Mujeres que no saben volar


«No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; ?un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!».

Le robo con descaro a Oliverio Girondo el inicio de su Espantapájaros para conjurar el asombro de haber escuchado sus palabras como argumento de convicción publicitaria. Un banco, todo un señor banco, acaba de apropiarse de las mujeres que saben volar para vendernos cláusulas y letras pequeñas. Tuve que ver el comercial dos veces para reconocer el aguijón de la afrenta y aceptar que algún creativo de una agencia encontró en los versos de Girondo un relato para que abramos cuentas corrientes. Llámenme ingenua pero un respingo de indignación me recorrió el espinazo.

Muchos llegamos a Espantapájaros gracias a El lado oscuro del corazón, película argentino-canadiense en la que el gran Darío Grandinetti cambiaba versos por macarrones. Puede que la nostalgia sublime el recuerdo pero aquella historia irreal en la que las mujeres que no sabían volar abandonaban la cama de Oliverio gracias a una trampilla que sonaba con la contundencia de una guillotina fue en aquel tiempo una gran revelación. De alguna forma el puñetero Darío nos contagió la obligación existencial de saber volar y un cosmos en el que la poesía tiene el precio de una buena tortilla de patatas. Con esa convicción vivimos estos años, aunque las cosas se fueran torciendo y a nuestro alrededor cayeran señoras que emprendieron el vuelo y acabaron estampadas en el suelo con las alas de su insolencia derretidas.

Por eso fue tan desagradable escuchar a Girondo en un anuncio, utilizado por la banalidad de la publicidad, su ritmo y sus sonidos atrapados en un spot de veinte segundos, triturado por la gran pantalla que todo lo devora y todo lo convierte en artículo de consumo. Puede que la juventud y el amor transparente que entonces merecía el mundo le dieran a Girondo una complexión definitivamente exagerada. Pero escucharlo como banda sonora de un banquero, entre un anuncio de preservativos y otro de pañales para las pérdidas de orina, demuestra de una vez que el mundo ya no es lo que solía. 

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