El día que ganó Donald Trump


Cristina Ortiz Rodríguez se encaramó a la cima del éxito con el armazón que siempre acompaña a los prodigios. Había una televisión a finales de los 90 que empezó a masticar este presente de mujeres y hombres y viceversa. Un presentador carismático y tramposo entendió el medio como un potaje irresistible en el que se enredaba la política con el entretenimiento y el circo con el análisis. Se llamaba Pepe Navarro y nos cruzó el Mississipi para transportarnos a una orilla nueva. Más allá de la playa, hoy lo sabemos, había un mundo diferente en el que los códigos clásicos de la información, el periodismo y la distracción audiovisual se manifestaban de una forma distinta. Fue la antesala de Gran Hermano, que diecisiete años después se sigue emitiendo en España, el único país del mundo en el que este formato sigue interesando a millones de personas. Fue el aperitivo de Operación Triunfo, que quince años después acaba de recuperar TVE para lamento de quienes sostienen que un medio público debería dedicarse a menesteres más sólidos. Y anticipó también la política-tuit, con toda su carga de banalidad transformada en 140 caracteres de teoría del Estado.

Cristina Ortiz Rodríguez era una mujer transexual conocida desde la pantalla como La Veneno. Murió el día que ganó Donald Trump. En su periplo televisivo, antes de volver a ser la mujer desgraciada que probablemente nunca dejó de ser, esculpió todo un esqueleto teórico a base de frases que hoy arrasarían en las redes sociales. «Yo no pienso con el alma, pienso con los pies». O: «Seré ordinaria, pero como dice la canción, me lo como tooo, me lo como tooo». Aquella otra: «Salgo a la calle, doy un taconazo y me llueven millones». O esta cinéfila: «Me vuelvo loca como Rebeca». Por no recoger las más genitales, sus preferidas. Usaba de forma compulsiva una palabra como salvoconducto para superar cualquier traspiés dialéctico, aquel «digoo» que enseguida adoptó la calle. Era ordinaria, descarada, ignorante, malhablada y vulnerable. Durante varias temporadas fue un icono popular. Por vez primera los espectadores se encontraban en sus casas con un personaje así. Fue dirigido para sublimar ese arrabalerismo mediático que hoy es tan frecuente y utilizada para construir la falsa posibilidad de que cualquiera podía ser un referente social a base de taconazos y carmín de purpurina. En los últimos años ejercía la prostitución en la Puerta del Sol. Su último novio era un chapero rumano con el que vivía en una casa del barrio de Tetuán.

Cristina Ortiz Rodríguez, La Veneno, murió el día que ganó Donald Trump. Ordinario, descarado, ignorante y malhablado, el empresario dirigirá el país más poderoso de la Tierra. Puede que cuando los límites del periodismo y el circo se emborronan, la gente acabe eligiendo presidente a un canalla disfrazado de payaso.

Por Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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