No te voy a ser sincera

¿EXCESO DE VERDADES? Ensalzamos la sinceridad como valor indiscutible a tener en cuenta, pero los expertos advierten que esta supuesta virtud puede denotar un exceso de ego y un egoísmo somero. Morderse la lengua puede ser el gesto más honesto, al menos con uno mismo.


Las verdades duelen. Es una frase tan manida como cierta y tan escuchada como recurrente para aquellos que se erigen como abanderados de la honestidad y la valentía dos segundos después de dejarte k.o. tras un ataque verbal tipo: “¿Te has cortado el pelo, verdad? Es que me gustaba más antes”, o “ese pantalón no te queda nada bien”. ¿Hay que decir la verdad por encima de todo o colar alguna mentira no está de más de vez en cuando? Varios expertos explican en YES la diferencia entre la sinceridad y el egoísmo, que al parecer, son términos que están directamente relacionados. Desde luego, -ojo, spoiler- la actitud de la familia de Carmina, la entrañable protagonista del anuncio de la Lotería de Navidad de este año, es un claro ejemplo de que omitir la realidad, a veces, es una demostración de puro amor.

SACIEDAD DEL EGO

“Desde hace ya bastante tiempo se utiliza la sinceridad como valor predominante de las personas que se sienten ‘honestas’, pero es importante diferenciar los momentos en los que la verdad es un elemento potenciador y enriquece la situación y a las personas implicadas, y momentos que no son más que la saciedad del ego de la persona que dice ‘sincerarse’”. Para la psicóloga Vanessa Gallego no todo vale; sobre todo porque en muchas ocasiones se utiliza esta supuesta virtud que es la honestidad para dejar constancia de nuestros criterios, gustos o pensamientos desde el egoísmo, por encima de ayudar a quien tenemos delante con nuestras palabras.

“La sinceridad es un arma de doble filo que no está siendo bien utilizada en los tiempos que corren porque desde pequeños hemos sido educados en decir la verdad para ser unos niños buenos y queridos: ‘Los niños buenos dicen la verdad y si eres bueno te quieren más’. Total, que nuestro pequeño cerebro saca las cuentas y concluye: ‘Si digo la verdad, me querrán más’, y si no lo hacíamos parecía que estábamos siendo mentirosos y malos”, y añade la experta: “Así que esa creencia se instaura en nosotros y vamos creciendo con este principio grabado en nuestra conciencia, lo que en muchas ocasiones lleva a utilizar la sinceridad para ser coherentes con lo que aprendimos de pequeños”.

Pero esta supuesta coherencia, mantiene el psicólogo Manuel Lage, nos cuesta aplicarla de manera intrínseca. Mientras alardeamos de sinceridad y confianza haciendo comentarios no siempre agradables a nuestros seres queridos sobre su indumentaria, actitud o forma de pensar, ¿cuántas veces nos engañamos a nosotros mismos? Al menos varias veces al día: Hoy voy al gimnasio, hoy como sano, hoy me acuesto pronto, hoy ordeno el armario... y otras tantas ideas peregrinas que no suelen llevarse a cabo. “Justo con quien deberíamos ser honestos no lo somos, y sin embargo, muchas veces no tenemos reparo en decirle a alguien que ha hecho algo mal o que no nos gusta cierto aspecto de él alegando una sinceridad que en muchos casos es mala educación, y no hay que confundirse”, comenta Lage.

Ahora bien, todas las situaciones precedentes parten del axioma de que nadie nos ha pedido nuestra opinión. Pero si se demanda nuestro punto de vista la cosa cambia. Incluso cuando la respuesta no vaya a gustar al interlocutor. “Un caso claro es el de un paciente que le pide al médico que le cuente toda la verdad sobre su enfermedad. Aquí el médico tiene que responder como profesional, aun sabiendo que lo que va a decir va a hacer daño a esta persona”, razona este psicólogo.

Está claro que en un ámbito de cercanía uno tiende a dar rienda suelta a sus pensamientos y verbalizarlos con un filtro menor que en el trabajo. ¿Pero cómo hay que actuar con un jefe o compañero? ¿Ponemos en riesgo nuestro puesto de trabajo si optamos por la claridad meridiana o será un punto a favor como empleados? Ni tanto ni tan calvo. “Cuando nos encontramos con una situación laboral en la que es preciso sacar el máximo rendimiento a un proyecto, en el que bien sea nuestro compañero, jefe o el cliente para el que estuviéramos trabajando, nos hace un comentario de los que forman parte de las ‘críticas constructivas’, la verdad es útil y positiva, ya que gracias a ese momento de sinceridad vamos a potenciar nuestro proyecto y a nosotros como profesionales”, explica Gallego; y continúa: “Pero en una situación en la que nuestro jefe nos diga ‘lo mal que estamos funcionando’, no tiene nada de positivo ni necesario puesto que es un comentario poco concreto que no entra en explicaciones”. Una vez más, no todo vale.

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