Larga vida al viejo ultramarinos

UNA TIENDA DE BARRIO, la vida de cuatro generaciones y un niño con una libreta y un lápiz. Roque abrió la puerta de los recuerdos y reveló que este ultramarinos escondía una historia. Escribió un cuento, ganó un premio y nos descubrió a la tendera que llenó la despensa de Luis Seoane y Rafael Dieste.

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Un día, el profesor de Roque, Enrique, animó a su clase a escribir una historia sobre una tienda de barrio. Roque se fijó en un ultramarinos de toda la vida de la calle Rey Abdullah, en A Coruña. En esa pequeña tienda en la que su madre, Paula, se paraba a comprar el pan. Pensó que sería curioso saber algo más de ese local entrañable en el que conocían a su madre por el nombre. Con una libreta y un lápiz en la mano Roque se fue al ultramarinos Iglesias. Allí habló con Empera, Emperatriz Iglesias, la fundadora de la tienda, y su hijo Emilio, el responsable del negocio ahora. Y mientras Roque tomaba notas en la libreta, su madre y él se quedaban con la boca abierta. Por esta pequeña tienda de barrio habían pasado, y crecido, sus abuelos, y hasta su bisabuela hacía la compra allí cuando casi no había casas en el barrio. Roque, que puede recitar canales de Youtube de memoria y que nació con un iPhone casi debajo del brazo, escribió la historia de Empera y la de su familia. El texto, que tardó un día en acabar, le valió un premio. Y, orgulloso, corrió a decírselo a Empera. Se lo llevó impreso y enmarcado y se lo regaló. Porque Roque forma parte de esas familias enteras que han crecido al lado de esta mujer de 76 años. Porque el ultramarinos de barrio, ese que siempre está abierto cuando necesitas pan o un kilo de patatas, bien se merece un homenaje. Y, como demuestra Roque, hay relevo generacional en la clientela de las tiendas de barrio. Como dice el pequeño en la historia que le valió un premio: «Que os meus fillos poidan disfrutar dela como xa fixeron os meus avós, a miña nai e os meus tíos».

TENDERA DESDE LOS 15

Cuando tenía 15 años, Empera se subió al «coche de línea» en Ortigueira acompañando a su hermana Lupe, de 21, y pusieron rumbo a A Coruña. «Mi hermana había estudiado Empresariales en la Escuela de Comercio y estuvo a punto de irse a Madrid. Al final decidió quedarse en Galicia y las dos nos vinimos para aquí», recuerda Empera. Abrieron el ultramarinos y el barrio las acogió con los brazos abiertos. Empera, el diminutivo de María Laura Emperatriz -«me pusieron Emperatriz por la madre de mi madrina»-, servía café con carajillos y preparaba bocadillos de sardinas para los obreros de la zona. También llenó la despensa de ilustres como Luis Seoane, Rafael Dieste o el pintor Peteiro. Entre su clientela de hoy, está el ilustrísimo Xosé Ramón Gayoso, presentador de Luar. Empera sigue buscando en los recuerdos de su memoria: «Me acuerdo de cuando venía a hacer la compra la bisabuela de Roque. También de su abuelo, que era un niño cuando yo llegué. Y míralo ahora, con nietos!», cuenta. Con ellos está Paula, la madre de Roque. «Llevo viniendo al ultramarinos desde que estaba en la barriga de mi madre. Igual que Roque vino en la mía». Porque Empera, sin quererlo, crio a medio barrio. «Me dejaban las llaves de las casas, cogía recados, venían aquí a llamar por teléfono, le pagaba el butano a los vecinos y hasta he cuidado de algún niño cuando los padres llegaban tarde a recogerlos».

Hoy ella sigue cuidando del barrio, del pequeño Roque y de sus abuelos, a los que les lleva todos los días el pan y el periódico. Roque, que duda una milésima de segundo a la hora de responder si le gusta más el fútbol o escribir (aunque, de momento, se queda con el deporte rey), es casi como de la familia. Para sus primos, que también visitan el ultramarinos de Empera, esta es una tienda mágica: la única, como cuenta en su historia, en la que no tienes que pagar «porque nos fían y lo pagan nuestros padres más tarde». Sabe que las tiendas online o los grandes supermercados están bien, pero que no hay nada como levantar el teléfono y que Emilio te lleve a la puerta de casa lo que necesitas. Nada como sus empanadas. Nada como la sonrisa con la que obsequian todos los días a sus clientes. Y eso, esa sonrisa, ni tiene precio, ni tiene competencia posible.

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