Cosas de chicas


En la intimidad de un vestuario se ventilan muchas cosas. Pasar la adolescencia en uno de ellos da una perspectiva particular de la vida.

De todas las historias que se contaban en ellos, las más desconcertantes tenían que ver con las nadadoras de la República Democrática Alemana. El muro todavía aparecía firme en las calles de Berlín y las mejores de por aquí habían tenido ocasión de compartir piscina y duchas con aquellas portentosas mujeres construidas a otra escala. Eran los primeros ochenta, cuando muchos países de la órbita soviética consideraban el deporte algo demasiado serio como para dejarlo en manos de los deportistas. La propaganda propia de un mundo dividido por un telón de acero proporcionaba combustible a historias terribles sobre entrenamientos inhumanos e instructores demoníacos. Con los años se demostró que la RDA llegó a hacer del dopaje una asunto de estado, pero en aquel relato había también tópicos e inexactitudes, pues el tiempo ha determinado que engaños químicos masivos los ha habido en muchos países y en casi todos los deportes.

Desde los primeros años setenta hasta la caída del muro, la dominación de las nadadoras alemanas en las piscinas del mundo fue tan apabullante que había que buscar explicaciones que destaparan su humanidad. Kornelia Ender o Kristin Otto eran las grandes valkirias de aquella generación que el mundo observaba con asombro. Otto medía cerca de un metro noventa y era rubia y hermosa hasta componer a un ser humano al que era inevitable observar con asombro. Detrás de ellas, chapoteaban muchas otras nadadoras cuyas gestas quedaron definitivamente empañadas tras caer el muro y sucederse las denuncias de mujeres que habían sido engañadas para ser las mejores. Se descubrió el uso casi industrial de sustancias químicas ilegales y poco seguras que permitían a algunas de aquellas diosas romper los límites de la física. Pocos países pueden hoy presumir de no haber usado el dopaje en el deporte, pero en el caso de la RDA y otros países del Este el truco parecía estar en el uso de esteroides y testosterona que introducían complexiones masculinas en cuerpos superdotados. Muchas de aquellas deportistas desconocían que estaban siendo drogadas para competir mejor y sumar récords. Muchas sufrieron secuelas de por vida.

De todas las estrategias usadas en aquellos años para sortear los incipientes controles, el más repulsivo es el que se trató en la primera Conferencia Mundial contra el Dopaje en el Deporte celebrada en Ottawa en 1988: el dopaje a través del aborto. Contó el doctor Erik Paulev del Departamento de Fisiología Médica de la Universidad de Copenhague en el libro LifeSite que varios países del Este utilizaron en los años setenta este sistema indetectable, similar en sus efectos a las autotransfusiones sanguíneas que después de generalizaron.

Según denunció, algunas federaciones obligaban a sus deportistas, menores de edad, a tener relaciones sexuales con su entrenador para quedarse embarazadas. A los dos o tres meses eran sometidas a un aborto para poder sacar el máximo partido a las hormonas que el cuerpo había segregado durante la gestación. Una práctica perversa que concedía un sentido terrible a la capacidad de reproducirse de las mujeres.

Resuena esta historia que comentan las redes y los medios a raíz de las declaraciones realizadas por la nadadora china Fu Yuanhui. El revuelo no tiene que ver con un récord ni con los problemas en la villa Olímpica, sino por haber concedido normalidad a una realidad fisiológica que comparten todas las mujeres, que puede afectar a su rendimiento deportivo y de la que nunca nadie habla. Fu proclamó tras una prueba: «No nadé bien esta vez. Me vino la regla ayer y estuve especialmente cansada». La reflexión ha sido referida mil veces en las redes, un síntoma más de que los matices de ser mujer introduce en el deporte.

Por Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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