Si Galicia no fuese Galicia


Contó Xabier Fonseca hace unos días que Galicia presume este año del mejor verano de Europa. Mientras el desierto avanza por la meseta, este bondadoso 16 se manifiesta en el noroeste con el ritmo de una sinfonía térmica que entrevera días calientes y noches apacibles. La temporada está siendo tan estable que hay quien fabula con que esto se quede así y el mitológico invierno suave que algunos atribuyen a Galicia entre julio y agosto se convierta en un fósil climático típico de una era pretérita felizmente superada.

Los gallegos solemos despreciar a todo cuanto extranjero pontifica sobre nuestra climatología. No hay más nada impreciso que un visitante de Cuenca teorizando sobre las características del clima galaico, cuyos matices solo se comprenden si se ha nacido dentro de un espacio físico que es minifundista hasta en el tiempo, pues cada parroquia y hasta cada barrio sostienen y demuestran con datos precisos y documentos gráficos que gozan de su propio microclima, que además muta con el paso de las horas hasta constituir un prodigio: el de comprimir las cuatro estaciones en un solo día. La mañana puede amanecer de un sombrío invernal en Monte Alto, avanzar firme hacia la primavera a mediodía, transformarse en verano a eso de las tres y dejar una tarde otoñal que impone el uso de rebequita. Hay días incluso que se camina bajo un diluvio en García Barbón mientras en la Alameda pelea por consolidarse un sol morno y acogedor. En Galicia pueden hacerse safaris climáticos exprés en una hora, el tiempo que consume el tren entre A Coruña y Ourense; en esos sesenta minutos es fácil experimentar acelerones térmicos de quince grados y pasar de los dulces 25 de Bastiagueiro a los furiosos 40 de San Clodio. Sucede incluso que el sur, estable y moderado entre Marín y A Guarda, está bañado por aguas gélidas mientras la costa de A Mariña, pre-polar para un tipo de Sandiás, disfruta de un mar de complexión caldosa.

Sucesos así se viven a diario por aquí, aunque el tópico al este de A Fonsagrada nos sitúa bajo un chaparrón persistente que en todo caso nos ha mantenido protegidos de las masas, igual que el viento de Poniente cruzado con el de Levante alejó a la muchedumbre y a la metástasis del ladrillo de las costas de Cádiz.

DE MARY SHELLEY A MONFERO

Conviene saber que el valle del Avia registra con frecuencia temperaturas andaluzas que solo soportan los aborígenes; que ha habido temporadas en las que Santiago se quedó con dos estaciones, el invierno y la estación de ferrocarril; y que durante el año sin verano de la erupción del Támbora que inspiró a Mary Shelley su fundamental Frankenstein los caminos de Monfero se llenaron de muertos.

Hay que apreciar que en 1472 Fernando de Xinzo se libró de la horca porque una descomunal granizada rompió la cuerda que lo estrangulaba o que Afonso Henriques de Portugal renunció a invadir A Limia en el siglo XII porque una fabulosa tormenta lo disuadió.

Matices todos estos que quedarían sepultados si nuestro clima se volviese estable y previsible y Galicia dejase de ser Galicia.

Por Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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