De las muchas caras que ofrece Francia, que por algo es líder mundial de turismo, una de las más impactantes es la que brinda la costa de Normandía: paisaje e historia se dan la mano frente al canal de la Mancha, en un itinerario que, puestos a elegir, vale la pena empezar en Étretat y bajar hasta el Monte de Saint-Michel, ya en la frontera con la Bretaña. Étretat es un pequeño pueblo con unos colosales acantilados blancos, en plena Costa del Alabastro, que han inspirado a tantos artistas, sobre todo sus arcos, pero también la playa de guijarros. Las mejores vistas, sin duda, al atardecer y desde el extremo norte. La siguiente parada puede hacerse en Caen (www.normandy.memorial-caen.com), donde se encuentra el mejor museo de la Segunda Guerra Mundial: un centro de interpretación que permite saber, entender, qué pasó en el mundo en la primera mitad de los años 40. El centro conserva un búnker real. Aprovechando la proximidad, Bayeux merece otra visita donde el célebre tapiz y la catedral son inexcusables.

Desde este punto, la siguiente etapa está en las cercanas playas del Desembarco de Normandía. Frente a la de Omaha se encuentra el Memorial y Cementerio Americano (www.abmc.gov): 700.000 metros cuadrados en los que se reparten 9.387 lápidas. Es uno de los 14 cementerios militares permanentes de la guerra en territorios extranjeros. Impresionan la hileras de tumbas, el silencio, e imaginar que en ese mismo terreno se libraron cruentas batallas que marcaron el rumbo del planeta. Todo el entorno merece excursiones tranquilas, por ejemplo con base en el hotel Les Villas d’Arromanches, en Arromanches-les-Bains (la vista desde el mirador, con el puerto artificial que aún subsiste, es impresionante), y comida en el Hotel de La Marine, justamente frente al mar de la historia. El Monte de Saint-Michel, uno de los grandes monumentos de Francia (y de Europa) precisa al menos de un día completo. Si son dos, comer y dormir en L’Auberge de la Mére Poulard, a los pies de la abadía y con la entrada a la bahía a los pies, es una experiencia. Saint-Michel es de nuevo una isla en medio de una bahía de fuertes y altas mareas que, cuando están bajas, se puede recorrer a pie con guía, como si fuese un enorme desierto. Hace año y medio que está activo el puente por el que solo se puede acceder a pie, en bus especial o en coche de caballos. Dentro del recinto, que recibe 3,5 millones de visitantes al año, subsiste un pueblo que nació en el siglo VIII como culto a San Miguel, y que solo por su poder estético (además del histórico y arquitectónico) lo convierten en un destino de los que nunca se olvidan.

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