Y el niño responde en voz bajita. Es incapaz de levantar la voz con la tensión que tiene. Si hago visita presencial antes de pasar a dejar los regalos de noche de casa en casa, encuentro tres tipos de niños, los tímidos, los asustados y los pillos, estos me tiran de la barba o del saco... pero yo los acabo dominando. Si son muy traviesos, los levanto, los meto en el saco y ya se montó el follón, jo jo jo». Pero esto es más propio de Bad Santa, ¿no?

Con un carácter más afable que competitivo, con su aura de padre helicóptero esencial, Papá Noel aún recuerda, de sus primeras visitas coruñesas, a los pajes reales que recibían el correo para Sus Majestades hace cuatro décadas. Entre otros sitios, en El Pote, en ese recuerdo de lugar donde hoy se levanta un funcional y discreto hotel.

«Yo soy un profesional», asegura poniendo cada o redonda en su lugar. No vayas a pensar que compro el traje en bazares baratos, dice, «ni que voy en tenis por la calle, como algunos que se hacen pasar por mí...». Se ve que su traje tiene tela, que abriga como el pelo que se lleva, que contagia color ese rojo chillón. «El traje hizo mi mujer hace 38 años», cuenta. ¿Mamá Noel? «Sí. Sí. La misma. Mi traje está hecho así para resistir el frío de Laponia. Yo salgo de allí con -35º y con estas gafas para protegerme del frío». La señora Noel tiene un papel activo en este cuento añoso de Nadal. «Tenemos un taller en el que trabajamos con los elfos todo el año», detalla.

Por él no pasa el tiempo (es lo que tiene la gente que siempre ha sido mayor...), no quiere oír hablar de jubilación, como si no acusase los años de vuelo en pleno invierno. Papá Noel tiene buen saque y equipazo, Mamá Noel, los elfos y «mis nueve renos. Son ocho y Rudolf», enumera. Él que siempre tiene el mismo aspecto, el de los tipos sin edad, ha visto crecer a muchos niños.

¿Son muy distintos los niños de ahora de los de hace 38 años, Papá Noel? Dinos. «Las cosas han cambiado mucho, pero los niños siguen pidiendo lo mismo que hace casi cuarenta años. Juguetes. ¿Cuáles son tus preferidos? «Me gustan los detalles, yo suelo dejar regalos pequeños, cuentos... Y llevo el saco lleno de caramelos», responde.

La jornada del 24 es joven y larga para Papá Noel, que visita a unos 30 niños en A Coruña cada Nochebuena. «¡No me da tiempo a más! Esto es presencial; luego, durante la noche a partir de las doce empiezo a ir por cada casa, entro silenciosamente, y dejo regalos en cada habitación o bien al pie del árbol de Navidad», comparte.

¿Condición para recibir regalos? «Ser bueno durante todo el año, haberme pedido regalos y estar dormido. Si sospecho que los niños están despiertos no dejo nada», ríe Papá Noel con una retranca de polvorón que deja un rastro de migas muy real...

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