La sombra de un vestido azul


La noticia histórica de la semana lleva el nombre de Hillary Clinton. El imperio la ha convertido en la primera mujer candidata a la presidencia de los Estados Unidos dos siglos y medio después de que se fundara el país, un hito que han conseguido celebrar con la pompa de un lugar que ha ido grabando su peripecia existencial en celuloide con los trucos de quien quiere reventar la taquilla. Lo sorprendente es la normalidad con la que seguimos asumiendo el papel secundario que las sociedades modernas continúan concediendo a las mujeres, hasta el punto de que un territorio con los índices de desarrollo científico, artístico, militar o político más destacados del planeta, una de las primeras democracias formales del orbe, ha tenido que esperar casi 250 años para encontrar un perfil femenino con posibilidades de ocupar el despacho oval. Hay quien piensa que su condición de mujer es el único gran aval de Clinton y que su candidatura es en realidad la constatación de que Estados Unidos es un gran cortijo gestionado por un puñado de lobbies que desde hace décadas juegan al ajedrez con los políticos. Para ser francos, el panel de aspirantes a presidente era más propio de una de esas despreciadas democracias bananeras que de un país moderno en el que el ascensor social funciona a base de buena educación y oportunidades. Con Clinton han peleado un empresario excesivo y racista; el tercer Bush con pretensiones de mandar en Washington en pocas décadas; un demócrata que por vez primera ha normalizado en la política estadounidense el pensamiento socialdemócrata o un hispano de raíces cubanas que practica el fundamentalismo religioso. Una oferta extravagante que quedará saldada para la historia gracias a la posible victoria de Hillary Clinton, la preferida del establishment... y mujer.

Hillary llega a su cita con la historia tras haber superado un bochorno planetario. Si finalmente pronuncia el juramento que la convertirá en comandante en jefe de los Estados Unidos de Norteamérica es probable que destine un segundo a aquellos días en los que la discusión de Occidente versaba sobre los contornos de una mancha blanquecina. En el año 2015, el pintor Nelson Shanks, a quien en su día se le encargó un retrato oficial de Bill Clinton que estuvo expuesto durante varios años en la National Portrait Gallery de Washington, desveló que había dibujado en el cuadro una sombra junto a la figura del expresidente que en realidad era la del famoso vestido azul de Monica Lewinsky. La obra está hoy en un almacén, pero Shanks, que engañó a Clinton durante las horas en las que el demócrata posó ajeno a la jugarreta pictórica, dio forma física a un reparo simbólico que en su día casi le cuesta la presidencia a Clinton. Esa sombra quería simbolizar a un político que engaña, aunque la historia puede acabar dándole otro significado. Durante la investigación del escándalo Lewinsky trascendió que Clinton y la becaria mantuvieron diez encuentros sexuales en el Despacho Oval. Conocimos detalles precisos, como que el presidente no le permitía culminar el sexo oral «porque no me conocía lo suficiente». Según una amiga de la becaria, Clinton llegó a confesarle que no estaba seguro de que siguiera casado al concluir su mandato. «¿Quién sabe qué ocurrirá de aquí a diez años, cuando esté fuera del despacho?», habría llegado a decir el expresidente. Puede que entonces ya viera la sombra. La de su mujer sentada en el despacho.

Por Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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