Mi verano dura tres meses

AÚN HAY VACACIONES COMO LAS DE ANTES Veranos azules que duran de junio a septiembre, mudanzas a la aldea, a la casa de la playa o a la finca del abuelo. Nos vamos de Lorbé a Viveiro pasando por Miño y Ponteceso. ¿Nube a la vista? Temos tempo...

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Acuérdate de los veranos al sol de los 60, del río de los 70, del julio naranjito del 82, de la súper nevera naranja, del sombrillón de Camy, del tinto y la Revoltosa, del dos caballos o el 127 a tope y la baca encima rumbo a Gandía, Benidorm, La Manga. El «mar» menor era quedarse cerca, irse a la aldea, mudarse a la casa del campo o de la playa con abuelos, tíos, primos y toda la verbena. Al crudo invierno, ¡vacaciones de tres meses! En Aquellos fabulosos veraneos, León Arsenal advierte el matiz de esa palabra que dilata el verano, como poniéndole una siesta... o una rumba: veraneo.

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Acuérdate o vívelo si eres de los que aún arrancan en junio y no apagan hasta septiembre el modo vacacional. O jubilado o profesor, dicen algunos para encontrar la llave a tres meses libres de verano. La estación en la que solo te quedas helado de sabor empieza hoy en la Tamarola, la casa de verano (y veroño) de los Blanco.

«Solemos irnos pasado el San Juan y no volvemos hasta octubre o incluso noviembre», cuentan Fernando y Teresa, jubilados de Telefónica que desde hace más de treinta años veranean en Lorbé. En la aventura que empezó con los padres de Teresa, Julia y Joaquín, en un oasis estival próximo a la playa de Veigue participan también las «niñas». Ellas son la tercera generación, Olalla y Tamara, hermanas y sin embargo amigas y socias en la empresa de organización de bodas y eventos que funde sus nombres en honor al chalé familiar: Tamarola. Estas wedding planners hasta ofician... Más que un largo verano libre, se lo montan conciliando solete y ceremonias.

Días de playa y jardín

«En verano hay que venir a Lorbé -sentencia Tamara-. El verano no es verano si no estamos en Lorbé. Si fuese por mi hermana, viviríamos aquí todo el año... Yo aún me acuerdo de cuando bajábamos a la playa con el abuelo, de ir cogiendo moras por el camino, de arrancar una zanahoria del huerto y comérmela al volver de la playa o de tirarme en bici con mi hermana ¡con los patines puestos!», cuenta Tamara, que achina más los ojos al recordar a Rambo, el pastor alemán que compartió al menos quince de sus veranos en Lorbé. «De pequeñito que era, llegó a la Tamarola en una caja de zapatos».

Pasan los años, cambian las cosas, las niñas crecen, se acaba la Mirinda cola, la piscina de plástico da paso a la de verdad, el pedrolo se hace arena en la playa de Espiñeiro, pero aún hay calitas de acceso imposible que merece la pena descubrir entre Mera y Sada. Y aún no tiene fin el fin de semana en la Tamarola de Lorbé, que en tiempos causó expectación por «el huerto de Joaquín», como recuerda su hija Teresa. «Era un espectáculo de lechugas, tomates, zanahorias...», dice. «Tenía muy buena cosecha y era bonita de ver. Todo estaba en línea. Mi suegro era tan meticuloso que tiraba cables entre las plantas», explica Fernando. Él es el que monta la fiesta en su casa de veraneo. «El chalé es prácticamente como un barco. Casi todos los fines de semana hay invitados». Churrasco, sardinas, empanadas. Sin el bullicio de los amigos, al fin de semana le falta algo para el exseleccionador gallego de juveniles. Hay una cita de verano que no falla, que empieza con el gallo y termina cuando le peta. «Mi pandilla de El Antiguo ya pregunta qué día va a ser. Es una cita que quedó institucionalizada hace unos 15 años», explica Fernando.

Superada «la pereza» inicial del traslado de los bártulos (que aunque el hogar estival lo tenga todo moverse sigue siendo un número) vamos a practicar el dolce far niente en el campo, cerca del mar. Esto es vida. Frescué. Relax, amigos, esta es la cuestión, la mejor actividad. «Nos cuesta mucho marcharnos y nos cuesta mucho volver», admiten Fernando y Teresa con sentido territorial. El verano suele verse muy lejos tras la temporada de invierno, pero a ver quién es el que mueve su toalla de la cálida estación.

Fernando, Teresa, Olalla y Tamara empezaron a veranear en Lorbé cuando los primeros trabajaban en Telefónica y dejaban a las segundas con los abuelos maternos para ir a trabajar. «Para mí lo mejor era estar las tres generaciones juntas conviviendo los tres meses; mis hijas, mis padres y nosotros», cuenta Teresa. Es ahora cuando ella y Fernando tienen tres meses largos de vacaciones (y más). «Para mí lo mejor de Lorbé es la sensación de libertad, que puedes hacer un poco de todo. Bañarte en la piscina, desayunar en la terraza...», dibuja Tamara. Olalla añadiría churrasco y playa.

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Verónica Marí: «Eu xa descanso ao pasar A Gañidoira»

Literalmente, hacemos la ooooolaaaaa... pero de calor. ¡Qué calor! Mientras el resto de Galicia se achicharra, en A Mariña lucense también pasamos lo nuestro por la sensación térmica y la intensa humedad de esta comarca, aunque los termómetros parecen ser más benevolentes que en otros rincones gallegos. Véase la «tixola» ourensana. También en Lugo cuando quiere aprieta duro Lorenzo. Sin embargo, para una de sus vecinas, la diseñadora de moda con raíces viveirenses Verónica Marí Granda (Madrid, 1991) al norte hay plan B con B de bueno y bonito. Su destino durante los meses de verano está más allá de las cumbres de A Gañidoira, lugar donde una señal nos puede llevar a Viveiró en lugar de a Viveiro como aquel que fue en avión a Cádiz en lugar de a Cardiff, con muchísimos más kilómetros de por medio, evidentemente. De junio a agosto, más o menos, la estación le ofrece a esta joven un pack completo y sin límites de disfrute: playa, sol, chiringuito, fiesta... pero sin tantos grados como los que suele haber al lado de la Muralla patrimonio de la humanidad. Salvo que tenga que volver «a caaaasaaa», como decía E.T., por alguna que otra razón ligada por ejemplo a su oficio u otros compromisos, la capital no le suele ver la melena hasta septiembre. «En realidade, este verán vaime tocar andar entre os dous sitios. Vivo en Lugo, pero na Mariña teño amigos e vou ver ás costureiras coas que traballo para a miña marca [RominaconEncarna] tamén porque meu pai vive aquí», señala.

Con «aquí» se refiere a Celeiro (Viveiro), famoso en el mundo entero por la merluza del pincho y la celebración del Resurrection Fest en el campo de Lavandeiras, donde el año pasado los de Iron Maiden hicieron historia en este festival de dimensión internacional. «Para min isto é como un descanso nada máis pasar A Gañidoira. Bueno, cando está todo cheo de nubes, xa non tanto...», matiza. «Gústame a praia, o mar, os deportes acuáticos, de feito practico moito o buceo, dentro do que poido. Gústame moito para bucear a praia de Portonovo, a que está antes de Esteiro en Xove», indica. En el Miño, mejor no, ¿verdad?

Desde hace cinco años sus veranos son más mariñanos (y mariñeiros) que lucenses y también la inspiran a la hora de crear: «A veces tírame descansar porque é necesario pero outras veces toca traballar. Síntome moi afortunada, porque para min é unha satisfacción contar con lugares así […] Aproveito mellor o tempo, fago máis cousas e un desconecta mellor», asegura. A mediados de septiembre, vuelta a Lugo.

Por esta época del año toca cambio de chip a la vez que de casa. Llega para Verónica el momento de acostumbrarse a un domicilio que no es el suyo habitual: «En Lugo vivo coa miña nai e en Celeiro co meu pai. Cando veño, simplemente é cuestión de adaptarse. As primeiras semanas quizás é máis difícil acostumarse a como están as cousas». Después lo que cuesta es volver.

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María Victoria López: «Hay años que me quedo hasta octubre»

Son solo 30,2 kilómetros de distancia. Los suficientes para marcar la diferencia entre verano e invierno. Entre vacaciones y compromisos. Todos los 1 de julio María Victoria López, Mariví, coge carretera y manta. Se despide de su casa de A Coruña hasta septiembre. «O a veces, incluso, hasta octubre». Su pisito de Miño le espera. Allí lleva pasando los últimos 27 veranos. «Desde que se construyó el edificio», recuerda. Pegado a la playa, allí no hay obligaciones ni horarios. «Estar aquí es un gusto, bajas a la playa casi descalza y en pareo. No tienes que preocuparte de ir arreglada». Se enamoró de Miño hace muchos años. «Cuando los niños eran pequeños pasábamos mucho tiempo en Monfero y ya íbamos mucho hasta Miño», asegura. Así que cuando apareció este piso casi a pie de playa fue perfecto para iniciar una nueva etapa. «Recuerdo que cuando nos dieron permiso para entrar y llegamos los primeros vecinos nos hicimos todos muy amigos. ¡Éramos como una familia, lo pasábamos tan bien! Los niños se quedaban en el patio jugando hasta las doce de la noche. Durante el día bajábamos ya por la mañana a la playa y nos juntábamos allí. Fue una época muy buena», dice con nostalgia. En su casa de Miño tiene de todo, hasta ropa, así que para sus vacaciones en la playa ni siquiera tiene que hacer maleta. «Me subo en el coche y vengo para aquí casi con lo puesto». Le encanta su piso porque «es muy cómodo, no tengo ni que limpiar habitaciones, ni aspirar…». No es poco. Confiesa que no echa de menos su casa de A Coruña. «Lo disfruto tanto y estoy tan bien que a veces hasta pienso en quedarme a vivir aquí». Desde la terraza de su segunda casa mira al mar y a veces se toma una cerveza con unas aceitunas. Sus hijos ya son mayores, pero siguen yendo a pasar el verano allí. «A veces tengo que ir a A Coruña, puedo ir a la peluquería o a hacer cualquier otro recado, pero nunca me quedo a dormir allí, siempre vuelvo después para el piso de Miño», afirma. Y así, hasta que llega el otoño.

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Familia Gandoy: «En verano cambiamos Lugo por Rinlo»

El último día de clase siempre es un adiós. La familia Gandoy Sánchez se despide de Lugo al acabar la temporada escolar. Ahí toca mudarse a la que es su casa de verano. Durante el año, Mónica, Kiko y sus tres hijos ?Samuel, Antón y Ximena? residen en un piso de la ciudad de la Muralla. Sin embargo, en los meses estivales ?desde mediados de junio hasta mediados de septiembre? fijan su residencia en Rinlo, una aldea de Ribadeo.

A este lugar de la costa de Lugo llegan en junio y de aquí no se van hasta que suena la vuelta al cole. «Esperamos a que salgan los niños de la escuela, cogemos el coche y nos vamos los cinco. En Ribadeo vive mi madre durante todo el año. Lo que para ella es el lugar de residencia habitual, para nosotros lo es durante el verano», cuenta Mónica Sánchez, madre y motor de la familia, quien añade que es desde aquí desde donde toman rumbo a otro destino. «Generalmente optamos por irnos de vacaciones y elegimos una semana de agosto para viajar a alguna isla u otra ciudad de España. Para ello no vamos a Lugo, partimos desde aquí hacia el aeropuerto y si vamos en coche, pues igual, salimos desde aquí», relata Mónica.

Ella es profesora, sus vacaciones comienzan en julio y el regreso no llega hasta el 1 de septiembre. El marido de Mónica también trabaja en julio, por lo que hasta agosto no disfruta a tope del verano. Pero esa sensación vacacional se empieza a disfrutar antes, en los últimos días de junio, en que Mónica trabaja por las mañanas en Lugo y, al salir, va para Ribadeo. «Los niños quedan con mi madre si yo tengo que ir a trabajar», explica esta profesora, que indica que la casa está lista para acogerlos a todos. «Tenemos varias habitaciones y cada niño tiene su cuarto. La vivienda está cuidada y en un estado inmejorable, mi madre se encarga de ello. Nosotros venimos en verano y ayudamos con las tareas domésticas, pero no hay que venir antes para abrirla ni hacer una limpieza a fondo », comparte. Ellos sí tienen abuela... ¡Afortunados!

El día que la familia deja Lugo para viajar a Rinlo, el coche parece un camión de mudanzas o una especie de casa andante. Un clásico del arranque vacacional. Junto a los cinco, viajan varias maletas y bártulos de todo tipo. «Vamos mi marido, nuestros tres hijos y yo. Y todos con nuestra ropa, juguetes y demás objetos», cuenta Mónica, quien asegura que nada más aterrizar en la casa de verano, cambian el chip. Lo que hace un cambio en condiciones de estación. «Al igual que nosotros, también llegan otras familias que conocemos de veranear y con las que ya tenemos amistad. Los niños tienen sus amigos y lo pasan pipa. Cogen las bicicletas para pasear, juegan al escondite, van a la playa, corren...». Solo con leerlo sientes esa sensación natural de velocidad. «Al ser una aldea no tienes que estar tan pendiente de ellos y pueden jugar libremente», señala Mónica, quien añade que así es su verano desde siempre. «Esto de cambiar de casa en verano lo hice de soltera y de casada; con niños lo llevamos haciendo desde hace ocho años, que es cuando nació el mayor de los tres. Es algo muy bueno porque cambias de aires, desconectas y llegas en septiembre con las pilas totalmente cargadas», dice.

Cuando se va poniendo el sol temprano y hay que regresar a Lugo, la cosa cambia. Las ganas son mínimas y el viaje no es tan ansioso como en junio. Pero, aún así, la familia lo lleva bastante bien. «A los niños no les apetece mucho volver pero, por otra parte, se ponen contentos al saber que van a ver a sus amigos del colegio, a los que no han visto durante todo el verano», cuenta esta madre y maestra. La vuelta es más corta si la desconexión es larga.

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Lucía Eiras: «Llevo 27 años veraneando aquí»

Es pensar en vacaciones y visualizar un único lugar. Y es que a Lucía Eiras, que abandona su ciudad, A Coruña, cada año de junio a septiembre, no se le ocurre ir a ningún sitio que no sea Ponteceso, el pueblo de su madre en el que pasó buena parte de su niñez y, en resumidas cuentas, todos los veranos de su vida. «La casa era de mis abuelos y le tengo un cariño especial, porque tuve una infancia preciosa y tengo allí a mi pandilla de verano de toda la vida. No lo cambio por nada», asegura sin dudar.

La verdad es que faltar no le falta de nada. «Es un lugar donde me relajo muchísimo. Tengo mi patio, mi porche, mi piscina, no hay ruidos y puedo hacer fiestas con mis amigos y estar a gusto porque no supone estar encerrado en una casa», explica. Aunque va a la playa a menudo, confiesa que prefiere la intimidad de su hogar veraniego. Le encantan «los arenales de los alrededores», pero por las tardes prefiere estar «tranquila y a su aire en la piscina» con su familia o sus amigos. La historia de su hogar de retiro veraniego se remonta a la época de su abuelo, que era el panadero del pueblo. «Hasta hace unos años todavía conservábamos la antigua panadería, pero poco a poco mis padres y yo fuimos aprovechando los espacios para estar más a gusto. El porche actual, por ejemplo, era el antiguo horno».

Pero lo que más la tiene enamorada no es solamente su casa, sino los alrededores privilegiados del municipio bergantiñán. «Me gusta ir a pasear tranquilamente con mis perros hasta A Garga, por el monte, a la playa de la Barra, que es mi favorita en el mundo y que tiene una tranquilidad increíble porque nunca hay nadie... Para mí es un cambio enorme ir de la ciudad al pueblo porque a mí A Coruña en verano me agobia», asegura.

Lucía se declara totalmente animalista y sabe que el entorno pontecesano es también una ventaja para sus tres perros, que corretean cuanto quieren al aire libre. «Hace poco adopté a Burlesque en la protectora a la que pertenezco, SOS Pelines, y ahora en verano, junto con Tango y Samba, disfruta al máximo porque hay muchas playas a las que se puede acceder con los peludos», cuenta.

Además, Ponteceso es para ella el epicentro de algunas de las mejores verbenas de Galicia, una de las actividades de ocio de las que más disfruta. «Tienes a un paso Corme, Laxe, Cabana, Malpica... Y nuestras queridas fiestas de las Barquiñas que, aunque ahora andan de capa caída, este año estamos organizando un nuevo festival, el Bridge Music, ¡y vamos a revivirlas!», adelanta. Y es que parte de sus vacaciones también consisten en volcarse con la comisión de fiestas del pueblo. Como, además tiene la suerte de tener una profesión que le apasiona, no le importa llevársela a su lugar de vacaciones. «Me dedico al teatro musical y el verano pasado impartí clases aquí, porque siempre me llevo mi pasión conmigo». «Es trabajo, vale, pero para mí es mucho más», dice. A la pregunta de si pasaría un verano entero fuera de su querido Ponteceso, lo tiene muy claro. «Llevo 27 años viniendo aquí y me daría mucha pena. Una cosa es una semana, pero todo el verano no. Es mi casa familiar y hay fiestas que no me perdería jamás», sentencia. Poco más que añadir.

¡Hasta septiembre! Feliz superverano.

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